17 de marzo de 2019
17.03.2019
Tierra de nadie

Pues eso

17.03.2019 | 05:00
Pues eso

Pese al mantra de que las máquinas jamás podrán sustituirnos, empezamos a hablar de los robots como si fueran otros. Como si fueran la otredad, incluso. Por ahí se empieza. Hace poco, en un hospital estadounidense, un robot entró en la habitación de un enfermo para notificarle que tenía los días contados. El paciente y la familia se enfadaron mucho. Les pareció una falta de tacto porque todavía no hay costumbre. Cuando encontremos el algoritmo adecuado, las máquinas darán el pésame mejor que un diplomático. En mi familia tuvimos un pariente cónsul al que recurríamos para la resolución de estas situaciones. Era un hombre sin sentimientos, pero con un gran sentido del tacto. Si me dan a elegir entre los sentimientos y el tacto, me quedo con el tacto.

Lo sentimientos proporcionan votos (o venían proporcionándolos), pero son una peste. Pablo Casado dice que quiere alcanzar la presidencia para «achicharrarse por España». Se lo imagina uno quemándose a lo bonzo al día siguiente de pisar Moncloa. Muchos lo votaríamos si le creyéramos, pero esta campaña va de mentiras y de emociones fuertes. Sin embargo, es posible que las emociones fuertes hayan dejado de funcionar como en otros tiempos. El más parecido a un robot de los candidatos es Pedro Sánchez y va el primero en las encuestas. Lo de abrirse las venas por ideales abstractos, cuando hay tantas necesidades concretas, tiene su público, pero está en decadencia.

Significa que si usted se quiere achicharrar, hágalo por cualquier otra causa, pero no por España. Lo que España necesita ahora es una cabeza fría y unos pies calientes. Quizá un robot bien programado capaz de describirnos la realidad y el modo más adecuado de corregirla, pues en lo que estamos todos de acuerdo es en que se trata de una realidad basura. No es que nos vayamos a morir, como el paciente de las primeras líneas, pero el horizonte a corto plazo tampoco es como para tirar cohetes. Por cierto, que mañana tengo que viajar a Barcelona, de modo que le he preguntado a Siri qué tiempo tendré. Me ha respondido al instante que hará buen día, añadiendo a continuación la máxima y la mínima. Era cuanto necesitaba. Siri jamás se achicharrará por mí, pero si le digo que me despierte a las siete, me despierta a las siete. Pues eso.

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