02 de junio de 2019
02.06.2019
La Opinión de Málaga
Cuaderno de mano

La medicina en la UVI

02.06.2019 | 05:00

A los médicos les duele la cabeza. Y tampoco andan bien del corazón. En los últimos años su salud padece el deterioro del sistema: sobrecarga asistencial, presión de tiempo escaso para los pacientes, recortes del 25% en la nómina, y encima las agresiones de la generalizada deseducación social que todo lo violenta. Unas veces con lenguaje soez cargado de ira contra la dignidad y muchas más de manera física, directa y brutal. Hace tiempo que la sociedad se suicida despacio, auto saboteando los valores que la sustentaban. Primero restándoles respeto a los maestros, y ahora cargando los nervios y las exigencias contra los profesionales sanitarios. Sin educación no hay paciencia, tolerancia ni diálogo. No es extraño que aquellos de quienes depende nuestra pública salud mental y orgánica anden desmotivados, indignados y hartos. Sus únicas salidas son seguir quemándose hasta que sólo la baja laboral los libera por unos meses. O desertar hacia el rumbo del universo privado donde se gana más dinero, más calidad profesional y donde su integridad psíquica, moral y física no corren peligro. No es extraño que escaseen las vocaciones del Magisterio y a sus aulas sólo recurran algunos convencidos de su misión pedagógica a pesar de las inclemencias y una mayoría de los que no pasan el coeficiente de corte de otras carreras. Tampoco lo es que los jóvenes médicos residentes, y los no tan jóvenes, rechacen ofertas laborales o cojan el pasaporte y vuelen a otros destinos. En Andalucía un 63% de los primeros ha dicho que no a la perversión de contratos por meses, semanas e incluso días, con turnos agotadores, y de toda España se mudan a Francia e Inglaterra médicos y enfermeras con el sueldo duplicado.

El problema es grave. De hecho el SAS persigue médicos por España y el extranjero para solventar los contratos del verano en Málaga, porque la bolsa de medicina de familia está vacía y el personal laboral rechaza los incentivos económicos que se le proponen a cambio de doblar turnos, durante las sustituciones vacacionales de sus compañeros. No es la primera, ni la segunda vez que ocurre. El conflicto está enquistado hace tiempo y ninguna política gubernamental es capaz de dar con la receta que se necesita, ni siquiera un placebo se les ocurre. Será difícil que se encuentre mientras no exista algún experto Doctor House, capaz de diagnosticar lo qué esconden estos síntomas sin miramientos en proponer un tratamiento radical y definitivo. La única manera que existe para evitar, como señaló recientemente Gaspar Llamazares, que el sistema sanitario «que ya está en shock no corra el riesgo serio de un fallo multiorgánico». El médico y político de IU considera que uno de los problemas de fondo es la gobernabilidad del sistema sanitario. «El modelo de dirección que valía al principio de la descentralización, ahora ya no vale. No sirve la coordinación del Consejo Interterritorial de Salud, y tampoco los nuevos modelos de gestión clínica. Creo que esos modelos han fracasado y debemos buscar nuevas alternativas». Una gran cantidad de médicos están de acuerdo en el diagnóstico de que nuestra sanidad pública siempre ha sido un ejemplo en todo el mundo, y debido a la falta de atención por parte de las sucesivas administraciones atraviesa hoy una grave situación que exige denuncia. Son numerosos los criterios y los informes internos, al igual que las informaciones periodísticas que se hacen eco, acerca de la enorme asfixia que viven los médicos y de que a causa de las mismas son los pacientes los que sufren las consecuencias. Muchas de las cuales tienen que ver con el 80% de denuncias que se producen por errores provocados por excesiva carga de trabajo que es responsabilidad de la propia administración, ya que los recorres provocan falta de personal, estrés, prisas, errores en la medicación, negligencias e incomprensibles demoras, rehenes de la burocracia, que derivan en muertes con posteriores sentencias judiciales a favor de los familiares. La última ha sido la indemnización de 110.000 euros a los padres de un menos fallecido en Málaga por la demora en un trasplante de médula ósea.

