11 de abril de 2019
11.04.2019
Perdidos y encontrados

Estación María Zambrano

11.04.2019 | 05:00
María Zambrano

María es un sitio al que llegar. Veleña. Hija de maestros. Casi sola con otra chica haciendo el bachillerato entre varones, y así durante toda su vida académica. Con una mala salud que la marcó desde niña, pero que terminó siendo de hierro hasta los 86 años que tenía cuando murió. Enamorada como Julieta de aquel primo mayor cuando tenía apenas 13 años. Luego el dolor de ser madre joven para ver cómo su bebé, «el nene», se moría. Después Ortega por el pensar y Machado por el verso...

Le tocó vivir la guerra civil con su antes y su después. Celebró la llegada de la segunda República, pero no aceptó la oferta del PSOE de ir en sus listas. También abandonó el denominado Frente Español, dirigido por la batuta en la sombra de su admirado, pero no seguido, Ortega y Gasset; un frente que terminaría dando soporte intelectual a Falange en aquel complejísimo contexto de los años 30. En 1931 había tres mujeres en el Parlamento en tres partidos distintos: Margarita Nelken, Victoria Kent y Clara Campoamor. Fue ésta última la que definitivamente provocó la aprobación del sufragio universal en España, ya que, aunque desde la constitución de 1812 podían ser candidatas, las mujeres seguían sin poder votar. En aquel magma para la Historia, la malagueña Zambrano (también la abogada y política Victoria Kent era malagueña) terminó desencantada de partidismos y se dedicó en cuerpo y alma al Pensamiento, quizá uno de los muchos síntomas de modernidad que en su vida y obra siguen palpitando. Lo que no fue obstáculo para que en momentos claves se señalara con la realidad, como cuando se unió a la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura frente al alzamiento de Franco el 18 de julio de 1936.

En aquel año terrible María se casó. Su marido, historiador recién nombrado embajador en Chile por el aún gobierno de España, le sirvió para comenzar a viajar. Pasó por La Habana y trabó eterna amistad con Lezama. Poeta admirado de la para siempre «razón poética» de la Zambrano, su forma de mirar y pensar lo real. Volvieron a la España en carne viva meses después, cuando la República estaba perdida. «Por eso», respondió María, con una valentía que siempre marcó su melancólica mirada aun cuando en las imágenes que se conservan de ella sonreía. Y en el 39 el exilio casi definitivo...

Primero París, luego Nueva York, La Habana, México, de nuevo La Habana, Roma, de donde la echaron por los trece gatos de Araceli en casa, viviendo ya separada ya superada con su hermana, a la que cuidó y salvó de su locura, como otra misión pedagógica y filial, toda su vida. Y vuelta a Francia... «María se nos ha hecho tan transparente, que la vemos al mismo tiempo en Suiza, en Roma o en La Habana», le escribió su adorador Lezama Lima dos años antes de morir, en 1975.

Hasta Ginebra, donde vivía en 1981 la profesora, la escritora, la poeta, la dramaturga, la pensadora Zambrano, reconocida aún hoy más en medio mundo que en su país, fue su España a homenajearla con el premio Príncipe de Asturias. Se dejó querer y volvió del exilio en 1984. Vivió en Madrid sin dejar de escribir, sin dejar de pensar, casi hasta su muerte en febrero de 1991. Quizá de todos los reconocimientos, que fueron muchos, ponerle su nombre a la biblioteca central de la Universidad Complutense, por la que tanto trabajó. Los restos de sus Aracelis, madre y hermana, descansan con los suyos entre un machadiano limonero y un naranjo en el cementerio de su Vélez natal...

Una vez me topé con su casa en La Habana. Yo entonces no sabía. Entre la hiedra una placa la recuerda. Hablé años más tarde de ello con Juan Fernando Ortega, el primer director de la Fundación María Zambrano con sede en Vélez Málaga desde su creación en 1987. Me contó muchas cosas apasionadamente de la figura de la malagueña. La fortuna hizo que alguien muy querido sucediera a Juan Fernando en su cometido, el llorado Antonio Garrido Moraga. Otro amigo y profesor de la UMA, Juan Antonio García Galindo, asume ahora la gerencia. Acaba de recuperar el congreso que cada año concita invitados y actos que prueban en la sede de la fundación y en el teatro de El Carmen la modernidad a la que yo aludía del pensamiento y la manera de vivir de María, que Galindo tanto defiende.

Hojeo mi usado ejemplar de Persona y democracia y me apena que a nuestra estación de tren los malagueños la llamemos Vialia, como el centro comercial. Lástima que no nos paremos a pensar, con la falta que nos hace, en la estación María Zambrano.

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