17 de abril de 2019
17.04.2019
20 años de La Opinión

Bajo el ejercicio de la ética

17.04.2019 | 11:53

Septiembre de 1992 y mayo de 1999 son dos fechas clave en las que, en apenas siete años, el panorama informativo de la provincia de Málaga cambia para llegar a configurar lo que hoy conocemos.

En septiembre de 1992, año en el que España estaba con la mirada fija en La Exposición Universal de Sevilla y en las olimpiadas de Barcelona, en Málaga, una ciudad andaluza que contaba con una universidad de apenas 20 años de historia, tuvo lugar un hecho que ha marcado la vida y el futuro de las profesiones de la comunicación, y también de la provincia: el nacimiento de la Facultad de Ciencias de la Información.

Han pasado ya 26 años desde que un grupo de profesorado y de estudiantes entramos en las instalaciones situadas en Martiricos para fundar lo que hoy conocemos como Facultad de Ciencias de la Comunicación, ahora situada en el Campus de Teatinos. En una época en la que no existían los teléfonos móviles, y en la que internet y su desarrollo nos hubieran parecido exageraciones propias de películas futuristas, nos marcamos como objetivo la creación de un centro universitario en comunicación en nuestra ciudad. El proyecto era ambicioso, pues no sólo abogaba por la formación de profesionales, sino que también miraba hacia la conformación de una ciudadanía malagueña que, desde diferentes roles, coadyuvara a la construcción de una sociedad en igualdad más justa y libre, proyectándonos más allá de nuestro entorno cercano.

Apenas tres años después de que aquellos primeros egresados comenzaran su labor informativa, algunos en Málaga y otros fuera de la región, en mayo de 1999, también veía la luz un nuevo diario, La Opinión, que aumentaría no solo las posibilidades del ejercicio de la profesión por parte de los periodistas formados en nuestras aulas, sino y sobre todo contribuiría a la pluralidad, al ampliarse el número de cabeceras locales que dieran a conocer lo que ocurre en nuestro entorno.

Desde entonces, muchos de nuestros graduados son las voces que hoy se alzan en los medios, desde el ejercicio del periodismo, desde la publicidad y las relaciones públicas, y desde la comunicación audiovisual.

Pero el camino y la evolución no han sido fáciles, y el momento presente tampoco lo es.

En la actualidad, nadie cuestiona el poder de la comunicación y, por ello, son muchos los intereses espurios que pretenden usarla en beneficio propio y con los que los titulados se encuentran al salir de las aulas.

Podemos ver cómo las mentiras circulan para manipular la comprensión de la realidad, cómo personajes que se autodenominan comunicadores olvidan los valores éticos que rigen nuestras profesiones, cómo los que tienen el poder usan todos los mecanismos a su alcance para callar la voz y el ejercicio libre de nuestro trabajo, bien de manera directa bajo la sanción o la presión, o de manera velada a través, entre otras cosas, de la precariedad laboral que lleva a la propia autocensura.

Es por ello por lo que hoy más que nunca se hace necesaria una formación adecuada de los futuros comunicadores y que tendrán la responsabilidad de informar a la ciudadanía; pero no solo de eso, sino de contribuir a la creación de una civilización donde la justicia social sea lo que rija nuestros modos de organización.

De ahí que nuestros estudios se caractericen por una formación equilibrada y transversal, que incluye los principios básicos de las ciencias humanas y sociales, y de la comunicación, y que se han ido adaptando a la evolución tecnológica; pero que están fuertemente comprometidos con la comunicación para la igualdad, con la comunicación social, con los derechos humanos y con los valores éticos y democráticos, como baluartes del ejercicio de nuestras profesiones.

Tenemos además la obligación desde las aulas de inculcar el amor al debate, de disminuir el déficit de horizonte colectivo, de potenciar las ideas nuevas, y de cuestionar el orden de las cosas. Y sobre todo, hace falta volver a creer, nosotros los primeros, que el ejercicio de nuestras profesiones contribuye a ello y puede reordenar la marcha de nuestra sociedad.

Pero junto al problema de la falta de credibilidad de los medios por parte del mal ejercicio de unos pocos que se autodenominan comunicadores pero que están muy lejos de serlo, no podemos olvidar otro problema que como universidad nos atañe.

Atravesamos un momento crítico por la falta de inversión en educación pública; y atravesamos un momento crítico por los ataques que desde otros entornos se vierten acerca del ejercicio transparente, serio y responsable de nuestra labor. Desde la universidad, diariamente y con toda honestidad, buscamos que el estudiantado alcance una formación de excelencia, que se certificará por la obtención de un título cuya consecución requiere un gran trabajo. Pero esta realidad, también por el mal hacer de unos pocos que se autodenominan académicos, se ha puesto en entredicho. Se habla de compra de actas, se habla de documentos falsificados, se habla de que con los contactos necesarios se puede obtener una titulación sin esfuerzo ni dedicación.

Negar que en algunos casos puntuales en otras universidades eso ha ocurrido y que se necesitan mecanismos más ágiles para detectarlos, sería irresponsable, pero generalizar y decir que esa es la tónica habitual, es dejarse manipular por aquellos que prefieren que la educación no sea accesible a toda la ciudadanía y por los que les interesa hacer creer que no es necesaria una formación en comunicación para ejercer la profesión.

Y es éste el contexto en el que nos encontramos hoy, y al que debemos hacer frente. Tenemos que cumplir como universidad con nuestra misión como institución pública de educación superior, y tenemos que cumplir como profesionales con nuestra misión de servicio público en tanto que comunicadores. Para ello la formación, pero también la ética es requisito fundamental que, si bien es necesaria en cualquier actividad, lo es mucho más en las relacionadas con la comunicación como base fundamental de la democracia, porque tal como dijo Kapuscinski, «para ser buen periodista, primero hay que ser buena persona».

Espero que cuando dentro de 24 años celebremos como facultad nuestros 50 años de historia, y que cuando el diario La Opinión celebre otros 20 al servicio de la ciudadanía, todos echemos la vista atrás y podamos congratularnos juntos de haber contribuido a lograr parte de ello.

*Inmaculada Postigo es decana de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UMA

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