01 de junio de 2019
01.06.2019
El adarve

La parte llena del vaso

La educación es una tarea intrínsecamente optimista ya que se basa en un presupuesto incontestable: el ser humano puede aprender

01.06.2019 | 05:00

Hace unos días, antes de comenzar una conferencia en la ciudad argentina de Cruz del Eje (Córdoba) se me acercó un profesor para decirme que utilizaba muchas veces en sus talleres una historia que me había oído contar hacía años. Es curioso. Yo la había repetido en más de una ocasión pero se me había borrado por completo de la mente.

Le he estado dando vueltas a los recovecos que tiene la memoria, en los que se esconden experiencias, recuerdos y anécdotas, unas vividas y otras leídas, y que de pronto resucitan ante un estímulo no buscado y, a veces, sin estímulo. Me ha pasado más veces. Y me ha hecho preguntarme por el motivo que hace que esos hechos, que esas historias desaparezcan del primer plano de la memoria y permanezcan sepultadas bajo el polvo del tiempo. Un simple soplo las destapa.

Traigo a colación esta historia porque quiero hablar de la actitud optimista y pesimista que mantenemos ante la realidad y, concretamente, ante la educación.

Creo que no es cuestión de lucidez o de rigor en el análisis sino de actitud ante las cosas, ante las personas y ante la vida, en general. Hay gravísimos problemas en el mundo que no voy ni siquiera a enumerar, hay deficiencias abrumadoras en el sistema educativo y en el proceso de enseñar y aprender, nos suceden cosas terribles y tenemos que afrontar problemas que parecen insuperables. Todo ello se puede afrontar con actitudes diametralmente opuestas.

La historia que me ha recordado este colega cordobés cuenta que dos empresas de calzado japonesas envían cada una a un representante para hacer un estudio de mercado a la misma zona de África.

Al acabar su exploración, uno de los dos envía a su empresa un informe que concluye de esta manera: «En definitiva, el futuro de la venta de calzado en esta zona no puede ser más negativo. No se venderá ni un par de zapatos en muchos años. La razón fundamental es que aquí todo el mundo anda descalzo». El otro envía a su empresa un informe de no menor extensión que concluye con estas palabras: «En definitiva, el futuro de la venta de calzado en esta zona, no puede ser más prometedor. Se venderá un número de zapatos incalculable. La razón fundamental es que aquí todo el mundo anda descalzo».

Nos encontramos en la historia dos diagnósticos contrapuestos extraídos del análisis de la misma realidad. No es lo que hay el problema sino cómo vemos lo que hay. La realidad que han explorado ambos representantes es la misma. El periodo del año en que hacen el estudio es el mismo. El tiempo empleado en realizarlo es prácticamente exacto. Decía Epicteto: «No son las cosas que nos suceden las que nos hacen sufrir sino lo que decimos o pensamos de ellas». En el reciente libro de Jessica J. Lockhart titulado El optimista que hay en ti (2019), señala la autora que una de las diez característica del optimista es la racionalidad.

La diferencia no está en la realidad, sino en la forma de mirarla. Por eso las conclusiones son opuestas. No comparto el pensamiento de que un pesimista es un optimista bien informado. No creo que el optimista sea, per se, una persona ingenua, ilusa o cándida. Pero hay en la historia otra cuestión fundamental. Los dos representantes ven la realidad de forma distinta, sí, pero, sobre todo, se ven a sí mismos de forma distinta. Uno piensa que resultará imposible persuadir a alguien que vive en aquella zona de que es bueno andar calzado. Por eso piensa que no se venderá ni un paz de zapatos en años. El otro considera fácil convencer a muchos que andan descalzos de que es más rentable comprar un par de zapatos que hacer una alfombra de tamaño universal.

El optimismo no es solo una cuestión que nace de la mente, de la inteligencia, de la capacidad de análisis. Tiene que ver, sobre todo, con la actitud, con la dimensión emocional del individuo. Me remito a la interesante libro de Luis Rojas Marcos La fuerza del optimismo.

He leído en el libro La pedagogía del optimismo, escrito por los profesores portugueses Helena Marujo, Luis Miguel Neto y María de Fátima Perloiro: «Es cierto que los optimistas ven una luz donde no existe; pero, ¿por qué los pesimistas quieren ir a apagarla inmediatamente?».

Prologué hace dos años el libro Habilidades para la vida. Aprender a ser y aprender a convivir en la escuela, de Andrea Giráldez Hayes y Emma-Sue Prince. Una de esas habilidades es el optimismo. Eligen las autoras como entradilla para el capítulo un pensamiento de Noam Chomsky: «El optimismo es una estrategia para crear un futuro mejor. Porque si no crees que el futuro puede ser mejor, difícilmente darás el paso y te responsabilizarás de que así sea».

Dicen la autoras: «Los profesores podemos aprender a ser más optimistas y, si nos lo proponemos, enseñar a nuestros estudiantes creando un ambiente de clase seguro, compartiendo historias en las que el optimismo marcó la diferencia, haciéndoles sentir que son valorados y especiales y ofreciéndoles oportunidades en las que puedan comprobar cómo una actitud optimista contribuye a obtener mejores resultados personales o académicos».

Creo que la educación es una tarea intrínsecamente optimista ya que se basa en un presupuesto incontestable: el ser humano puede aprender, el ser humano puede mejorar. Si esto se niega, se destruye la esencia de la tarea.

Es curioso. Teniendo en cuenta que las condiciones que tienen los docentes de una misma escuela son similares, en el mismo pabellón que alberga las aulas (o a veces dentro de la misma aula), hay un docente entusiasmado y feliz y otro perezoso y amargado. ¿De qué depende esa diferencia? Esencialmente, de la actitud. Los hechos que suceden son los mismos para los dos, pero no es la misma la forma de entender e interpretar los hechos. Las tareas son las mismas, pero es muy diferente la forma de vivirlas.

Otra historia sobre esta cuestión que se me borró durante un tiempo (tendré que pensar en estos lapsus, en estos paréntesis, en estas sombras en las que se ocultan los relatos) es la que habla de la condición optimista de los habitantes de la ciudad de Potosí. Se dice respecto a su singular actitud negativa lo siguiente: «Cuando un potosino se desmaya, no vuelve en sí, vuelve en no».

Lo he visto muchas veces. Hay quien se despierta y, en lugar de volver en sí, vuelve en no. Y piensa que los alumnos no quieren aprender, que los profesores no desean trabajar, que los sindicatos solo quieren extorsionar, que los políticos son indecentes y que la vida es como la escalera de un gallinero: cortita y llena de mierda. Hay quien se despierta y vuelve en sí. Ojalá seas tú una de ellas.

A propósito de la tan traída y llevada analogía de que el pesimista es el que ve el vaso medio vacío y el optimista medio lleno, un amigo mío muy bajito suele decir:

- Yo soy optimista por naturaleza ya que, por mi estatura, solo veo la parte llena del vaso.

El optimista nace, como dice con humor mi amigo, pero también se hace. Se va haciendo. Se puede ir educando. Jesica J. Lockhart habla, en el libro citado, de optimizadores del estado de ánimo: la música optimista, la sonrisa infalible, el mantra diario, las metas alegres en compañía, la lista de celebraciones cotidianas, la voz de la conciencia optimista, el diario de preguntas inspiradoras€ Caminos llenos de oportunidades y desafíos.

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