24 de junio de 2019
24.06.2019
La Opinión de Málaga

Adictos a Internet

24.06.2019 | 05:00

De las adicciones y sus consecuencias pudiéramos estar hablando hasta tarde. La casuística tiende a infinito. Algunas de ellas nos pueden parecer irrisorias. Otras, sin embargo, son el eje de grandes dramas. Hay nutricionistas que afirman, por ejemplo, que el chocolate es adictivo. Pero, dejando a un lado los evidentes problemas de salud que pudieran derivarse de su exceso alimenticio, lo que sí que podemos advertir es que dicha adicción no conlleva per se, así a bote pronto, una lacra social más allá de la que pueda acarrear, de manera mucho más general y amplia, el tema de la obesidad. En cualquier caso, toda adicción gira en torno a un férreo o permisivo control de la voluntad. En relación a esto último, conocí a un obispo franciscano de la selva de Perú que dejó de tomar aguaje, una sencilla fruta que disfrutaba antes de acostarse, porque decía que le gustaba demasiado y no quería que nada, ni siquiera lo más insignificante, pudiera generarle sometimiento o dependencia.

En el fondo de esta sencilla anécdota, subyace, sin embargo, el problema en torno al cual gira todo el mal que provoca la adicción. Es por ello que, si la voluntad no hila fino, el vasito de vino de las comidas se nos puede ir de las manos y pasemos, casi sin darnos cuenta, de la copita a la borrachera y de ahí al alcoholismo. El tabaco también se alza como otro claro ejemplo de lo que estamos comentando. He conocido adictos que se comían varios paquetes de una sentada y que, a pesar de reconocer el mal que aquella situación les estaba generando, no eran capaces de soltar el lastre porque la adicción, permítanme poner de manifiesto la obviedad, ata. Dicho esto, la siguiente consecuencia que cabe destacar, también de cajón, es que si desproveemos al adicto, así sin avisar, de la sustancia o producto que le genera la adicción, posiblemente aflore una situación violenta. La gestión de esa violencia dependerá entonces de la madurez del adicto, del grado de la adicción y, repito una vez más, de su fuerza de voluntad. A mayor debilidad, a mayor inmadurez, será plausible que nos topemos, evidentemente, con mayores dosis de violencia. Es por todo ello que, aquí quería yo llegar, el tema de los menores y las adicciones no debiera desdeñarse desde ninguno de los frentes, familiares, escolares, sanitarios o institucionales que tienen en sus manos la educación de los mismos.

Tengan también en cuenta que, hoy por hoy, la palabra menor es el mayor eufemismo de nuestra lengua. Nuestros menores, quién sabe si por culpa del yogur, la mejora nutricional o el deporte, suelen sacarle, de media, dos cabezas a los de mi generación. Y es así que, bajo ese contexto y con estos protagonistas, les enciendo la mecha de una última obviedad: Internet y sus aledaños crean adicción. Desde este cóctel molotov, como ustedes bien comprenderán, se generan verdaderos dramas en el ámbito familiar: menores con libre acceso horario a la red y a todo tipo de conexiones y disfrutes paralelos a la misma que se nos van de las manos y que, cuando queremos darnos cuenta, se nos han convertido en verdaderos adictos en el marco de una edad donde la madurez ni está ni se la espera. Y es por ello que cuando, a modo de castigo o reprimenda, se restringe el acceso a internet a un adicto menor de edad que nos saca dos espaldas y dos cabezas, el conflicto puede estar servido. La semana pasada, titulares locales informaban de que, por este motivo, un menor de quince años agredía a su madre y amenazaba con quemar la casa. Todo ello se aderezaba, además, dice la prensa, con proclamas de autolesión, empujones y daños materiales en la vivienda. Así, limitar de manera responsable este tipo de consumo a los menores no sólo es necesario a niveles de salud pública, sino que, además, el tema puede alzarse como indubitada cuestión de paz social y familiar.

Y es que el principal problema radica, señores, en restarle importancia, en no querer advertir los signos preliminares y en darnos cuenta de lo gravoso de la situación al final, cuando el daño está hecho, cuando ya no hay remedio posible.

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