06 de abril de 2019
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Beber para olvidar es un error

06.04.2019 | 05:00

Un día sales a tomar algo con unos amigos y te encuentras frente a ti a una persona borracha perdida que te dice «me he divorciado». Sí, un amigo designado por la infancia, que en vez de ser transcendencia de tiempos pasados es decadencia. Y te quedas pensando...

Claro, en algún momento de nuestra vida, todos hemos sido fuerza expresiva del amor. Sí, a pesar del pleito que suscita la elección, hemos elegido personas dignas de idealizar. Pero la idea de pareja está un poco distorsionada, el tiempo suscita polémicas propias del no paralelismo evolutivo. Evidentemente, la continuidad se engendra con intereses comunes; para justificar el homicidio de la convivencia tendemos a buscar tramas truculentas, a veces, hasta insólitas, tratando de asustar la obviedad en todo momento. Vamos a ver: las pasiones tienen el carácter de nuestro idealismo. Qué distintos... De jóvenes construimos muchas filiaciones que encarnan nuestro espíritu más puro, la elección que se encara con el desdén de la inexperiencia, precisamente en medio del barullo mental, a veces, vive el capricho. Pero, nada, absolutamente nada, es promesa de futuro. Por supuesto, la propia vida, primero nos asusta con la monotonía, después nos pone frente a la decisión, y luego nos obliga a estimar las consecuencias de quedarnos junto a personas, que comenzaron el camino junto a nosotros: pero no lograron alcanzar el mismo paso. Los divorcios chocan abiertamente contra los sentimientos... Sobre todo si hay niños de por medio, pero las personas con cierta grandeza, saben el valor de mutar los sentimientos. Sí, alcanzando otro sentimiento propio del hombre que sabe reconocer la valía del sentir a través de sus herederos. Llega un momento en la vida que no debemos desdeñar cualquier estímulo de renovación. Sí, nos puede desbordar un divorcio, pero también nos puede mostrar la diferencia entre estar a la fuerza y tener el valor de decidir. Pienso que lo más importante es no ser insistencia de monotonía. La plenitud se deforma entre el limitado campo de la obligación. La vida no debe ser una agobiante carga que necesita ambientarse en relaciones caducas. Muchas veces, las relaciones son atmósfera de luz, con grandes contrastes de sombra... Es importante saber hervir la pujanza de nuestra existencia; aún desbordada nos mostrará el camino, nuestro camino.

Es triste asumir la parquedad de muchas relaciones al finiquitarse. Ya, los afectos son unos degenerados, se afianzan con la presencia y se niegan con la ausencia: qué gran error. Es tan vehemente la vida... Justificamos el amor mientras pensamos que nos «pertenece» y al no tenerlo nos desprendemos de todo sentimiento. Sí, la consecuencia del egoísmo. Preferimos ser necesidad a causa. Por supuesto, todo es una opinión subjetiva, la tan anhelada excelsa verdad no es patrimonio de nadie. A pesar, de todos, defender la nuestra.

Me aproximo a mi amigo, voluntariamente aislado, me esfuerzo en entender su evasión, y me cuesta, creo que emborracharse por un divorcio, es promesa de destrucción. No, la vida sólo debe asustar en caso de enfermedad, pero afortunadamente; el tiempo es un enigma y a veces engendra nuevas ilusiones. No deformemos el sufrimiento con alegrías perniciosas, aprendamos a conversar en su lengua, y démosle el trato de maestro. Es preciso aprender a sufrir, sin desviar el cauce del llanto, comprender el porqué, puede ser el principio de nuevas oportunidades. La verdad, en la impresionante emotividad de una lágrima, siempre hay algún motivo. Muchas veces, la emotividad, es el resultado de una copa de más...

Con un profundo abrazo me despido de mi amigo. Improvisando rapidez, me lo devuelve, y musita: Y ahora qué... Le respondo con una caricia en el rostro, y le digo: ahora debes acumular motivos para dejar de ser la fuerza extravagante de Baco.
Ojalá pronto sea insistencia de entusiasmo... Ojalá.

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