02 de junio de 2019
02.06.2019
Pantallazos

Las mil y una puertas que cruza Siri Hustvedt

La premio 'Princesa' de las Letras viaja en Recuerdos del futuro a un fascinante laberinto de memoria y fabulación

02.06.2019 | 05:00

«Entonces lo feo era hermoso». Nueva York, ciudad de aventuras y desventuras del héroe. Escenario real y un lugar imaginario. ¿La memoria es real o imaginada? Siri Hustvedt, premio Princesa de Asturias de las Letras, avisa pronto para no traicionar a sus lectores: «El pasado es frágil, tan frágil como quebradizos los huesos con los años, tan frágil como los fantasmas que vemos en las ventanas o los sueños que se descomponen al despertar y no dejan atrás nada aparte de una sensación de inquietud o angustia, o, menos a menudo, una extraña satisfacción». La fragilidad del ayer contrasta con la fortaleza cotidiana de los fantasmas que (nos) sueñan, en un quiebro narrativo colindante con la autobiografía que encuentra en la subjetividad absoluta una forma objetiva de mentir desde la verdad: ¿qué es un diario sino una forma de olvido? El efecto Wanda se produce cuando en sus páginas aparece un personaje del que la narradora no recuerda nada. Existió, eso sí: «La memoria no solo resulta poco fiable, también es porosa». A partir de ahí, la prosa (porosa) de la autora tiene vía libre para fabular a su antojo, y eso incluye su propia existencia vista como territorio ajeno. «Estaba viviendo al lado de una mujer tan triste que proclamaba su tristeza en voz alta cada noche. Me meto papel higiénico en las orejas y caigo sobre la espuma. Caer sobre la espuma era el término en clave para referirme al placer autoinducido». Recuerdos del futuro invita a caer sobre la espuma de una lectura de vaivenes, túneles, curvas y cuentas pendientes. «Sigo teniendo debilidad por las relaciones sexuales en los trenes. Debe ser por su ritmo». El ritmo del libro («Lo más importante es marcar el compás») va sobre raíles haciendo de la precisión una elegante forma de atravesar paisajes habitados por géneros móviles. Si «a veces la memoria es un cuchillo», la autora abre en canal la suya y afila cada palabra para que adquiera una destreza dickensiana a la hora de enlazar la crónica de un momento con la visualización de un espacio («Era el mejor y el peor de los tiempos», ¿verdad, Charles?), sin dejar de lado la pelea con las injusticias: «Los hombres pueden arder de inteligencia. A las mujeres no les permiten esas sutilezas, pero yo era ingenua, e imaginé que, además de mirarme, me escucharían, oirían en mis frases la cadencia de una mente poderosa en funcionamiento». El Nueva York retratado es abrumadoramente cercano, y el libro se convierte en una hazaña descriptiva que recuerda (¿invoca?) al gran Dos Passos. Hustvedt confiesa: «Todos tenemos nuestras historias fantasma». Y más alguien como ella, que lee, mira, admira, escribe y reescribe: «Cada historia lleva dentro de sí múltiples historias». Un placer y un deber para inquilinos perpetuos de la Literatura como celda abierta a la vida. Dolor. Indultos. Hustvedt se ¿delata?: «Soy una narradora sofisticada, madura y erudita, en general amable aunque puedo ser cruel. Y tan proclive al engaño como cualquiera aunque intento ser honesta conmigo misma y admito que hay lagunas en mi propia historia». (Acertijo muy de actualidad. Pregunta la madre: «¿Es posible que ese hombre sea presidente? Es tan grosero y vulgar€» Responde la hija: «Es un bufón cateto y arrogante». Respuesta: D.T.») Más que un hilo narrativo con el que coser sus historias y sus fantasmas, la autora ata cabos anudada a una odisea intelectual infatigable que causa una extraña satisfacción: «He viajado por miles de libros en la biblioteca, he entrado y salido de innumerables habitaciones mentales y recorrido pasillos que no sabía que existían, sólo para encontrar al fondo más puertas que abrir. Siempre hay otra puerta y otra habitación. Y también he estado escribiendo, hace décadas que lo hago, y, mientras escribo, camino, porque escribir es transitar por una narración, y me ha llevado a las calles de la ciudad y a los caminos rurales donde piso de nuevo la tierra de mi niñez». ¿Puede el pasado servir para esconderse del presente? ¿Dónde termina el recuerdo y dónde empieza la imaginación? ¿Puede un libro cargarse el tiempo y burlar su tirón inevitable? «Recuerdos del futuro» indaga en qué momento del futuro que ahora es pasado hace señas al destino, contado sin desdén ni prepotencia ni frialdad porque quien lo ha escrito respeta, necesita, convoca al lector, «mi consorte durante el tiempo que dure el libro». Amor por los desconocidos de una Sherezade (que era un biblioteca, no lo olvidemos) que viaja hacia delante y hacia atrás en el tiempo y «recorre muchos caminos hasta que se convertía en otra persona». No hay historia sin alguien que la escuche: he aquí una escritora que se declara necesitada de lectores. Asume y resume: «Este libro es un retrato del artista como mujer joven, la artista que llegó a Nueva York a vivir, sufrir y escribir su misterio. Como el gran detective con quien comparte sus iniciales, S. H., la escritora ve, oye y huele las pistas». Y los lectores la acompañamos. Hechizados por sus mil y una puertas abiertas.

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