16 de junio de 2019
16.06.2019
Al azar

El repliegue del Rey

En el quinto aniversario de su subida al trono por la abdicación paterna, el Jefe del Estado asume una actitud a la defensiva, temeroso de las repercusiones de sus iniciativas

16.06.2019 | 05:00

Sofía de Grecia rechaza los apelativos de Reina Emérita y Reina Madre. «Soy la Reina Sofía», manifiesta. En sus confesiones a Pilar Urbano, la esposa de Juan Carlos de Borbón admitía con claridad que el monarca está sometido «al pueblo». Y lo exteriorizaba con su brevedad gracianesca. «El Rey vale si es útil, si sirve». Sin embargo, la mayoría de los neocortesanos rechazarían por obscena la pregunta «¿Para qué sirve Felipe VI?», que su propia madre considera indispensable para calibrar un reinado que cumple ya su quinto aniversario.

Los dos Reyes constitucionales se han afianzado en el trono tras la abdicación agridulce de sus progenitores. Señalar que Felipe VI está mejor preparado que Juan Carlos I equivale a admirarse de que un smartphone supere en modernidad a un humilde telégrafo. Solo faltaría. La característica más acentuada del primer quinquenio de mandato, en un Jefe de Estado que accedió a la magistratura cuando había dejado de ser joven, es el repliegue del Rey. Sobre sí mismo.

El magnífico mensaje navideño debutante de 2014 parece pronunciado décadas atrás. Felipe VI asume hoy una actitud a la defensiva. Se siente receloso y temeroso de las reacciones de sus ciudadanos, extramuros de La Zarzuela. La norma sigue siendo la ovación, pero los abucheos ganan protagonismo. Pueden sobrevenir en el Liceo barcelonés, pero la salvaje huelga de los taxistas obligó al Jefe de Estado a acceder al pabellón madrileño de Ifema por una puerta lateral, para visitar la feria turística Fitur. Cabe imaginar la solidaridad de Macron con su colega, pero Francia tiene una monarquía decapitada.

He visto al Príncipe Felipe saludando con regocijo en 2005 a un retén de universitarios catalanistas, que le pitaban en reclamación de la República. Sin embargo, las proporciones del cóctel se han alterado, la sonrisa espontánea ha sido arrinconada en el repertorio de la gestualidad del monarca con más frecuencia que la corbata. Recogió una herencia envenenada, ha sido la primera víctima de la fragmentación o pluralidad multicolor del espectro partidista. Es el primer Jefe de Estado que propuso a un candidato a presidente del Gobierno que se negó a aceptar el encargo. La Zarzuela publicó el rechazo para impedir una versión parcial de Mariano Rajoy, que forzó una escena que debería encandilar a los esforzados buscadores de golpes de Estado. Felipe VI es el primer Rey que propone a un candidato a La Moncloa que será exterminado en el matadero del Congreso, véase a Pedro Sánchez en 2015. Más degradante resulta convertirse en el primer Jefe de Estado que no ha intermediado la proclamación de un presidente del Gobierno, de nuevo Sánchez. El líder socialista escaló La Moncloa desde el fondo del foso en solitario, sin el salvoconducto de La Zarzuela en la primera investidura provocada por una moción de censura de la historia reciente. El monarca permanece al margen de este cruento lance parlamentario que le sobrevuela, y que sin embargo lesiona su posición arbitral.

Los tropiezos citados han sido eclipsados por la intervención de Felipe VI el tres de octubre de 2017, contra una parte de los catalanes. Aun aceptando que defendiera a los supuestamente oprimidos por el independentismo, su alineamiento fue excesivo y pésimamente redactado. Le ha valido dos folios de homenaje en el informe final de la Fiscalía en el juicio del procés, otro regalo diabólico porque vincula a la Corona con la sentencia del Supremo. Cuesta medir la influencia de aquellas palabras, que apostaban por unos españoles frente a otros, pero es lícito preguntarse si hoy serían pronunciadas. Se agravaron con el mensaje navideño de 2017 que reincidía en idénticos planteamientos, y con una intervención en Davos donde el Rey destacó que «la lección de la crisis catalana es que hay que preservar el imperio de la ley». Es inverosímil que un Jefe de Estado ataque en el extranjero a una porción de su país.

Felipe VI sufre la instalación en la opinión publicada del espíritu cortesano que precisamente favoreció la ceguera sobre la erosión acelerada de la figura de Juan Carlos I. Es decir, recibe las alabanzas de las mismas voces que jalearon a su padre mientras se hundía entre Corinnas, elefantes y Villarejos. Por no hablar de que renovaban su fe juancarlista en 2014. Consideraban que el entonces Jefe del Estado se encontraba en plena forma, mientras Rajoy y Rubalcaba pactaban su sustitución. Cabe esperar que se hallen mejor iluminados ahora, aunque por fortuna su peso es despreciable frente a la marabunta de las redes sociales.

La salvación del replegado Felipe VI está en su cargo. El valioso opúsculo de Jordi Canal bajo el título de La monarquía en el siglo XXI defiende a la Corona sin hurtar los argumentos en su contra. Y el legendario periodista Eugenio Scalfari anuncia que la verdadera ambición de Matteo Salvini no es gobernar, sino conseguir la presidencia de Italia. Reinar sigue siendo el sueño prohibido de los políticos.

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