13 de abril de 2019
13.04.2019
Nuestro mundo es el mundo

Cuando la derecha se parte por tres

Al legitimar a Vox, en Andalucía y en la plaza de Colón, Pablo Casado abrió la puerta del Congreso a los chicos de Abascal

13.04.2019 | 05:00

Ha empezado la campaña electoral con dos grandes incógnitas. La primera es la magnitud –mayor o menor– de la victoria del PSOE al que todos los sondeos dan como ganador. ¿Conseguirá los 130-135 diputados que le da el promedio de las encuestas? Sería un gran avance respecto a los 85 actuales, pero quedaría todavía muy lejos de la mayoría absoluta de 175 diputados. Entonces, ¿cómo lograría Pedro Sánchez la investidura y con qué tipo de ejecutivo gobernaría luego?

Pero el triunfo socialista sería casi irrelevante si la otra incógnita, la suma de los escaños de los tres partidos de derechas –PP, Cs y Vox– llegara a los 175 diputados y pudieran pactar la investidura del líder del primero de ellos, previsiblemente Pablo Casado. Pero ahora la mayoría de las encuestas dicen que la suma será insuficiente. La de El Periódico de Cataluña del pasado lunes les daba un máximo de 160 escaños y el último tracking de El Confidencial del jueves lo reducía a 151. Si fuera así –que está por ver porque el número de indecisos es muy alto, de algo más del 40% de los que dicen que irán a votar– la derecha habría tenido un gran fracaso. ¿Quién sería el culpable?

Desde septiembre tanto Pablo Casado como Albert Rivera, en dos discursos paralelos, insistieron en la urgencia de unas elecciones inmediatas para echar a Pedro Sánchez de la Moncloa y poner fin así tanto a su desastrosa gestión como a las continuas cesiones a los independentistas catalanes para mantenerse en el poder gracias a su apoyo en el Congreso. Como en la moción de censura. Y empezaron a exigir la aplicación de un nuevo 155 a Cataluña para poner fin a los desmanes de Torra. Era una actitud que tendía a la polarización y la crispación: expulsar a Sánchez para evitar la ruina de España.

En esta dinámica se entiende que el nuevo líder del PP no tuviera tras las elecciones andaluzas –en las que el PSOE perdió toda posibilidad de conservar el poder– ningún reparo en garantizar la investidura de Juan Manuel Moreno, el candidato del PP, con un pacto previo con Vox para acordar después un gobierno de coalición con Cs. Tapaba así el relativo fracaso del PP, que proporcionalmente había perdido mas votos que los socialistas, se apuntaba un triunfo y lanzaba un mensaje claro: echar a Susana Díaz del Palacio de San Telmo, la sede de la presidencia andaluza, era el primer paso para acabar con Pedro Sánchez y el gobierno del PSOE.

Luego tanto Casado como Rivera no pusieron obstáculos a ir del brazo con Vox a la manifestación de la madrileña plaza de Colón para protestar contra las nuevas cesiones de Pedro Sánchez al independentismo –estaba vendiendo España a plazos– para lograr el apoyo a sus presupuestos. Fue el gran escándalo del famoso y olvidado relator, que encontró eco incluso en relevantes socialistas. Pero Pedro Sánchez no cedió respecto a negociar un referéndum de autodeterminación y convocó elecciones generales mientras empezaba con toda normalidad el juicio contra Oriol Junqueras, Jordi Sánchez y compañía en el Tribunal Supremo.

Y entonces la derecha se topó con un cuadro cambiado. Sánchez no había cedido, la independencia de Cataluña preocupaba menos de lo que sus líderes creían –al 7 y al 11% de los españoles en los dos últimos barómetros del CIS frente al 29% cuando Rajoy aplicó el 155– y las tres derechas se habían enredado en un objetivo común y prioritario: echar a Sánchez para luego destituir al gobierno separatista de Torra con otro 155.

Pero al mismo tiempo el voto de la derecha, que siempre había sido patrimonio único del PP (en el 2015 y 2016 ya estaba Cs pero como bisagra liberal), se estaba partiendo y dividiendo entre tres. Y en las encuestas, por los efectos de la circunscripción provincial, Vox robaba más diputados a la derecha que votos al PP ya que en muchas provincias (de tres o cinco diputados) no todos los votos a Vox obtenían escaño. La consecuencia era que el PP tenía que competir con Vox por el voto de la derecha más extrema, o mas asustada, y prestar menos atención al centro. Y algo parecido –aunque con menor intensidad– le pasaba a Cs ya que Albert Rivera no aspira ya a encabezar un partido bisagra sino a disputar al PP el dominio de la derecha.

El resultado ha sido que, por el objetivo vendido como prioritario de echar a Sánchez, la derecha no ha atendido al voto flotante, poco militante, o al de centro, sino que los tres partidos han competido cainitamente entre sí a la caza del mismo electorado y exagerando sus perfiles menos abiertos (o más sectarios). Así Casado se ha encontrado con que su primera tarea era tener que compartir lo menos posible los 137 diputados que Rajoy tuvo en el 2016 con los que le arrebata tanto la irrupción de Vox como el crecimiento de Cs. El partido mayor de la derecha se tenía que defender de los mordiscos, por los dos lados, de Vox y Cs.

El balance provisional es que según el último tracking de El Confidencial, el PP baja de 137 a 70 diputados, Cs sube de 32 a 56 en un alza que se ha acentuado los últimos días (quizás por errores de Casado), y Vox pasa de cero a 23 escaños. La triple derecha se queda en 151 diputados cuando la mayoría absoluta es de 174 y en el 2016 PP y Cs obtuvieron 169. Para Casado la situación es dramática. El PP tiende a la baja y Cs al alza (la diferencia entre los dos partidos es ya muy pequeña, del 19,4% al 16% del voto) y además la suma de las tres derechas queda muy lejos de la mayoría necesaria para investirle presidente.

Lo previsible sería pues que Sánchez lograra de alguna forma la investidura con la única alternativa de unas nuevas elecciones, como le pasó a Rajoy en el 2015, cuando tuvo un resultado similar al que ahora parece que obtendrá Pedro Sánchez.

Casado ha hecho un mal negocio porque su tremendismo (no sólo sobre Cataluña) ha contribuido a alarmar a una parte de sus electores que han pensado qué si el líder del PP no tenía reparos en pactar con Vox con el objetivo de salvar a España, ellos quedaban moralmente autorizados para votar directamente a Vox –partido nuevo y sin ataduras del pasado– con el mismo fin.

Pero el 45% de indecisos deja una puerta abierta. Aznar irá por las tierras de frontera para proclamar que, pese a que dijo que Santiago Abascal era un buen chico lleno de ideas, votar a Vox es ayudar al PSOE. Y Casado insistirá en que las matemáticas no están reñidas con el patriotismo y aconsejan el voto útil al PP. Veremos que pasa el 28A.

Quizás el PP se equivocó al apostar por alguien que decía que Soraya representaba un PP ideológicamente desarmado por el moderantismo de Rajoy y que había que girar a la derecha.

Ahora, que el PP y Cs legitimaran a Vox en la plaza de Colón va a ser aprovechado por Pedro Sánchez que frente el debate de los cuatro líderes en TVE ha preferido el debate a cinco (incluyendo a Santiago Abascal) en Antena 3. Pragmatismo al máximo. El posible tres contra uno le preocupa poco porque cree que inevitablemente será un duro combate entre tres para consagrarse como el mejor líder antisocialista. Y que el ruido de tres nerviosos aspirantes a salvar España, le dejará libre el papel del sensato gobernante con objetivos sociales.

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