16 de junio de 2019
16.06.2019
Maldeojos

La muerta de Alcalá

A la fiesta de despedida de soltera de Belén Esteban irá «un chico de color muy alto». ¿Un chico de color, tonta? ¿De qué color? ¿Te refieres a
que irá un chicarrón negro? Pues di que irá un chico negro. Te aseguro que a un negro no le molesta que le digan que su piel es negra

16.06.2019 | 05:00

La guinda

  • Dani y Cuatro. El leonés Dani Martínez va pegado a Cuatro como Ciudadanos a Vox, los ultras que son bendecidos en las instituciones por el partido del naranjito Alberto Carlos Rivera. Cada mañana presenta El concurso del año antes del mediodía. Una pareja de amigos, de lo que sea, trata de adivinar la edad de alguien y se puede llevar 50.000 euros. Eso es todo. Se puede ver, sobre todo porque no se habla de Supervivientes. Qué alivio.

Son un amor. Es la tele que me gustaría ver a todas horas en la pantalla, sobre todo en la pantalla de todos –y todas-, en La 1, en La 2. Son un amor los cabeza pensante, secante, pasante, proyectante y ¿se dice decidiente? de Cero, o #0, vamos, los de Movistar. Les hierven las ideas, y paren cosas maravillosas, atrevidas, chispeantes, modernas, llenas de dinamita, cosas, programas y formatos que además suponen la recogida de una serie de humoristas que andaban como vaca sin cencerro –digo humoristas por mencionar un colectivo que, ojo, no sería raro que terminara en la Casa de Campo, en el extrarradio, extramuros, expulsados, ninguneados, señalados, para que niños y niñas, vulnerables, sean protegidos por sus familias como los de la ultraderecha instalada en Madrid dicen que harán con esas locas del mundo LGTBI-. En Movistar está David Broncano, está Javier Coronas, Javier Cansado, Pepe Colubi, Ricardo Castella, Joaquín Reyes, Andrèu Buenafuente, o Raúl Pérez, pero también un puñado de cómicas que se lo pasan pipa en Las que faltaban –los viernes-, con Thais Villas, Eva Soriano, Victoria Martín, Anabel Mua, o Adriana Torrebejano. Bien. Sólo en un canal como el de Movistar se puede emitir El cielo puede esperar -¿de verdad que sólo ahí es posible emitir formatos con este nivel de ironía, finura estética, atrevimiento conceptual, y exquisita puesta en escena?-. La cosa es fácil. Se trata de darle el último homenaje a un/una finado. Es decir, amigos y amigas y familiares se reúnen para despedir a su muerta, a su muerto, en el funeral ad hoc. Sentados y enlutados en bancos como de iglesia, o como de tanatorio fin de ciclo, como de tanatorio aquí no ha pasado nada, como de ceremonia civil viva el muerto y no lloremos que no le gustaría, como de fiesta lúgubre pero sin perder la sonrisa, El cielo puede esperar es un programa tan sencillo que resulta una sorpresa, un cachondeo de concepto, lo que a veces uno siempre ha imaginado y jamás podrá comprobar, es decir, lo que dicen de ti cuando tú ya no estés –paréntesis merece otro formato de la cadena, Cuando ya no esté, con Iñaki Gabilondo, que analiza el mundo y sus avances científicos, tecnológicos, sociales, o médicos que nos esperan a la vuelta de una esquina que tal vez ni usted ni yo veamos pero que el programa empieza a vislumbrar hablando con expertos de primer nivel en las diferentes materias-.

¿De qué color, loca?