Dolor en unos casos, imposible de aliviar con dinero. Igual que la violencia no es respuesta factible contra el overbooking de urgencias o la creencia de que no se es atendido conveniente, y que siempre termina en bronca, amenaza y agresión. Las últimas el pasado mayo a dos médicos residentes en el servicio de Urgencias del Hospital Puerta del Mar, y un mes antes a una doctora del servicio de urgencias del Hospital Civil de Málaga. La Organización Médica Colegial (OMC) presentó recientemente los datos del Observatorio contra las lesiones, coacciones, injurias y agresiones a Sanitarios, que suman 3.919 en los últimos ocho años frente a las 490 en 2018. De las mismas el 85% se producen en el sector público frente al 15% de las ocurridas en el sector privado. El Observatorio también alerta de que el mayor porcentaje la sufren las médicas, que representan el 59% de los actos violentos. De estas agresiones el 52% tiene lugar en Atención Primaria, frente al 23% de las que existen en Hospitalaria. De los agresores, según los datos que han hecho llegar los Colegios Profesionales a la OMC, el 70% son pacientes y el 28% son acompañantes. Sus motivos en el 46,1% de los casos se deben a una discrepancia por la atención médica y el 11,4 tiene la chispa en el tiempo de espera para ser atendido, otro 11,1% se produce porque el facultativo no receta lo que desea el paciente. Por comunidades autónomas, las que han registrado un mayor número de agresiones denunciadas en los colegios han sido Andalucía (124), Madrid (85), Cataluña (61), aunque la incidencia mayor por mil colegiados se ha producido en Melilla, Extremadura, Cantabria y Andalucía.

Otro de los problemas a los que se enfrenan pacientes y los servicios sanitarios es la falta de médicos en los centros de salud rurales, situados en pueblos pequeños y de difícil acceso, que en ocasiones obligan a los médicos a ejercer en varias de estas localidades. Algo parecido, pero con la falta de especialistas, sucede en localidades mayores como Teruel, cuyo obispo ha denunciado esta lamentable precariedad. Ninguno de estos problemas está en las en las promesas electorales ni en los debates en los que cada cual radiografía las carencias del adversario y proclama sus recetas. La masificación; la falta de presupuesto las listas imposibles de pacientes en las consultas diarias; la peregrinación en muchos casos en busca de un diagnóstico convincente, y la ineficiencia en la prestación de servicios, con costes disparatados y despilfarro en la gestión o la obsolescencia tecnológica, existen en el debate público de un problema que descose cada vez más las costuras del sistema sanitario español. Igual que tampoco se aborda el aumento de las privatizaciones que genera desigualdad y favorece, como denunció hace un año el médico canario y uno de los creadores en 2012 de la Marea Blanca, Pedro González León, que la sanidad pública se convierta en un gueto de beneficencia. Más contundente fue cuando señaló en una carta, con el hermoso y comprometido título de «No trabajo de médico, soy médico» y que se hizo viral, que muchos médicos habían pasado a ser a proveedores de servicios y los pacientes a ser clientes.

Su campaña paladina movilizó a mucha gente y las Mares Blancas alzaron la voz en muchas comunidades, pero en este país todo pasa. ¿Acaso queda algo de aquel necesario y esperanzador 15M? Los políticos de los grandes partidos aguantan y ganan, más aún cuando son candentes los temas en los que por medio hay mucho, mucho, dinero, cautivo de intereses deshumanizados con más poder del que intuimos. La sanidad no se salva, cuando por delante hay que hacer frente ya a exigentes problemas como la asistencia a los mayores con dolencias prolongadas; a nuevas enfermedades sin diagnóstico claro; al diseño de los hospitales del futuro para atender a un nuevo tipo de enfermos, y a la costosa gestión geriátrica como será la del baby boom a la vuelta de la esquina. Y encima con una progresiva precarización de las jubilaciones y las ayudas a las dependencias. Mucha batalla dura y más presión para los buenos médicos vocacionales que decidan quedarse a favor de la vida.

Que mala salud de hierro vamos a tener que tener con la medicina en la UVI.

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