15 de mayo de 2019
15.05.2019
360 grados

Alfredo Pérez Rubalcaba

15.05.2019 | 05:00

La muerte de Alfredo Pérez Rubalcaba sella el paso de algo que va más allá de su persona, al menos en ese mundo tan impreciso que es el de los símbolos. El gran político cántabro representaba como pocos lo que se denomina sentido o razón de Estado. Se movía, serpenteante y sinuoso, en la frontera que separa lo público y lo privado, no porque defendiera un estatus particular –no consta que se haya enriquecido como tantos otros en su paso por la política–, sino porque ciertos intereses sólo se pueden salvaguardar efectivamente en los márgenes de la legalidad. Rubalcaba era la vieja política –y lo digo en el sentido más noble de la palabra– y no la nueva, que mezcla las cifras con las emociones más burdas, la ignorancia histórica con el puritanismo moral de los sectarios. Rubalcaba a menudo podía ser –y, en efecto, era– agresivamente demagógico en el uso de la retórica, pero rara vez cedió al populismo, esa forma de política que se estila ahora. Al fin y al cabo, primaba en la vida pública un cierto respeto a la racionalidad, que no es sino tratar a los adultos como tales. Y creer que los hombres siempre somos capaces de mucho más de lo que sostienen los populistas.

Aquel PSOE ilustrado por supuesto existió, igual que sucedió con el PP. Profesaban ideologías distintas, a menudo enfrentadas incluso dentro de cada partido. Pienso en los padres de la Constitución, claro está, aunque no sólo en ellos; también en figuras como Félix Pons, Ernest Lluch, Joaquín Almunia, Carlos Solchaga, Loyola de Palacio, Antonio Fontán y tantos otros. Que en España y Europa la proyección de este tipo de personalidades se haya ido oscureciendo con el paso del tiempo mueve a toda clase de melancolías. La política ilustrada podía cometer errores –y el principal consistía en creer que la condición humana es meramente racional–, pero no padecía el mal de la estupidez que ha ido pervirtiendo, en estos últimos años, el debate social. Bebía de la fe –propia del liberalismo– en una mejora del hombre a través de la educación, la cultura, el desarrollo económico y la protección social. A través, en definitiva, de la dignidad, que es lo que distingue a la Ilustración del oscurantismo.

Con la escalada a los extremos y el regreso de los viejos demonios del pasado –las variantes posmodernas del fascismo y del comunismo, por un lado, y del nacionalismo, por otro–, reaparecen muchas pesadillas que creíamos olvidadas, aunque ninguna tan grave como el empobrecimiento del lenguaje y la infantilización de la política, que se ha convertido en un show de ocurrencias y en una fábrica de resentimiento. A pesar de todos los errores que se cometieron, el futuro seguramente juzgará esas primeras décadas de la democracia como una época dorada que se torció demasiado pronto. Lo que vivimos ahora pertenece ya a un tiempo muy distinto. Y algo de esto sugiere la muerte de Pérez Rubalcaba, un socialista que fue fiel al país y a la Corona, consciente de no pertenecer a la nueva política, ni a la que defiende su partido –ahora en el gobierno–, ni a la que plantean los demás. Quizás, sencillamente, ha pasado el tiempo de la racionalidad y se ha demostrado una vez más que todo en la vida tiene sus ciclos: unos buenos y otros malos.

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