04 de junio de 2019
04.06.2019
Tribuna

39+5 = + de 44

El Rey Juan Carlos ha protagonizado el periodo de mayor progreso de la Historia de España

04.06.2019 | 05:00
Juan Carlos I se retira de la escena pública

La retirada de don Juan Carlos de la actividad oficial podría concluir con una suma: 44 años. Es decir, los 39 que fue el Jefe del Estado, más el quinquenio transcurrido tras abdicar en su hijo Felipe, el 2 de junio de 2014, por problemas de salud y sufrimientos familiares causados por el caso Noos. Pero su dedicación a España empezó mucho antes de su proclamación solemne como Rey, el 22 de noviembre de 1975, en las Cortes Generales.

Fue también un mes de noviembre, en 1948. El Lusitania Express había partido de la estación de Lisboa con un niño rubio de 10 años y ojos nublados por las lágrimas. Se acababa de despedir de sus padres, don Juan de Borbón y Battenberg y doña María de Borbón y Orleans, exiliados en Estoril. Juanito dejaba la infancia feliz junto al Atlántico. Atravesó las tierras austeras de Extremadura y Castilla, con destino a Villaverde, a pocos kilómetros de Madrid. Hacía frío y soplaba el viento serrano. Seis señores desconocidos, de la nobleza, el clero y el ejército, le acompañarían a su nueva etapa: recibir una educación severa y conocer el país, que pisaba por primera vez, en el que, tal vez, en un futuro, se podría restaurar la Monarquía.

El peso de la responsabilidad habría sido ligero por la ilusión del empeño, pero la carga histórica se hizo pesada y dolorosa por la incertidumbre, la represión y las intrigas de la posguerra, dominada por Franco. El pequeño Príncipe tendría que tratar con el General, principal adversario de su padre, el Conde de Barcelona Y esta relación produjo desgarros en la relación de Juan Carlos con su progenitor, heredero natural de Alfonso XIII, pero que nunca había ceñido la Corona.

Más estas décadas de silencio para el hijo y contradicciones para el padre no fueron en vano. El Príncipe «de España», como lo llamaba el huésped del Palacio de El Pardo, fue educado por preceptores, junto a otros siete chicos, en la finca madrileña de Las Jarillas. Se examinaba en el Instituto San Isidro de la capital, donde obtuvo el título de Bachillerato, pasó por las tres academias militares y por la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense.

Esta etapa le sirvió para hacer buenos amigos, algunos de ellos de gran importancia en los años posteriores de la Transición democrática. También los profesores contribuyeron en la preparación del oficio de rey, entre ellos, el catedrático de Derecho Político, Torcuato Fernández Miranda, clave en el desmoronamiento legal del régimen franquista. Siendo ya monarca, su sólida formación castrense fue crucial para que las Fuerzas Armadas aceptaran las reformas emprendidas. Y su autoridad jerárquica como capitán general resultó esencial para abortar la intentona golpista de febrero de 1981.

El 14 de mayo de 1962, en la catedral de San Dionisio en Atenas, contrajo matrimonio con la Princesa Sofía de Grecia. El teniente de Infantería, al regresar a España, ya no sentiría la soledad que había presidido su primer periodo. La feliz pareja viajó por las provincias para darse a conocer. Desde entonces, doña Sofía siempre ha estado a su lado, con la profesionalidad de reina que corre por sus venas. La llegada de los tres hijos, las Infantas doña Elena y doña Cristina, y el Príncipe de Asturias, don Felipe, completó la inmensa satisfacción familiar. La que han mostrado recientemente, rodeados también de sus ocho nietos, en la celebración del 57º aniversario de su boda, en el Palacio de la Zarzuela.

En 1971, los entonces Príncipes fueron invitados oficialmente a visitar Estados Unidos. Corrían aires de libertad en los países occidentales que deseaban ver a España integrada en el concierto internacional que le correspondía. La visita fue un éxito diplomático, político y personal. Proyectaron con prestigio y dignidad la imagen de nuestra nación. Pese a la condición de don Juan Carlos de «sucesor a título de Rey» de Franco, hizo declaraciones aperturistas a la prensa. Recuerda Charles Powell en su libro El amigo americano (Galaxia Gutenberg) que «en El Pardo se tuvo conocimiento sin mayores consecuencias».

El Reino Unido, Francia, Bélgica o la República Federal de Alemania fueron también escenarios de recibimientos cálidos y esperanzados por lazos familiares o históricos. En el Palacio de El Elíseo, don Juan Carlos formuló la fe de nuestro país en Europa. Los años de soledad, silencio e incomprensión le habían servido para conocer los anhelos de cambio que los españoles querían. Junto al objetivo de restaurar la monarquía, afloró el de traer la democracia.

Tras la muerte de Franco, empezó la difícil pero apasionante tarea de la Transición, obra colectiva pilotada por el rey, ejemplo en el mundo para la evolución de regímenes autoritarios a sistemas representativos. En la carta dirigida a su hijo Felipe VI para anunciar el fin de sus actos institucionales, ha querido reiterar «su permanente gratitud hacia el pueblo español, verdadero artífice y principal protagonista de aquella trascendental etapa de nuestra historia reciente».

Los enormes cambios propiciaron una mejora sin precedentes del bienestar de los españoles, cuya esperanza de vida es la segunda del mundo. España se ha convertido en líder mundial de trasplantes, es la quinta economía de la Unión Europea y uno de los principales inversores en América Latina. El Rey Juan Carlos impulsó las Cumbres Iberoamericanas para intensificar las relaciones con los países de nuestra Comunidad Histórica, según la Constitución de 1978. Doña Sofía, con sus viajes internacionales de cooperación, ha creado una intensa red de desarrollo humanitario para fomentar la salud y la formación, que ahora continúa con entusiasmo la Reina Letizia.

Con 81 años, operaciones de cadera y rodilla de las que no se ha recuperado y el magnífico resultado del reinado de don Felipe, Juan Carlos I se retira de la escena pública con la tranquilidad del deber cumplido. Preocupado, eso sí, por el desafío independentista, pero confiado en que el Estado de Derecho podrá vencer el incumplimiento de la ley, la intolerancia y las mentiras nacionalistas. Con las mismas herramientas que pudimos lograr el final del trágico terrorismo. Por eso, con permiso de los matemáticos, podemos decir que 39+5 es más que 44 años. Toda una vida.

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