23 de junio de 2019
23.06.2019
La Opinión de Málaga
Nuestro mundo es el mundo

Los peligros del bifrentismo

No sería nada positivo que la votación de investidura consagrara la división social en dos frentes cada vez más polarizados

23.06.2019 | 05:00
Los peligros del bifrentismo

Pedro Sánchez tuvo en abril una gran victoria, al pasar de 84 a 123 diputados (mientras el PP caía a 66) y obtener el 28,7% del voto. Pero ser investido exige el apoyo –activo o pasivo– de bastantes más diputados. Y España es un país plural en el que, con 165 escaños, la izquierda (PSOE y Podemos) supera a los 149 del total de la derecha. Pero no por demasiado. Y si a los votos de la derecha le sumáramos todos los nacionalistas en una mayoría de rechazo, Sánchez no podría ser investido.

Sería un absurdo, pero en teoría puede pasar. Todavía sería más absurdo no sacar las conclusiones lógicas y sustituir el bipartidismo imperfecto, que bien o mal ha funcionado, por un bifrentismo estéril. Visto que sólo Sánchez puede ser presidente y que es muy difícil –sólo lo haría si estuviera seguro de un resultado mucho mejor– que opte por nuevas elecciones, lo menos malo sería que uno de los dos partidos de centro–derecha se abstuviera en la investidura. Y que luego el PSOE se tuviera que espabilar para gobernar con las mayorías que se irían definiendo, sin hipotecas y sin que la política –y la economía– quedaran supeditadas a divisiones sólo ideológicas.

Es positivo que la izquierda y la derecha tengan sus coincidencias y sus alianzas –ya está siendo así en la formación de la mayoría de los gobiernos municipales y autonómicos–, pero no que todo quede supeditado a un bifrentismo ideológico que polarizaría negativamente a la sociedad y que no favorecería la indispensable conexión con la UE –el euro, la Francia de Macron y la Alemania de Merkel y su herida, pero viva, gran coalición– que será fundamental en los próximos años. La consagración del bifrentismo sería peor que el bipartidismo porque salir de su lógica sería visto como una traición a los principios. Casi como una herejía. Y la práctica democrática exige fidelidad a las ideas, pero también pragmatismo para amoldarlas a la cambiante realidad. Sin olvidar que, a veces, las ideas se superponen con dogmas algo periclitados, pero con los que hay electores que se sienten identificados.

Pero como tanto Cs como el PP han repetido que no se abstendrán, Pedro Sánchez está obligado a intentar la investidura con los aliados disponibles. Porque legítimamente quiere ser investido y porque es difícil reprocharle seriamente alianzas para la investidura que la derecha considera legítimas –como coincidencia de voto– para impedir esa misma investidura.

Hoy por hoy –tras la decisión del PSOE de intentar gobernar Navarra y Canarias al igual que la triple derecha lo ha hecho ya en otros sitios y Madrid capital–, Pedro Sánchez podría tener 173 votos (PSOE, Podemos, PNV, Compromís y regionalistas cántabros) frente a 177 contrarios (PP, Cs, Vox, canarios, forales navarros, JxC, ERC y Bildu). Pero este no es el fin de la historia, ya que ERC puede abstenerse si prefiere Sánchez a nuevas elecciones. Y es algo complicado argumentar que Sánchez no pueda beneficiarse de esa abstención si el centro–derecha está dispuesto a votar con ERC (y Bildu) para impedir la investidura socialista.

Si las cosas siguen así, lo normal es que Sánchez acabe –no sin sudar con la frente– siendo investido, aunque quizás esa investidura no sea la más conveniente. Primero, porque obligará a cesiones a Podemos que podrían condicionar demasiadas cosas, pues Pablo Iglesias huye repetidamente de definirse respecto al euro, el cimiento de toda la política económica. Luego, porque ERC puede afrontar elecciones catalanas en otoño y ser por tanto un apoyo muy volátil (ya pasó cuando votó contra los presupuestos).

Alguien próximo a Sánchez me dice que el PSOE está obligado ante sus electores a sacar la investidura y que, además, no hay gobierno alternativo posible. Lo hará pues con los aliados disponibles. Punto final.

Es la «realpolitik», pero ayudaría a consagrar el estéril bifrentismo. Alguien del centro–derecha lo puede evitar con un claro planteamiento. Más vale un gobierno socialdemócrata que el mismo equipo pero embarazado de Iglesias y ERC. Y eso no es incompatible con pensar que Podemos acabará analizando el desastre de Venezuela y que sería bueno que el independentismo –sin renunciar forzosamente a sus objetivos últimos– admitiera que hoy la prioridad (excepto para los que juegan al suicida «cuanto peor, mejor») es que España funcione razonablemente los próximos años. Los problemas –desde la demografía a la inmigración, la desigualdad postcrisis y la globalización– son demasiado serios para priorizar laberintos imaginarios e irrealizables.

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