19 de junio de 2019
19.06.2019
Tribuna

Erotismo y pornografía

Podemos decir que el pacto con Vox asegura buen nombre a muchos

19.06.2019 | 05:00

Andrés Villena, de Elche, ha escrito un libro que se llama Las redes de Poder en España. No hay que confundirlo con nada que tenga que ver con la Trama. Esto es una tesis doctoral. Investiga los gobiernos de Zapatero y de Rajoy y la manera en que ciertas elites económicas intervinieron en ellos. Su conclusión es clara. Rajoy forjó un Consejo de Ministros que era directamente una reunión de lobistas. Zapatero camufló esta realidad con avances en derechos sociales. Al final estalla la metáfora explosiva. La relación entre las elites económicas y el PP es pornografía. Con el PSOE es erotismo. El caso más llamativo fue Montoro. Poco antes de entrar en el Gobierno había montado un gabinete técnico para asesorar en rodeos y trucos fiscales. Luego, puso ese equipo en el Ministerio de Hacienda. La evasión y el blanqueo lo compensó con subidas de impuestos a las clases medias.

Pornografía. La metáfora es explosiva porque todo en ella es transparente. No necesita comentario o interpretación. No es de extrañar que cuando esta exhibición de fluidos, conexiones, acoplamientos, contactos y movimientos se realice en público, produzca escándalo en los espectadores sensibles. Por eso no es raro que los pactos de Madrid, que constituyen uno de los tríos arquetípicos de la perversión erótica (PP y Cs mirándose a los ojos mientras Almeida hace por detrás otras cosas con Vox), hayan producido escándalo por doquier. Así titula el profesor Gerardo Muñoz su artículo en la prensa francesa. «Escándalo por la alianza de Centro-Derecha en Madrid», dice con pudor. La palabra alianza, sagrada, parece lejana de esta promiscuidad obscena. Luego plantea el verdadero problema, el del estatuto del liberalismo español frente al liberalismo europeo.

Creo que conviene seguir el hilo de Gerardo Muñoz e intentar explicar algo de la perplejidad que puede causar en Macron la decisión de Rivera. El libro de Villena es aquí interesante. Su tesis es que ciertas elites económicas «usan el Estado para ordeñar las Instituciones». Esto es: algunos estratos bien colocados no pueden mantenerse económicamente sin tener seguros el favor, la protección, las oportunidades que concede el Estado y sus políticos. Madrid, a pesar de que dispone de una economía dinámica y plural, no es una excepción a este principio. Estos grupos de elites se mantienen cerca de los partidos, con los que forman un continuo en el que entran los grandes medios de comunicación. En el año 2015, los periodistas Bruno Estrada, Elena Méndez y Nicolás Aztiárraga describieron una cena paradigmática que había tenido lugar en 2013, en casa de Ramón Tamames, con Pedro J. Ramírez y Juan Miguel Villar Mir, además de José María Lara. También asistieron dos miembros de UPD (al parecer la abandonaron antes de tomarse los postres) y uno del PP. Allí estaba Rivera. No se sabe qué se dijo allí. Lo que sí se puede sospechar es que Rivera hará más caso a los fantasmas de aquella cena que a las prescripciones de su viejo mentor Carreras.

Por supuesto, esto no es una peculiaridad española. Cenas como esa se habrán dado muchas desde aquella de Baltasar. Es una lástima que no aparezcan de vez en cuando en la pared las amenazadoras palabras bíblicas. Lo específico del liberalismo español no es tanto que tenga que plegarse a los intereses de grandes corporaciones. Lo específico es que no pueda permitirse el lujo de abandonar la cercanía del poder en la Comunidad y la ciudad de Madrid. No es porque las grandes corporaciones no tengan recursos eróticos para aproximarse al PSOE, que los tienen. Aquí es donde las diferencias cuentan. Eso Macron no lo comprende. En el fondo le dice a los representados por Rivera: «Yo os aseguro lo mismo, pero sin pornografía».