Mírala, mírala, mírala, la muerta de Alcalá, le cantaban a Ana Belén en su falso funeral, cuyo segundo programa se le dedicó a ella, «a la novia de la Transición, a la novia de España». Su marido, un enlutado Víctor Manuel, le decía cositas al oído de Wyoming –nada, ya he hablado con Rosalía, provocando que la boca ancha donde habita la inmensa alfombra dental de la esposa se abriera como para tragarse al marido si pudiera-, que a su vez soltaba algunas maldades sobre esto y lo otro. Amigos y amigas, ante un micrófono, en una sala inmaculada de tanatorio despojado de símbolos religiosos, salen a recordar hechos, anécdotas, momentos vividos en común ante la audiencia de gentes cercanas a la finada para destacar la nobleza, bondad, picardía, profesionalidad o mala uva de la muerta. O sea, el lujo soñado por más de tres, el morbo hecho realidad ya que a ver quién no ha pensado alguna vez, aunque sólo sea una, qué pasará, qué dirán, cómo será nuestro último adiós para amigos y familia. Y tú, vivo como el muerto Franco, más tieso que un ajo pero de eterna actualidad, escuchando detrás de la puerta. Al día siguiente de ver El cielo puede esperar –la semana pasada, con idéntico esquema, el muerto vivo fue Arturo Valls, Javier Sardá el de esta- la estúpida María Patiño, lerda, tratando de mantener una superioridad moral por encima de la media que la rodea en el plató que le da de comer, y con ese aire estirado que la caracteriza, debería lavarse la boca antes de decir imbecilidades racistas en Socialité como que a la fiesta de despedida de soltera de Belén Esteban irá «un chico de color muy alto». ¿Un chico de color, tonta? ¿De qué color? ¿Te refieres a que irá un chicarrón negro? Pues di que irá un chico negro. Te aseguro que a un negro no le molesta que le digan que su piel es negra. ¿Te molesta a ti que te digan que tu piel es blanca, quitadas las capas de chapa y pintura que llevas encima? Mírala, mírala, mírala, la ignorante que confunde racismo verbal con corrección social.

Bah, 18 centímetros


Loca me quedo, pero loca como un cigarrón en un desierto de arena, cuando el otro día, escuchaba en Arusitys el comentario del Sevilla, que me cae como una patada en el ijar derecho, sobre el último vídeo de Leticia Sabater. Uno creía que lo había visto todo de esta pobre mujer. Que había llegado al límite conocido en el campo de la vulgaridad, el mal gusto y la provocación, que su triste negocio era hacer de su machacado cuerpo y de su carcomido cerebro un cachondeo nacional, que La salchipapa, El polvorrón, o Toma pepinazo era lo que es, una marranada simpaticona para hacer cuatro bolos en las discotecas más seminales, pero qué va, la zombi ha resucitado, pero la gracia que podía tener antes se ha convertido en asco, en vergüenza, en, como dice su último vídeo, una catástrofe musical llamada 18 centímetros, papi. Ni sus horripilantes operaciones, ni su estrambótica tabla de chocolate en la panza ni esa asquerosa sensualidad de mayonesa restregada en sus labios de chochona consiguen que la veamos como algo más que una muerta a lo Frankenstein que da miedito. Por cierto, como decían en lo de Alfonso Arús en las mañanas de La Sexta, 18 centímetros los tiene cualquier cubano al nacer, bonita. Y a coro, para olvidarse del mal trago de la Leti y sus miserias, se oye un mírala, mírala, la muerta del PP que no hay manera de matar. A la corrupción de esta banda no hay quien le corte las alas, y siempre vuela alto, vivita y coleando. Tratando de rebanarle el pescuezo, y ante el juicio que empezó el 14 para ver qué hay detrás del borrado de los ordenadores de Luis Bárcenas, el PP del Centrado Mayor del Reino se niega a que ese proceso se vea en directo por televisión. Hay muertos muy, pero que muy vivos. Hasta Patricia Conde y Ángel Martín, fiambres a tiempo completo, han regresado del hoyo, y a Movistar, con un resucitado Sé lo que hicisteis llamado ahora Dar cera, pulir #0. Como Ana Belén, han visto su funeral y su resurrección varias veces. Míralos, míralos.

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