24 de mayo de 2019
24.05.2019
El ruido y la furia

Recordar, inventar, olvidar

Ahora hemos sabido que la mayor parte de nuestros recuerdos de la infancia no son más que un invento

24.05.2019 | 05:00

En el último capítulo de Juego de Tronos, ese que ha generado tanta controversia, un personaje dice: «morir es olvidar y ser olvidado». El inevitable, temible olvido. No me preocupa no ser recordado, pero me da auténtico pavor pensar que algún día podría olvidar todo lo que con tanto esfuerzo he ido construyendo. Mis recuerdos acaso sean todo lo que tengo, y la simple idea de que se vayan deshaciendo poco a poco me produce un miedo atroz. ¿Qué haría yo sin mi memoria? De momento, mis amigos dicen que no debo preocuparme demasiado porque me ha salido mejor que el estómago, que siempre me ha sido más infiel, pero no está garantizado que me dure para siempre, que mantenga su fiabilidad. No me gustaría acabar de esa manera, sin recordar el nombre de la gente a la que quiero, sobreviviendo a mi propia biografía.

La memoria no es sólo un proceso funcional para la mera acumulación de datos. Al menos, no lo es para eso que llamamos recuerdos, que tal vez sean otra cosa distinta. Tener memoria puede definirse como la capacidad para retener información, y tener recuerdos como una manera de volver a vivir cosas que ya habíamos vivido. Nuestros potentes, imprescindibles ordenadores, tienen memoria, pero carecen de recuerdos. Recordar, en su etimología, alude a aquello de «volver a pasar por el corazón», ya que los antiguos creían que los sentimientos residían en el corazón y allí estaba también la memoria («recuerde el alma dormida», dice bellísimamente Jorge Manrique). Tal vez no estuviesen muy descaminados los abuelos (no solían estarlo), porque si bien la base fundamental de un recuerdo es algo ocurrido, siempre he intuido que la mayor parte de su contenido tiene más de creación que de realidad, y ahora unos científicos han demostrado que esa sospecha era cierta y que la mayor parte de nuestros recuerdos de la infancia no son más que un invento. «Puedo recordar cualquier cosa, haya ocurrido o no», dictaminaba Mark Twain, demostrando su estupenda puntería para todo.

Siempre he querido comprender qué fija el primer recuerdo a la memoria, por qué un suceso concreto y no lo ocurrido treinta segundos antes o treinta después es el que se ancla al recuerdo y permanece allí para siempre. Muchas veces he escarbado en busca de mi primer registro, y el túnel me lleva a una mañana de sol bajo un tilo, y a un niño que alza los brazos para zarandear una rama, y a la fina lluvia de polen que cae sobre su cabeza, como si hubiesen convertido el sol en harina fina. No recuerdo nada anterior a ese diluvio solar sobre mí, pero tengo la intuición de que cuando llegue el final será ese recuerdo (o ese invento, quién sabe) lo último que acuda a mi mente, y que el tibio sol que se colaba entre las ramas me llevará, como un lazarillo, hacia la luz del oriente eterno.

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