13 de julio de 2019
13.07.2019
Galaxia urbanita

Cascarrabias

13.07.2019 | 05:00
Ilustrración de Carmen Larios

Nos encontramos tras varios años sin vernos. Fue en la oficina del Servicio Andaluz de Empleo de Capuchinos. La casualidad quiso que me sentara a esperar mi turno junto a él, aunque probablemente lo hubiera distinguido de lejos: seguía con el hábito de llevar un traje de chaqueta celeste, a juego con una corbata azul y un pañuelo celeste claro anudado al cuello. Aún medio dormido, en vez de embeberme en el móvil como era mi propósito inicial, le saludé:

–¡Cuánto tiempo sin verte!

–Ah, hola.

–¿Cómo va todo?

–Fatal, como siempre. ¿Te has fijado en eso?

–¿En qué? —dije, mirando la oficina atiborrada de personas.

–Joder, menudo escritor eres. En qué va a ser, ¡en el semáforo!

Al principio, pensé que se refería a una de sus metáforas alambicadas, pero no: en el centro de la sala había un semáforo acústico, que medía el nivel de ruido de quienes esperaban. Si el ruido aumentaba, el semáforo se ponía en rojo y, casi por arte de magia, la gente hablaba más bajo. Casi siempre andaba en naranja, justo a punto de pasarse a rojo.

–Es un artefacto útil y diabólico. Me pregunto quién habrá tenido la idea —me dijo, casi en un susurro.

–¿Ya no trabajas en la editorial?

–Sigues tan listo como de costumbre. Si me ves aquí, es que estoy en paro, amigo Sherlock.

–Conociéndote, igual te ha dado el punto de venir aquí para meterte en la piel de algún personaje de una novela.

–Coño, no eres tan tonto. Aunque lo pareces.

–O sea, que sigues arreglando manuscritos de famosetes. Y en uno de ellos, el protagonista está en paro.

–Porca miseria, así es. Te invito a almorzar.

–¡Son las nueve de la mañana!

–¿Y? Desde que la ciudad está llena de guiris, aquí se come a cualquier hora.

–Tienes que esperarte a que haga mi gestión, que yo aquí no estoy de pega.

–Que sí, hombre, que solo pones inconvenientes. ¿Dónde vamos?

–Elige tú, que vas a invitar.

–Me parece lógico. En cualquier caso, que no sea en un restaurante.

–¿Y eso?

– Los restaurantes, tal y como se conciben hoy en día, surgieron tras la Revolución francesa. Los cocineros que preparaban festines para los nobles se quedaron sin trabajo y ante este contratiempo no perdieron la cabeza, como sus antiguos jefes: resolvieron ofrecer ese servicio esmerado y ostentoso a la nueva clase dirigente, la burguesía. Trasladaron la parafernalia hueca y el vocabulario rococó a espacios de silencios perfectos y ordenados; sobre todo eso, con mucho orden. Organizaron las cocinas como cuarteles militares, con disciplina férrea, y las aderezaron con eso que tanto gusta en los programas de cocina: enfados, subidas de tono y exigencias dementes. Crearon un universo neurótico y excesivo, recrearon el estatus de los nuevos ricos, el decorado ideal para que cualquier zangolotino se creyera el duque de Loquesea durante unas horas. No, amigo, nunca me verás en un sitio de un gusto tan espantoso.

–¿Unas tapitas en un bar, entonces?

–¿Acaso desconoces el origen de la tapa? Como su nombre indica, se ponía para tapar el vaso de vinorro indecente y que en él no se ahogaran las moscas que pululaban por doquier. Imagino que esa medida sanitaria fue rápidamente acogida por los taberneros del reino con la idea de ofrecer ingentes cantidades de sal en un platito minúsculo, con el objetivo declarado de que bebamos lo máximo posible. Me niego a ser cómplice de esa avaricia infame.

–¿Te ha dado ahora por las hamburgueserías o qué?

–A eso ni te contesto. A ver, que no te veo muy espabilado esta mañana: si has venido a esta oficina, es porque vives cerca de aquí, ¿me equivoco?

–A cinco minutos, sí.

–Pues ya está, vamos a tu casa.

–¿Me vas a invitar a comer en mi casa?

–Dicho así, es verdad que suena excéntrico. Tienes razón, quien tiene que invitarme eres tú.

–No pienso hacerlo. La última vez que me visitaste, te estuviste quejando todo el tiempo del asco de vida que llevas, de la miseria de existir, del absurdo de intentar rellenar páginas en blanco.

–Es que la vida es así.

–Y te bebiste tres botellas de vino y te pusiste a cantar ópera. Muy mal, por cierto.

–Ahora canto flamenco. Deberías escucharme.

–Oye, si tanto pesar te supone lo de escribir para otros, ¿por qué no haces otra cosa?

–¿Te digo la verdad?

–Por favor. Y rápido, que me acaban de llamar.

Me miró con pesadumbre, como quien lleva la más pesada de las cargas, y me dijo:

–Porque solo sé ser un cascarrabias.

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