10 de marzo de 2019
10.03.2019
La Opinión de Málaga
Tribuna

Amistad. En la muerte de Rafael Jiménez Marín

10.03.2019 | 05:00

Rafael trabajaba en el banco que llevaba la mayoría de las nóminas de los jóvenes profesores de la también joven Universidad. Un empleado serio y cumplidor, en un medio al que servía con competencia y amabilidad con los clientes.

Se lo van a perder los sábados por las mañanas, el tiempo adecuado para el paseo y las compras por el centro. Y para terminar con la lectura y la charla en las mesas de Doña Mariquita, la del amigo Fernando.

Rafael hablaba sobre todo de cine, de política, un poco de historia, y del Colegio –el del Palo–, de recuerdos no del todo agradables. Porque a la generación de Rafael, la de los 50, le tocó una España mucho más rígida y áspera que las siguientes del franquismo. Y fueron ellos quienes comenzaron a desbastar la dureza de un tiempo gris y sombrío.

Las tres pasiones de Rafael, aparte de su familia, y Maribel y Lorena, sus hijas, eran los toros, el cine y la política. La afición taurina ya se había relajado mucho últimamente, aunque seguía yendo a la Malagueta en ocasiones muy especiales. De esa pasión le quedaba una cultura de los toros monumental, de manera que cualquier duda o pregunta no resuelta –como con el cine–, le producía un estado casi febril de impaciencia hasta que sus libros o sus conocidos le sacaban de ella.

La política, que le atrapó con una intensidad parecida, le había llevado en los años de plomo del franquismo al Partido Comunista de España y a las Comisiones Obreras, el gran partido y el sindicato de la clandestinidad contra la Dictadura. Una fotografía que guardan sus hijas, con él, y Santiago Carrillo firmando libros y mirándose sonrientes demuestran una amistad y una cercanía estrecha. No extraña nada que eligiera ese sitio, tan contundente y sacrificado, tan decidido contra la Dictadura de Franco. Insobornable y claro, sin embargo, Rafael no era persona de componendas de ninguna clase, ni dispuesto a aceptar truculencia alguna, como interpretó que se hacía al desfigurarse el proyecto comunista y sus liderazgos históricos. Siguió entonces a otros camaradas que ingresaron en el Partido Socialista. En la Agrupación de El Palo iba a votar liderazgos nuevos y listas. Allí les puso como condición que no le molestaran con jornadas electorales. Militaba con su voto y, como buen comunista, siempre con fe, es decir, contra viento y marea, indesmayable.

Y el cine, su última gran pasión. Rafael tenía más de diez mil películas en su casa, y seguía visitando las últimas tiendas especializadas malagueñas de dvds, las páginas de internet, los centros comerciales, para seguir adquiriendo películas, filmografías y series de cualquier período y tema de la historia del cine, y cualquier feria del libro donde compraba todo lo que tuviera que ver con ese fervor insaciable. Más que cinéfilo, decía que él era un cinéfago. Lo veía y lo leía todo. Podía localizar muchas de esas películas que cualquiera tiene en la cabeza, que se vieron alguna vez, y que quedaron prendidas de la memoria emocional. Su amigo Méndez Leite recurría a él para encontrar lo inencontrable, como hacía también Carlos Taillefer, otra amistad reciente. Su cultura cinematográfica era inundatoria.

Rafael era de los fijos en el Festival de Málaga. Asistía al pase para la prensa por las mañanas en la sección de largometrajes a concurso, donde no faltaba. Allí escuchaba los comentarios de Carlos Pumares, otro de sus amigos, justo detrás de su butaca, y a Vigar le exponía sus ideas sobre el Festival. Sus críticas recordaban las de Carlos Reyero: Rafael no se casaba con nadie más que con su propio gusto y criterio. En eso era como en La Malagueta. Si había que sostener el criterio contra toda la plaza, lo hacía desde su tendido de sol. Por ejemplo, contra las broncas monumentales a su idolatrado Curro Romero. Rafael era, por eso mismo, una persona de confianza, un buen consejero.

La historia la hacen personas como Rafael. Ellas son las que conforman la multitud, sin la que los liderazgos –esas figuras que dan nombre a los hechos relevantes– no serían nada. Quedarán fijas para siempre en las pequeñas historias que, llevadas al infinito, mueven el mundo en realidad, aunque, como la mayoría, no tengan un nombre en los libros. Y, sobre todo, aquellas personas que, como él, se mantuvieron siempre consecuentes consigo mismos, con sus ideas y sus amigos.

*Fernando Arcas Cubero es Profesor Titular de Historia
Contemporánea de la UMA

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