01 de abril de 2019
01.04.2019
Impresiones

En manos torpes

Occidente ha dejado de mandar y los países emergentes con China a la cabeza reclaman un reparto diferente de la riqueza

01.04.2019 | 05:00

Así es como estamos. Los problemas más importantes que afectan al mundo tienen que ver con asuntos como el cambio climático y sus devastadores efectos, el hambre, la desigual distribución de la riqueza entre países, el terrorismo internacional, la proliferación nuclear o las migraciones masivas que probablemente solo acaban de empezar (mientras Europa perderá población durante los próximos treinta años, África ganará 1.300 millones de habitantes). Son problemas descomunales que ningún país es capaz de enfrentar por sí solo y que exigirían una cooperación internacional consciente y solidaria. Desgraciadamente no es así y mientras unos niegan que el calentamiento global sea obra humana, otros esconden la cabeza como avestruces, quizás pensando que no existe lo que sus ojos no quieren ver. Parecemos la orquesta del Titanic.

Junto a esos problemas mayores hay otros que son comparativamente menores pero que tampoco encuentran solución: Venezuela, Siria, Yemen, Libia, Irán y Corea del Norte. Por no hablar del expansionismo nacionalista ruso en Europa central y chino en aguas del Pacífico. Y ojalá no vaya a más la crisis que se está gestando en la vecina Argelia a cuenta de la resistencia a abandonar el poder por parte del reducido grupo palaciego que maneja a su antojo a un presidente viejo, enfermo y con la cabeza perdida, o la recurrente entre India y Pakistán a propósito de Cachemira. Son problemas, todos ellos, susceptibles de desbordamiento con consecuencias imprevisibles.

Venezuela es un país con dos presidentes y dos parlamentos que se muere de hambre (3 millones de refugiados) mientras las grandes potencias se enfrentan en el Consejo de Seguridad de la ONU, Rusia ya ha enviado un centenar de especialistas y Trump no descarta una intervención militar; en Siria tras la derrota territorial del Estado Islámico se afianza un régimen sanguinario y la chispa puede saltar en un enfrentamiento entre turcos y kurdos o, peor aún, entre Israel e Irán (con o sin Hizbollah de por medio) que arrastre a americanos y rusos; en Yemen pelean saudíes y emiratíes contra iraníes y los que sufren son los yemeníes, una de las sociedades tribales más pobres del mundo que enfrentan un espantoso desastre humanitario; en Libia Occidente ha auspiciado un cambio de régimen más allá de lo que pedía la ONU y luego la ha dejado en manos de milicias tribales armadas con los arsenales de Gadafi y con egipcios, emiratíes, cataríes y rusos apoyando a unos y a otros mientras el gobierno de Unidad Nacional auspiciado por la ONU es inoperante; Irán es un país cuyas actividades regionales desestabilizadoras son motivo legítimo de preocupación, al igual que lo es su política de dotarse de misiles de largo alcance que podrían alcanzar las costas europeas, pero Trump yerra al denunciar un acuerdo de desnuclearización que Irán cumple y que hace a la región más segura. Igual que no se puede solucionar el problema que plantean las bombas atómicas de Corea en una reunión sin previa preparación diplomática entre dos líderes imprevisibles como Kim y Trump. Nadie en su sano juicio puede pensar que Pyonyang se va a privar de su garantía de supervivencia a cambio de promesas de un país que en Irán demuestra que no cumple sus compromisos internacionales.... Y mientras, Al Qaeda se extiende sobre el Sahel, el Estado Islámico se refugia en Nigeria y Filipinas y terroristas de diferente pelaje matan estos días pasados en Nueva Zelanda y en Holanda.

La anterior enumeración no pretende ser exhaustiva de los problemas que enfrenta el mundo sino poner de relieve la enorme torpeza con la que nos enfrentamos a ellos. La capacidad humana de hacer tonterías parece ilimitada y ya se demostró cuando los errores involuntarios de unos y otros arrojaron a Europa a la guerra más cruenta hasta entonces conocida. Nadie la quería, los soberanos de la época eran todos primos y sin embargo se las ingeniaron para perder sus coronas y acabar en cuatro años con cuatro imperios seculares (ruso, austro-húngaro, otomano y alemán) y con la vida de millones de seres humanos. Eso sí, sin querer. Ninguno quería.

Ahora el mundo multipolar al que nos encaminamos con tensiones permanentes entre bloques, con guerras comerciales, con el sálvese quien pueda que yo voy primero y a lo mío, con organizaciones internacionales y alianzas debilitadas, con nacionalismos rampantes y democracia en retroceso, no ayuda a buscar soluciones comunes a estos graves problemas. El mundo cambia aceleradamente, Occidente ha dejado de mandar y los países emergentes con China a la cabeza reclaman un reparto diferente de la riqueza, de los asientos en el Consejo de Seguridad o de los votos en el Banco Mundial y en el FMI. Y no les falta razón. Por ahora no desean tirar abajo la casa sino reformarla a tono con los cambios que el mundo experimenta, y si no aceptamos hacerlo abandonarán el edificio y se construirán otro. China ya ha empezado a hacerlo con su Banco Asiático de Inversiones, la Organización de Cooperación de Shanghai o su Belt & Road Initiative. Por eso es importante reformar entre todos las viejas estructuras, porque lo que se queda viejo y no se cambia acaba por romperse. Lo malo es que Occidente parece ciego a esta necesidad y si no lo está muestra una preocupante incapacidad para abordar estos problemas, repitiendo a escala mundial el triste espectáculo que dan los partidos políticos del Reino Unido, incapaces de poner el interés nacional por encima de sus estrechos intereses partidistas. No son los únicos y así les va. Así nos va.

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