22 de abril de 2019
22.04.2019
Impresiones

Sudán: otro a la calle

Tras el caso de Argelia, también los sudaneses han puesto fin a una dictadura. Han echado al déspota Omar-al-Bashir

22.04.2019 | 05:00

Tras el éxito relativo de las manifestaciones pacíficas y masivas que en Argelia han llevado a la caída de Abdelaziz Bouteflika pero todavía no al cambio de régimen que la gente pide, también los sudaneses, tras cuatro meses de manifestaciones callejeras, han puesto fin a treinta años de dictadura del déspota sanguinario Omar al-Bashir, de quien además estaban hartos por lo mal que manejaba la economía (paro, aumentos de precio de materias primas, inflación del 60%).

Dicho así parece fácil pero la realidad es diferente como hemos visto en Argelia y muy probablemente veremos también en Sudán por qué las personas cambian con más facilidad que los regímenes, que no dudan en sacrificar a los líderes con tal de que el poder siga en manos de los de siempre. Y por eso los militares han intervenido en ambos países para garantizar «transiciones pacíficas» en las que se garantice que en el fondo las cosas cambien lo menos posible. Así, el general Gaid ha invocado la Constitución argelina para que el presidente del Senado prepare con tranquilidad el pucherazo de las próximas elecciones, y en Sudán el general ibn Auf ha proclamado el estado de excepción (con toque de queda incluido), ha prometido elecciones en dos años y luego se ha retirado en favor del general Abdel Fatal Burnhan que es el que de verdad manda en el Ejército. En ambos casos se trata de dejar con un palmo de narices a los manifestantes que se las prometían felices cuando vieron caer a Bouteflika y a al-Bashir, sin recordar que les pasa igual que a los que protestaban en la plaza Tahrir de El Cairo, que echaron a Mubarak para acabar en manos del general Abdel Fatah al-Sisi en un viaje para el que no hacían falta alforjas. De general en general y tiro porque me toca.

Sudán es otra de las muchas cagadas (con perdón) del colonialismo británico: 43 millones de habitantes de etnias, religiones y lenguas diferentes en el tercer país de África por su extensión y plagado de problemas que derivan tanto de su incapacidad de dar de comer adecuadamente a su población, sometida a periódicas hambrunas en épocas de sequía, como de unos gobernantes corruptos e incapaces. Desde su independencia en 1956 Sudán ha sufrido cinco golpes de estado y en uno de ellos, en 1989, el oscuro general Omar al-Bashir se rebeló contra Sadiq el-Mahdi e instauró un régimen islamista radical que en realidad dominaba Hasán al-Turabi y que convirtió al país era una plataforma de yihadismo desde donde se difundían doctrinas radicales y donde encontraban asilo grupos terroristas de variado pelaje, incluido el mismo Osama bin Laden. Fue entonces cuando los EE UU lo catalogaron como estado terrorista y le impusieron sanciones que aún no han levantado. Luego, en 1999 al-Bashir se desembarazó de al-Turabi y modificó su islamismo en función de las circunstancias y de la necesidad de conseguir créditos de países como Turquía o Qatar, que apoyan a los Hermanos Musulmanes, o de Arabia Saudita que los odia. De esta forma, en un ejercicio de malabarismo político, un día apoyaba a Hamas y otro día perseguía a Al Qaeda mientras su régimen aterrorizaba a sus conciudadanos torturando y asesinando a todo el que se le oponía. Y entre tanto se enfrentaba a la rebelión de Darfur y perdía medio país tras la guerra de independencia del Sudán del Sur, que le dejó sin petróleo y con más apuros económicos. Un gobernante desastroso.

Fue precisamente la gestión que hizo de la crisis de Darfur en 2003-2004 la que ha hecho que el Tribunal Penal Internacional le haya imputado por crímenes de guerra, de genocidio y contra la Humanidad. Un angelito. En Darfur hubo 300.000 muertos, dos millones de desplazados e innumerables denuncias por violaciones, asesinatos, torturas y quema de aldeas contra los soldados que al-Bashir envió para controlar la situación. Hasta ahora esta imputación no ha tenido ningún efecto y no parece que vaya a tenerlo porque el nuevo hombre fuerte del país, el general Burnhan, ya ha dicho que no le va a entregar a ningún tribunal internacional. Los generales Burnhan y al-Bashir son compañeros de armas y ya se sabe que entre compañeros hay que protegerse mutuamente, hoy por ti y mañana por mí. Pero como las manifestaciones continúan, los militares no han tenido más remedio que aceptar que haya un primer ministro civil al frente del Consejo de Transición sin que eso calme las protestas que exigen un gobierno provisional civil y el desmantelamiento del siniestro aparato de seguridad que controlan los militares.

Me temo que al final los sudaneses solo han cambiado de amo y que sea otro perro, eso sí con el collar lleno de estrellas, el que se haga con el poder sin la menor intención de cumplir el compromiso de convocar elecciones en el plazo prometido. Ojalá me equivoque pero si no es así ¿para qué esperar dos años? ¿Por qué no convocarlas ahora? A lo peor es que soy muy mal pensado, pero no me fío y los sudaneses tampoco.

Y mientras esto pasa, Occidente hace leves mohínes de desagrado como si el mal olor le incomodara, pero sin hacer nada efectivo para ayudar a un cambio de verdad. Sacrificamos los principios al mantra engañoso de la lucha contra el terrorismo y de la estabilidad a corto plazo y no aprendemos que eso acaba siendo pan para hoy y hambre para mañana.

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