28 de abril de 2019
28.04.2019
Cuaderno de mano

Mujeres de Cervantes

Cinco escritoras en 43 años no es un honroso bagaje de reconocimientos en un listado largo de caballeros Alonsos cabalgando hidalgos entre las letras

28.04.2019 | 05:00

Poesía Vitale. Humana de lo sencillo, exigente de lo depurado y sensorial en la sustancia de su belleza. Así puede definirse la obra de la reciente Premio Cervantes. De cabello blanco todavía niña la que se aprendió El Quijote bebiendo agua bajo los molinos de un mosaico. De experiencia de lluvias su memoria de promesas, sucesiones y de un inexorable tiempo solo, caminando libre y por el exilio. Sus huellas son palabras airosas, ariadnas, de indescriptible exactitud, minuciosas, de sentidos posibles, trozos de geometrías cubiertas de sueños intransferibles. Igual que reverberaciones de pensamiento y pájaros que nos cantan por delante. Todavía podría decirse más de los significados de la obra lírica de esta compañera de generación de Mario Benedetti y de Juan Carlos Onetti, Cervantes como ella del Uruguay del que se marchó al exilio para reinventarse en el México de Vuelta de Octavio Paz. No sólo su poesía es reconocida, y nos enriquece la sensibilidad a los que buscamos más fondo que la auto emoción adolescente, cada cual a la medida de su sastre. También lo es, a pesar del injusto papel de oficio secundario que se le otorga, su labor como traductora de Cioran, de Pasolini, de Djuna Barnes y de Beavoir entre otros autores de los que ella interpretó su hondura y sus matices desde la máscara de otra lengua para un mismo baile de seducción. Qué poco se reconoce la delicada operación estética, sentimental, rigurosa, y a la vez creativa, de quienes entretejen las palabras de un idioma con otro sin que se pierdan modulaciones, efectos y temperaturas de origen. Algo de poetas han de tener en esa introspección del estilo y del tono los traductores de literatura. Una lucidez que en el caso de Ida Vitale se manifiesta no sólo en esta disciplina de dos voces emparejadas en una, y de su ánima poética, porque también gana más por su edad y trayectoria desde aquella imagen al mando de una Minerva «Galatea» a mediados de los años 50.

No es extraño que esta imagen de militancia en la belleza y en la redacción del trabajo nos recuerde a muchos la de otras mujeres nuestras, como Concha Méndez con mono de trabajo impresor del 27 cuya generación de hombres amó a sus compañeras, en sus brazos refugió sus destierros y a las que traicionó con vanidad masculina, reduciéndolas a nota a pie de sus obras y de sus días. Dos líneas o tres a lo sumo, ni siquiera como la mancha de una pequeña araña de la que nace el hilo que sostiene el tiempo de la trama que sostiene la vida. No le ocurrió afortunadamente a Vitale, Ida entre dos amores de poetas, Ángel Antonio Rama y Enrique Fierro, enamorada de las palabras nómadas y a quien Aurora Luque emparentó con El Gaviero de Macrol, en un hermoso artículo del atento dossier dedicado a ella por la revista Mercurio que tan huérfanos de generosidad, independencia y pluralidad literaria nos ha dejado. No sólo transita por lo estético la autora de «Procura lo imposible» y «Léxico de afinidades», igualmente lo hace por la duda como algo saludable que siempre la llevó a borrar y borrar las trampas del lenguaje, sin dejarse engañar por el arte del disfraz de las palabras y el fulgor de su neón, hasta encontrar la expresión que no caduca. Aquella ágil de piel, común entre las demás y poderosa en el encantamiento de su imagen y de lo que conlleva en su vientre y se abre en su relación con las otras. Cuánto insisto sobre esto en mis talleres de Paréntesis, de relato y periodismo, a los alumnos que pretenden contar acerca del extrañamiento de los días y su memoria. A quienes valoran salir con una mirada diferente, más profusa y atrevida sobre el lenguaje y el mundo, lo mismo que a los que ofuscan su oído y únicamente aprenden de hacerse escuchar lo suyo por encima de lo de los demás.

