15 de mayo de 2019
15.05.2019
Entre el sol y la sal

El rebaño de Huxley

Nosotros solitos hemos cogido la correa y nos la hemos puesto al cuello, y nos sentimos realizados porque, de vez en cuando, nos sacan a pastar

15.05.2019 | 05:00

Desde el domingo debe usted fichar a la entrada y salida de su jornada laboral. Otra medida de control para saber cuándo entra o abandona su esclavo penar, porque eso de que el trabajo dignifica, o nos hará libres, era una gran mentira. Que se lo pregunten a los ganadores del Euromillón. Esta nueva medida intervencionista, impropia de un gobierno que se vanagloria de ser paladín de la autonomía personal, no sólo viola el mítico laissez faire, laissez passer, sino que coarta la libertad del trabajador y cercena su capacidad de pactar con el empleador dentro de los márgenes de la ley.

Tras un meloso tufo a control fiscal y protección de los derechos de los trabajadores se esconde una realidad bien distinta: dar un paso más en el ansia por espiar, vigilar y controlar cada movimiento que damos. Ya no les vale con darnos un teléfono móvil cuya localización puede calcularse hasta un año después de la ubicación investigada. Tampoco es suficiente con la desaparición progresiva del dinero en metálico para que conozcan hasta el último céntimo que gastamos. También les parece poco llevarnos a la digitalización de cualquier relación entre administración y administrado que nos convierte en un código de barras al que fundir a impuestos. Todo ello amén de los coches con GPS, correos electrónicos, la tarjeta sanitaria, las big data, perfiles de internet, compras on line y demás inventos que se nos vendieron como puertas al libre albedrío pero que, en el fondo, no son más que avanzadas formas de sometimiento encubierto que, curiosamente, nos han devuelto al S.XVIII. Ideas antiguas aplicadas con métodos modernos. Que una cosa es evolucionar, y otra muy distinta sacrificar todo lo que te humaniza.

Estos son los mimbres del mundo feliz descrito en 1932 por Aldous Huxley. Asistimos moralmente indolentes a una cesión total de la privacidad a cambio de facilidad de acceso a una información pocas veces contrastada, agilidad a la hora de almacenar humo cibernético, comodidad a un clic, y aceptación emocional de miles de desconocidos y sus falsos pero reconfortantes likes. Nosotros solitos hemos cogido la correa y nos la hemos puesto al cuello, y nos sentimos realizados porque, de vez en cuando, nos sacan a pastar.

Puede que todo esto le suene agorero porque usted, igual que yo, se crió pasando las tardes en la plaza con la pandilla, jugando a las canicas, bailando el trompo, merendando bocadillos de salchichón, compartiendo un balón entre todos, haciendo recados en el súper del barrio o intercambiando cromos, y su primer acercamiento a la era digital supuso pasar media hora esperando a cargar el Asteroid o el Defender en el Commodore 64. Pero piense en sus hijos o sus nietos. Nacen y crecen pegados a una pantalla. Hoy en día un niño de 10 años te programa el aspirador, te desvía un satélite, edita fotografías o canciones, instala la aplicación de moda en un pestañeo y etiqueta momentos en las redes. Pero no sabe conversar o compartir, carece de paciencia, nunca ha visto un animal en su hábitat natural, y piensa convencido, no concibe otra posibilidad, que el mundo cabe en el botón de un teclado.

Ahora, lo dicho. Todos a fichar a la entrada y salida del trabajo. Un rebaño manso, obediente, que nutre una cola gris y silenciosa mientras cuelgas un meme y esperas ansioso las reacciones de las amistades. Entras a trabajar y todos a fichar. Apagas el móvil. Acercas la tarjeta al torno, marcas el código asignado o firmas la octavilla encabezada con tu nombre creyendo que así el jefe ya no podrá mangonearte las horas de más, porque así te lo ha dicho el Gobierno, que siempre quiere lo mejor para ti, que nunca miente, y está formado por personas incapaces de confundir presencia con productividad. Lo de la Europa y su justicia ya es harina de otro costal.

Sales de trabajar y todos a fichar. Te colocas en la fila, enciendes el móvil y descubres que tienes ocho emoticonos: cinco sonrisas y tres pulgares hacia arriba. Te das por satisfecho. De vuelta a casa piensas en llamar a tu pareja y que te pase al niño para escuchar su voz, disfrutar de su sonrisa. Pero lo piensas mejor y le mandas un mensaje, no vaya a ser que diga que te espera para jugar un rato contigo. A estas horas ya estás muy cansado y en breve hay que volver a fichar. Puede que mañana, a la salida del trabajo, mandes otro meme y obtengas diez pulgares de aprobación, y, sólo por eso, creerás que la semana habrá merecido la pena.

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