16 de abril de 2019
16.04.2019
Tribuna

Lugares sagrados

16.04.2019 | 05:00

El término «sagrado» ha ido desapareciendo de la vida cotidiana y habría que pensar qué amenaza se esconde tras esa desaparición y pérdida. Nada parece que haya de ser sagrado ahora, en un continuo empobrecimiento de la moral y la ética pública y también privada. Es curioso que en un mundo saturado de supersticiones y tabúes modernos, lo sagrado sea una anticualla o, simplemente, no sea. Nada ha de ser sagrado para que todo pueda ser objeto de sospecha, crítica o derribo. Ni siquiera en aquellos lugares que más debería, lo es muchas veces. Y en su reflejo más social –más político, quiero decir– se empieza con lo que une lo terrenal con lo sagrado. Por ejemplo los cementerios, por algo llamados también camposantos.

En los western o películas de indios y vaqueros, los cementerios de los pieles rojas eran lugares sagrados, habitados sólo por los muertos. Lugares por los que no se podía transitar. Lugares intocables. A veces, los blancos, cuando huían, o querían llegar antes a su destino, atajaban por un cementerio indio y lo hacían con un cuidado extremo y un silencio mortal. ¿Por miedo? No creo: por respeto. Ya que estaban cometiendo una profanación, al menos que no se notara ni oyera, que ninguna de sus huellas quedara en la ciudad de los muertos. O sea que aquellos pioneros y aventureros y proscritos que colonizaron el Oeste eran, en este sentido, más respetuosos que nosotros ahora. Y temían el castigo que les podía aguardar por esa profanación.

Ahora llevamos años que en Europa, de vez en cuando –con pintadas o derribos de lápidas– se profanan cementerios judíos en una triste ceremonia de renovación de la barbarie antisemita de los progromos y los campos de exterminio. Y nadie teme nada; ni siquiera los peligros que se encierran cuando se socavan los grandes logros de una civilización –y un cementerio lo es–. Decía Jünger que no se conoce una ciudad si no se visita su mercado y su cementerio. Siempre le he hecho caso. He de reconocer que más veces en lo de los mercados y menos en lo de los cementerios, salvo si la ciudad era pequeña o el lugar, un pueblo, que entonces sí.

Pero después hay sitios donde están orgullosos de sus cementerios y si te invitan es una de las cosas que muestran con más orgullo. A los mallorquines nos gusta mucho llevar a nuestros invitados al cementerio de Deià; a los malagueños al cementerio inglés de Málaga y a los extremeños al cementerio alemán de Cuacos de Yuste. Los tres son una maravilla, mirando al mar los dos primeros y en un olivar el tercero. Pero en Málaga y en Yuste hay un rasgo que los une: en ambos están enterrados los aviadores y marinos que murieron estrellados o en naufragios durante la I y II Guerras Mundiales. Todos jovencísimos –ahí están las fechas de nacimiento y muerte para comprobarlo– y todos perdidos en las aguas o el suelo de un país que ni siquiera participaba en aquellas guerras, pero que sin embargo acabó dándoles sepultura.

Al cementerio alemán de Cuacos de Yuste fuimos con ocasión de unas conferencias en la universidad de verano de Extremadura. Se celebraron en el monasterio de Yuste y antes recalamos en Jarandilla de La Vera, cuyo parador tiene un patio de armas maravilloso. A los dos días nos llevaron al cementerio alemán, del que allí están muy orgullosos. Hay para estarlo. Un plantío de oscuras cruces de granito o basalto en un cercado adornado por los olivos y el fondo despejado del campo extremeño y Gredos detrás. La alfombra de hojas de los árboles y el silencio y la civilización, mientras vuelan las águilas y el visitante lee los nombres y las fechas y le impresiona como se mezclan la mitología de la Selva Negra y el paisaje mediterráneo. Los visitantes, cuatro o cinco personas, éramos escritores o poetas y mientras deambulábamos entre las cruces en silencio sabíamos que también pisábamos el territorio de la literatura. Cada uno de nosotros salió con unos versos o una página bajo el brazo y eso es también el poder de la muerte. La mayoría de los fallecidos no había cumplido los veinte años. Y como en cascada fueron apareciendo nuestros poemas en nuestros respectivos libros –hablo de hace más de quince años– y hace tres, las Ediciones La Rosa Blanca publicaron una antología de aquellos poemas, titulada precisamente Cementerio Alemán, Yuste. El espíritu de aquel lugar sagrado está en esas páginas en los versos, entre otros, de Álvaro Valverde, Juan Lamillar, Santiago Castelo, o yo mismo.

Esta semana el cementerio alemán de Yuste ha sido profanado. Han roto varias cruces y han realizado pintadas, como en algunos cementerios judíos de Europa han roto lápidas y hecho pintadas en los últimos tiempos. La barbarie es la misma, camuflada bajo signos distintos. La cobardía, también. El cementerio se abrió en 1983. Los tiempos han cambiado y la ignorancia también engendra monstruos. Y cada vez ocupa más posiciones.

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