Esa desnudez de lo sencillo y de lo hondo, del vocablo puntual, imprescindible y valioso de sentido que, en el Día del Libro en Alcalá, condujo a muchos poetas a rendirle pleitesía, amor, el ego en la querencia de cada uno y la admiración por la ternura de su humildad de persona y su grandeza de escritora. Ahora que las ciudades la han perdido, celebremos la poesía que desprenden algunas personas. Qué lección de palabras y de gestos la de Ida Ofelia Vitale D´Amico, precoz lectora de La Illiada en griego y de la Lagerlöf de Nils Holgersson, en el acto de Pompa y Circunstancia de un premio que la hermana también con su amigo Nicanor Parra, superviviente junto a ella y a su marido Enrique Fierro, de un coche que se asomó a la muerte en precipicio. Pero sobre todo que completó su felicidad chica de ojos llenos de espuma del mundo, sabiéndose mujer de Cervantes. La quinta al lado de María Zambrano -similares en cabellos nevados y miradas azules más cerca del otro lado, aunque más austera y de gesto seco la malagueña-, franqueadas ambas por aquella Caperucita Blanca que fue Ana María Matute, una más chiquita Dulce María Laynez, también poeta de la Cuba con voz de silencio y poemas náufragos; y Elena Poniatowska, periodista y narradora para quien la cultura no puede estar al margen de la ética, y poeta adalid de que el poema debe ser vivencia, «si no es carne y sangre y huesos de uno mismo, no creo que valga la pena». Cinco escritoras en 43 años no es un honroso bagaje de reconocimientos en un listado largo de caballeros Alonsos cabalgando hidalgos entre las letras.

La literatura y los méritos no tienen género, pero el prestigio de sus premios no debe excluir el talento femenino, muchas veces testimonial, como tampoco fiar en exceso su peso sobre la calidad y el trabajo. No existe ninguno sin polémica, azar ni inclinaciones según las exigencias de la época. Que si el periodismo donde la literatura se hizo género; que si el turno de Latinoamérica y unas coordenadas concretas; que si fue poesía y es turno ahora de la narrativa o su vínculo con lo político. Es estimable la cosecha del éxito del año o la edad de una trayectoria consolidada y, quizás lo primordial, la existencia en el jurado de un miembro, mejor varios, eficaz en la defensa de una candidatura al galardón. He estado en algunos de ambas características y certifico lo crucial de esta postura de la que unas veces su numantina consistencia de criterio aseguró el premio, y en ocasiones la tensión de su pulso alargó el desenlace, lo mismo que en otras fueron variando de candidatura con facilidad o en la última votación. Ya se sabe que sin padrino no hay bautizo que descorche el champagne.

Tienen nuestras Letras una fantástica galería cervantina de ilustres nombres, muy pocos discutibles en su aportación a la literatura, entre los que uno cumpliría un sueño por un instante de corro, y aunque sólo fuese en escucha, con la primavera consagrada del lenguaje de Alejo Carpentier; la erudición y retranca con cualquiera de los Borges de ese día del maestro del Aleph; la poética seducción fabuladora de Bioy Casares; con la dignidad del oficio de poeta desarraigado Pepe Hierro; la difícil sencillez de lo noble de Miguel Delibes; el dandismo provocador del yo de Umbral y su periodismo hedonista; con la insumida desobediencia intelectual, crítica e indefinible de Sánchez Ferlosio; del magistral orfebre de ficciones y universo de barrio como Juan Marsé. Admirando por igual en esa imaginaria conversación de escritores con A de autor la sabiduría combatiente, barroca y vital de Caballero Bonald; la rebeldía malhumorada y heterodoxa de ese mudéjar nómada que fue Juan Goytisolo, y la caballerosidad del humor que todo lo cicatriza de Eduardo Mendoza. De muchos de ellos he tenido la suerte de ser entrevistador a fondo, invitado de su generosidad o de su afecto. Pero sobre todo soy descendiente y ciudadano del lenguaje que ellos me han enriquecido en piel, significantes y sello.

Los elegantes fantasmas de unos, las presencias vivas de otros, las de los que cervantearán el mismo título en próximos años, y sus libros, nos citan en la Feria de estos días en los que la lectura se viste de calle y nos propone, en medio del rugido atávico de las cavernas, escaparnos enamorados con sus libros de la mano.

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