27 de abril de 2019
27.04.2019
Galaxia urbanita

Números

27.04.2019 | 05:00
Ilustración de Carmen Larios.

Las proposiciones matemáticas, en cuanto tienen que ver con la realidad, no son ciertas; y en cuanto que son ciertas, no tienen nada que ver con la realidad.
Albert Einstein

Llega la primavera a Málaga. El momento loco de alternar el sol con la lluvia, un viento que parece querer borrarlo todo y luego otra vez el sol, que subraya el presente en las páginas azules del cielo. Es hora de poner a hibernar los abrigos, deshacerse de las botas, volver a las camisas, las camisetas, acercarse a la playa, todavía no muy concurrida, notar con asombro renovado año tras año que la luz del día se resiste a marcharse, que la vida nos concede el mismo tiempo pero más dilatado y luminoso: es la época de los besos y las cervezas en las terrazas.

Debería ser también de las flores, los árboles y los pájaros, si no fuera porque la mayoría de personas que leemos esto tenemos que salir de nuestro laberinto cotidiano para oler la tierra mojada o maravillarnos ante unos naranjos en flor. Porque renunciamos a la primavera hace ya unas cuantas décadas. Sabemos que está, pero no reconocemos dónde.

Más que de personas, vivimos rodeados de números. Son muchos más; nos ayudan, nos rodean y nos controlan. Una ciudad es una excusa para juntar números: están en las puertas de las casas, de los portales, en las matrículas de los coches, en las ofertas del súper, en las tallas de la ropa, en el teléfono, en la cuenta bancaria, en el documento nacional de identidad. Somos portadores de números.

A través de ellos viajan conceptos, sentimientos, certezas, incógnitas. Otra vez las ecuaciones, de nuevo las pizarras que se borran y se llenan, las mentes que inventan, fabulan. Las páginas de un libro, la entrada para el cine o para un concierto, la lotería, el dinero que todo lo puede y al que nada se le resiste: un rectángulo de colores que vale porque en él hay cifras escritas.

Sin embargo, ante cualquier tiranía u omnipresencia, estalla la rebeldía. Queremos crear espacios que no existen: ser la habitación número trece de los hoteles, un grupo de ceros protestones a la izquierda, los decimales nunca enunciados del número pi. No nos conformamos con menos y siempre queremos más: nos gusta dividir lo absoluto, multiplicar lo relativo, hallar la raíz cuadrada de los círculos viciosos. Porque eso es vivir, montar un número. Y lo peor, o lo mejor, es que nos gusta y no nos cansamos de ello. Bueno, a veces sí, y entonces miramos hacia atrás —que en realidad es contemplar lo que nos queda por hacer— y nadamos en circunferencias imperfectas, asidos a su radio. Cuando parece que nos van a faltar las fuerzas, pasa por allí un dodecaedro que nos recoge, nos envuelve en mantas geométricas y nos susurra nanas en código binario. Somos náufragos absurdos, felices, que saltamos de isla en isla, a veces desierta, otras con más o menos compañía. Crecemos, nos multiplicamos, pese a insistir en dividirnos por fronteras, razas, religiones.

Sería interesante calcular cuánto tiempo vamos a seguir, hasta qué número (o edad) vamos a llegar, en qué momento seremos parte del infinito, un vestigio de este presente que hace un rato era futuro y ya es pasado. Pero no queremos capitular, nos resistimos a saber el final, queremos ser instantes eternos, preferimos catular antes que calcular: vivamos y amémonos, hagamos caso omiso a todas las habladurías de las personas en exceso escrupulosas. Los astros pueden ocultarse y reaparecer, pero nosotros tendremos que dormir en noche perpetua tan pronto como se apague la breve llama de nuestra vida. Dame mil besos y después cien, otros mil luego, luego otros cien. Empieza de nuevo hasta llegar a otros mil y a otros cien. Después, cuando hayamos acumulado muchos miles, los revolveremos todos para perder la cuenta o para que ningún malvado envidioso sea capaz de embrujarnos cuando sepa que nos hemos dado tantos besos. Contemos números, contemos historias, y sobre todo, que siempre seamos incapaces de contar el número de besos.

Llega la primavera a Málaga. Busquémosla, porque vivir no es cuestión de cifras, sino de sonrisas. Y alguna lágrima, claro. Pero eso sí, no las contemos. Ni las lágrimas ni las risas. Ni los besos.

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