Con la pasmosa e irresponsable seguridad con la que los presidentes de EEUU proclaman ganadas las guerras, sin atender luego a sus consecuencias, Donald Trump cantó hace poco victoria sobre el Estado islámico tras arrebatársele a éste su último reducto en tierras sirias.

Muchos expresamos entonces nuestro escepticismo, y lo ocurrido estos días en Sri Lanka, con un horrible balance de muertos y heridos, viene por desgracia a darnos la razón: el terrorismo del Daesh es una hidra de diez mil cabezas dispuesta a golpear donde sea.

Para el Estado islámico, nada hay sagrado, algo en lo que trata al menos de marcar distancias la otra multinacional del terror, su rival Al Qaida, que ha declarado últimamente tabú los ataques a lugares de culto.

Ya su fundador, el jordano Abu Musab al Zarqaui, no vaciló en destruir en Irak mezquitas chiíes, contribuyendo así a desencadenar allí una sangrienta guerra civil. Una brutalidad sin límites son las señas de identidad del Estado islámico.

Como señalan quienes han estudiado su evolución, el Daesh ha demostrado ser más camaleónico que ningún otro movimiento terrorista y puede fácilmente pasar de un pseudo-Estado a una guerra de guerrillas, lo que hace muy difícil combatirlo con las armas tradicionales.

Pare él, la ideología es lo de menos: sólo cuenta la violencia; importa sobre todo sembrar el terror y el caos con el pretexto de la lucha sin cuartel contra el infiel.

«Cruzados, esta jornada sangrienta es el precio que pagáis», proclamó uno de los terroristas de Sri Lanka tras la que se supone una respuesta a los anteriores atentados de un supremacista blanco a dos mezquitas en Nueva Zelanda.

El Daesh ha atacado preferentemente sinagogas y, como hora en Sri Lanka, también iglesias, pero sus fanáticos no se han detenido tampoco ante los seguidores de otras ramas del Islam: chiíes o sufíes.

Sus víctimas entre esos dos grupos, que el Estado Islámico considera apóstatas o herejes, se cuentan por decenas de miles, sólo que en Occidente no parecernos fijarnos tanto en los muertos cuando no son de los nuestros.

En Sri Lanka, los musulmanes apenas representan el 10 por ciento de sus alrededor de 21 millones de habitantes de la isla. Pero la religión, junto a las tensiones entre los grupos étnicos, es capaz de provocar allí incendios en cualquier momento.

Y a pesar de la tradición pacífica y a la tolerancia que se asocian siempre al budismo, no han dudado los nacionalistas budistas de la isla, monjes incluidos, en atacar a cristianos, pero sobre todo a musulmanes.

Con todo, a pesar de la violencia sufrida, los musulmanes de Sri Lanka se han mostrado hasta ahora mayoritariamente inmunes al yihadismo. Aunque también en Sri Lanka se observa de un tiempo a esta parte la creciente y siempre peligrosa influencia del wahabismo.

Esta rama del Islam, la más radical y fanática, está siendo importada por algunos de los cientos de miles de ceilaneses que han ido a trabajar a Arabia Saudí y a otros Estados del Golfo.

Los sangrientos atentados yihadistas contra iglesias y hoteles sin duda golpearán duramente a una industria tan importante para la isla como es el turismo.

Las autoridades deberán esforzarse a partir de ahora en impedir una espiral de violencia y venganza por lo ocurrido de la que podría ser víctima la inocente y pacífica población musulmana.