30 de marzo de 2019
30.03.2019
Galaxia urbanita

Doña Mariquita

30.03.2019 | 05:00
Ilustración de Carmen Larios.

Da noticia Amanda Usero en este periódico de que cierra Doña Mariquita, ese trocito de la Málaga de siempre que aún resistía la uniformización del centro histórico. Y es bueno leerse el artículo, porque por una vez un local emblemático no chapa por falta de público, sino por la jubilación de su propietario, Fernando Villén, uno de los fundadores, que, delicado de salud y con sus hijos ya dedicados a menesteres menos sacrificados que la hostelería, se ha visto obligado a cerrar.

Porque concurrencia, que yo recuerde, jamás le ha faltado al Doña Mariquita. Es un bar sincero y directo y a la antigua usanza, cuyas innovaciones se han centrado en basar su oferta en lo más tradicional: buen café, tortilla de papas, churros y camperos. Por eso ha tenido una parroquia fiel y agradecida, que en el vídeo de Noema González que podemos ver en la web de este diario se explaya con naturalidad, empezando ya a echar de menos un espacio reconocible y cómplice, donde el turisteo era bien recibido pero no omnipresente.

Reconozco que yo nunca he sido un parroquiano del Doña Mariquita, aunque no por ello he dejado de frecuentarlo; posiblemente es porque tengo amistades que son asiduas. También es cierto que cuando se me ha propuesto sentarme en su terraza jamás me he negado y me he sentido a gusto. En cierta forma, para mí el Doña Mariquita ha sido un bar donde me he sentido invitado, pero no parte de él, y está bien sumergirse en sitios así, en los que quien te acompaña ejerce de anfitrión y tú te dejas agasajar y eres un visitante no anónimo, pero sí de perfil bajo. Y eso hace posible que en otros bares donde tienes más raigambre te sientas más protagonista y te conduzcas con más familiaridad; en mi caso me encuentro así por ejemplo en el Café con Libros o el Burger Parrilla. Y esto me hace entender y confraternizar con quienes sienten el cierre de este bar con pena y nostalgia recién estrenada y me hace prepararme para duelos de cierres que algún día llegarán y que me pillarán más cerca.

Porque uno de los hitos que nos marcan como generación es la apertura y el cierre de establecimientos. Parece que solo le ocurre a la nuestra, pero con la edad y la experiencia vas siendo consciente de que es algo que ha afectado a las generaciones anteriores y va a afectar a las postreras: nada ni nadie se libra del paso del tiempo, de la mudanza ingobernable de las cosas que nos rodean y a las que nos entregamos (muchas veces sin querer) con más cariño que a las personas. Creemos –o necesitamos creer– que la barra de un bar es un refugio que nunca se irá y nos acogerá en momentos de zozobra o alegría.

Y sin embargo, las personas que están tras ella también tienen inquietudes, sueños o necesidades que en más de una ocasión no son compatibles con nuestra ambición de que no cambien esos lugares, donde nos dimos besos o conversamos sin tener en cuenta el paso de las horas. Aceptar esto como parte de la vida es un sano –y por supuesto también incómodo– ejercicio de fugacidad, de comprobar que el tiempo se nos va de las manos, de la lengua, de los pies.

Cuenta en su artículo Amanda Usero el curioso periplo del Doña Mariquita, que empezó siendo una lechería donde podían entrar las mujeres, en un mundo donde las tabernas y los espacios de ocio públicos eran patrimonio casi exclusivo de los hombres. «Los médicos, abogados y demás sabían que sus esposas estaban seguras allí; ahora parece una tontería, pero entonces era así», le dice a la periodista el dueño, Fernando Villén. Resulta reconfortante ver cómo nuestra sociedad ha evolucionado hasta que esto se ha convertido en una anécdota que casi no se puede concebir.

No sé si el nombre del bar está basado en el cuplé que cantaba Raquel Meller y que empezaba así: «Cuando voy a los bailes / del duque de Osuna / con el miriñaque de rico muaré / oigo que murmuran: «No existe ninguna / que tenga más breve ni tan lindo pie». / Y si bajo al Prado, sobre el raso vivo / de mi carretela, que luce un blasón, / dicen los jinetes que van a mi estribo: / «Doña Mariquita de mi corazón». Una canción cuajada de palabras de otros tiempos, preludio de los actuales, que a su vez son el cimiento de los siguientes. Y entre tanto, siempre habrá buenos lugares como el Doña Mariquita, el bar que hizo de la plaza de Uncibay un punto de encuentro entre el sol, la gente y el café.

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