25 de abril de 2019
25.04.2019
Perdidos y encontrados

Sin altura

De Casado hablamos poco. Porque poco dio que hablar

25.04.2019 | 05:00
Los cuatro candidatos que participaron en el debate

Demasiada noche de travesura. Vivo rápido y no tengo cura... Con altura, así se llama el reggaetón que cantan Rosalía y el Guincho donde se dicen estas frases. Les vienen bien a los debates, sin altura, entre los tres tenores, Casado, Rivera y Sánchez; y Pablo, el devenido sacristán de las Iglesias.

Mami, ya no soy un caballero, al final me convertí en lo que me hicieron€ Las frases son de otro reggaetón titulado Enchochado de ti. Pura nadería de siglo XXI que podría aplicarse al líder de Ciudadanos, pasado de vueltas desde el minuto uno del mejor de los dos debates, el de TVE.

Rivera intentó colar su «no se ponga nervioso, señor Sánchez» como si el más nervioso no fuera él. De la misma manera que Sánchez intentó colarle el «qué decepción», pero incómodo hasta no poder más por tener que debatir al cuadrado, en dos días seguidos, y para colmo colocado tan cerca de quienes pretenden arrebatarle lo que tiene de carambola y aún sólo cogido por pinzas.

Sánchez antepuso –como todos– la estrategia de su propio interés al interés del país que pretende seguir gobernando cuando no aceptó el primer debate a cuatro de la televisión pública, despreciándola como a una escoba que barriese sólo para adentro, y se entregó pre victorioso al debate de la televisión privada que sí le ponía junto a Abascal, el deseado lado oscuro de la fuerza que le haría parecer el único jedy de esta guerra de galácticos en que se ha convertido la política española. Pero la respuesta de la Junta Electoral Central, a recurso de parte, le chafó el plan. Le salió todo mal a Sánchez, pese a que no salió tan mal parado de los dos rounds. Tuvo suerte de que Rivera corriera tanto que no supiera frenar cuando ya había llegado a la meta, a pesar del ridículo minuto de oro donde pretendió, sin ser actor, que nos emocionáramos escuchando un silencio que nunca se producía en el salón de las casas de los espectadores. Muchos de ellos votantes que, junto a la servilleta de la cena, amenazaban a los cuatro con su papeleta de voto todavía en blanco.

Iglesias fue el mejor siendo sin ser él. Viviendo sin vivir en sí puso su afilada inteligencia, puro teatro igualmente, al servicio de quienes aún pueden volver de Sánchez a su morada (a su organización política no a su chalet) e hizo casi de moderador (más que de árbitro, como le espetó Rivera en el momento más divertido de los debates; más aún que cuando el mismo Rivera le regaló, casi con ganas de tirárselo a la cara, en el día del libro su propia tesis a Sánchez, «el libro que usted no se ha leído»).

Y de Casado hablamos poco. Porque poco dio que hablar. Pareció enterarse de qué se jugaba cuando le dijo a Sánchez que no le permitía señalarle con el dedo ni hablarle así. Era tarde para intentar recuperar el centro con adoptada sobriedad cuando él mismo se ha dedicado a pincharlo como un globo durante la campaña. 'Sin altura', así se llamaría la copla que se podría componer recordando el tono, sobre todo, del último debate. Otro reggaetón.

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