18 de mayo de 2019
18.05.2019
Galaxia urbanita

Gafas de sol

18.05.2019 | 05:00
Ilustración de Carmen Larios.

Cada cual tiene sus torpezas y sus habilidades. En mi caso, una habilidad que me acompaña desde siempre es incitar a la conversación a casi cualquier persona que tenga la calle como escenario de su vida. A veces me he preguntado el porqué de esto y, tras muchas suposiciones y teorías peregrinas, soy de la opinión de que esta pericia mía me viene justamente por no intentar hacerlo. Más que dirigirme a un lugar preciso, doy la impresión de que deambulo sin rumbo fijo, con una mezcla de despiste y desinterés por lo que me rodea: y por eso, personas y personajes llamativos y/o excéntricos se sorprenden de mi ausencia de sorpresa y ven una oportunidad para quitarse el disfraz sin tener que prescindir de él, de establecer una comunicación tan fugaz como sincera.

Ocurrió que estaba en calle Granada, cerca de la iglesia de Santiago, cuando se me acercó un hombre que en sí mismo era una tienda ambulante. Tintineaba a cada paso por la mercancía, compuesta casi en su totalidad por una profusión de modelos casi infinitos de gafas de sol. Las llevaba expuestas de forma ingeniosa, en una especie de poncho con mil ojales de los que pendían, desafiando a la gravedad, multitud de gafas, de todo estilo y forma: redondas, rectangulares, de espejo, rojas, naranjas, negras. Con todo, lo que más llamaba la atención era su sonrisa, inmensa y cómplice, que te desarmaba sin remedio.

–¿Eres de aquí o turista? –me preguntó. Iba a responderle cuando de uno de los bolsillos se sacó dos latas de cerveza fresca, abrió las dos a la vez con una sola mano y me pasó una.

–Yo soy de Tambacounda, al este de Senegal; allí nació el djembé y la gente baila desde la cuna hasta la tumba. Yo soy un negado para el tambor y para bailar, por eso me vine a Europa. Soy muy bueno vendiendo, ¿sabes? Hablo wolof, francés, inglés y algo de español. Saber idiomas es más importante que tener estudios o dinero, te lo digo yo. ¿A qué te dedicas?

–Soy escritor.

–Qué bien. Yo tuve una novia escritora, holandesa. Era muy seria y casi nunca salía de casa, se pasaba día y noche pegada al ordenador. Ahora es famosa, pero no por escribir, sino porque tiene un programa de televisión que habla sobre literatura.

–Eso tendría que haber hecho yo.

–No sé qué decirte. La última vez que hablamos, me contó que está triste. No tiene tiempo para escribir, y claro que gana dinero y la invitan a muchas ferias del libro, pero nadie se interesa por los suyos. El diablo está ahí para tentarte y hay que ser muy fuerte para decirle que no. A mí se me apareció una vez y no le hice caso.

–¿Cómo fue eso?

–En el desierto. Yo me vine para Europa andando la mayor parte del camino; la travesía del desierto es casi lo peor del trayecto. Calor, hambre, sed, bandidos: nunca se acaba. Se te mete muy dentro, y aunque ya hayan pasado unos años, sigo soñando con él. Por eso donde duerma tengo a mi lado una botella de agua. –El hombre apuró la cerveza casi de un trago, con un ansia infinita. Sonreía–. Mi truco para sobrevivir en el desierto fue simple. Me hice con una revista porno antes de entrar en él y fui cambiando páginas por objetos y favores. Es increíble lo valiosas que son las cosas cuando son escasas.

–La ley de la oferta y la demanda.

–¡Sabes escuchar, amigo! Te mereces que te cuente la historia entera. Ocurrió que se me acabó la revista y aún me quedaban varias jornadas por recorrer en aquel infierno, cuando me topé con un tipo de lo más curioso: era belga, decía que era pintor y que había venido a plasmar la belleza del paisaje. Congeniamos, me invitó a comer y a beber, me enseñó sus bocetos y me propuso que fuera su guía y a cambio luego me llevaría con él a Europa.

–Para ser el diablo, era muy generoso. ¿Le dijiste que no, entonces?

–Dudé sobre qué hacer. Sus cuadros eran bonitos, pero muy raros, inquietantes. Y entonces me fijé. No sé por qué no me había dado cuenta antes.

–¿Qué cosa?

El hombre se estremeció, las gafas se entrechocaron unas con otras. Me miró de soslayo y me dijo:

–No sudaba. Estábamos a casi cincuenta grados y estaba como si tal cosa. Él se percató de mi temor y, riendo, me dijo: «Ahora ya sabes quién soy. Elige entre ser rico o morir en el desierto». Salí corriendo, despavorido, y tras caminar un largo rato sin mirar atrás, me encontré con un grupo; les conté lo que me había pasado y me tomaron como talismán para el viaje: «el hombre que le dijo no al demonio», me pusieron.

El hombre me guiñó, sonrió una vez más y se marchó.

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