Entonces, ¿qué pasa? Lo específico de Cs, el grupo liberal español, es que tiene que obedecer a unas elites que exigen pactar con Vox para que mantener el poder. Volvamos a Villena. ¿Y si fuera verdad que determinados grupos, por su afán de obtener ventajas, por su oportunismo, su avaricia, su espíritu depredador, por su impunidad tras dos décadas en el poder, llegaron a forzar la ley de forma masiva? Si eso fuera así, no podrían permitirse que unas manos limpias de verdad abrieran los cajones de la Comunidad para mirar sus negocios. Se trata sencillamente de seguridad vital. En determinados círculos de Madrid ya corría el chiste: un lobista tiene que tener una de estas tres cosas: un buen asesor fiscal, y si falla un buen abogado, y si falla también, un amigo en la Dirección General de Prisiones. La lógica del chiste no era solo que todo es ilegal, sino que esa era la consecuencia de tener amigos en la Administración popular madrileña. El esquema de gobierno que empezó con el Tamallazo quizá mantuvo su lógica hasta el final.

Por eso, podemos decir que el pacto con Vox asegura buen nombre a muchos. Algunos se asomaban a los balcones del pleno en la toma de posesión de Almeida, empezando por la Sra. Aguirre. No es que Vox al final fuera presionado para cumplir esa función protectora. No. Vox nació para esto cuando el PP de Rajoy dejó sin protección a tantos colegas. Y esa es la cuestión central del liberalismo español, su carácter instrumental, sin convicciones, subalterno. Hay que mirar con atención la foto que traía El País el domingo en portada. Javier Ortega Smith felicita al nuevo alcalde de Madrid, dice la noticia al pie de la foto de E.N. (Pool). No quiero imitar a Jaime Millás, pero no resisto una ékfrasis de la foto. Ortega acoge en sus brazos al soldadito Almeida, lo anima ante la misión, lo fortalece, lo arma, lo hace un hombre, como se decía en lenguaje castrense. El alcalde está hierático, firme el ademán, un poco cohibido, tímido, y casi parece implorar algo. Si la foto tuviera movimiento, Ortega le apretaría otra vez los hombros tras la súplica de ayuda. «Aquí estamos nosotros», parece decirle. Nadie puede evitar la impresión de identificar quién manda ahí. No es el «liberal».

Y esta es la cuestión que Macron no entiende. Lo que piensan de verdad los hombres de Rivera, de Casado, esos liberales, es lo que piensa Ortega Smith, que tiene más coraje, sinceridad y sentido del honor que ellos. Pero que Ortega haya tenido que salir a la palestra a dar ánimos a Almeida y a los chicos de Casado y Rivera, eso era lo imprevisto. Que se haya tenido que recurrir a medios extremos y excepcionales para asegurar lo que tan fácilmente se gozaba tiempo atrás, eso es lo enojoso. Que la pornografía se tenga que hacer a la luz del día, es lo molesto. Todo estaba mejor cuando no se tenía que movilizar al electorado con esas opciones extremas, cuando no teníamos que enseñarle nuestro verdadero corazón a Macron y a la vieja Europa. Pero Macron debe entenderlo. Se trata de la cárcel.

«Ahora a ser buenos chicos», parece decirle Ortega Smith a Almeida. «A ver si la próxima vez no me necesitáis». Ortega abraza como el señor Lobo en Pulp Fiction. Ahora, Vox regresará a tanta invisibilidad como sea posible, a ejercer tareas de control, las propias del poder. La culpa in vigilando de Aguirre se arreglará así. Vox hará la tarea. Lo que puso todo en peligro fue que determinados políticos quisieron una parte del pastel mientras estaban de servicio. Hay que ser liberales para favorecer a los amigos, no a uno mismo. Vox impondrá la prudencia en la tropa. Esto va a ser difícil de creer en Europa. Pero Vox es el complemento de eso que se llama liberalismo español, una ideología de pantalla del patrimonialismo de Estado cuya doctrina desde el siglo XIX es: «ordeña al Estado para los amigos». Lo anterior, a prescribir. Ahora se trata de volver al erotismo.

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