21 de julio de 2019
21.07.2019
La señal

La verdad de las mentiras

21.07.2019 | 05:00

Brillante Fernando Vallespín en los cursos de verano en el Rectorado. Lúcido pensador en tiempos turbulentos, sostuvo que todos nuestros miedos se están cumpliendo. Contaba Vallespín, catedrático de Ciencia Política, que le había dado un cero a un pupilo en una pregunta sobre Montesquieu y el suspenso vino a reclamarle, «usted es que no ha entendido, esta es mi opinión sobre Montesquieu». Se quedó boquiabierto. Y es que todo el mundo se siente legitimado para emitir su opinión sobre lo que le plazca, aunque ésta no tenga nada que ver con el asunto en cuestión.

Como el ciudadano que va al médico y como ha leído cosas en internet sobre su enfermedad pues le discute al doctor. Sobran burros pero nadie lo dice. Pero ¿toda opinión vale?, claro que no, ni todas las opiniones pesan lo mismo, la del alumno que la del profesor, por ejemplo, pero se nos quiere hacer pensar que sí en un guiño al personal para granjearse el favor de sus aplausos o votos. Y es que esta sociedad, enferma pero políticamente correcta, emociona los temas de debate y fomenta el escándalo, las dos claves con las que se abren paso los mediocres. Al fin y al cabo, opinar sobre lo que sea sale gratis total. La verdad de las mentiras llevó por título el curso que ha dirigido Juan Cruz.

Menos mal que más arriba, Gunther Hasimger, director científico de la ESA, agencia espacial europea, dice que si pensamos en una escala humana es imposible que en una vida llegues a ningún sitio, pero que si eres capaz de construir robots y éstos robots van a otro planeta y después construyen una fábrica de la que salen más robots pues puedes producir un efecto bola de nieve y en unos pocos cientos de millones de años poblarás con robots todos los planetas de la galaxia; así que si no se piensa poblar la galaxia en una generación humana, sino durante la vida de una civilización, lo importante es la longevidad de nuestra civilización. Lo que pasa es que esta civilización está troleada por los mismos que dicen defenderla. Pero, mientras tanto, los medios digitales crean una ilusión de libertad. Nunca tantos estuvieron tan equivocados.

Y en estas aparece Borja. No es que Vox se haya apuntado un tanto abrazando la causa del joven, es que los demás partidos se han prohibido hablar por su mala conciencia y porque quieren seguir moderaditos. Bueno, el joven defendió a una mujer asaltada por un ladrón –Pedro, un yonqui que ya contaba con antecedentes penales- que se encontraba en busca y captura, es decir, que el Estado falló– y que pateó repetidamente en la cabeza a la señora, una limpiadora del hotel Las Palmeras de Fuengirola, para arrebatarle el bolso, una causa muy noble. Borja fue condenado por el delito de homicidio por imprudencia grave. Y no solicita el indulto porque considera que su actuación fue correcta, aunque pide perdón a la familia por haber causado un mal que no quería. Eso sí, las hijas aceptan que se suspenda la pena si reciben el dinero, qué raro. ¿Con Pedro o con Borja?, esa es la cuestión, parece que con el débil, la mujer atracada, y con quien la defiende, no con quien le agrede, pero no se crean, la banalización del mal tiene también sus partidarios y se les advierte entre la maleza.

Pasa como con las dos madres detenidas en Málaga acusadas de maltratar a sus hijas de 8 y 11 años. Conmovedor el dibujo en el que una niña denunciaba la sangre y los moratones que le causaba su mamá, aunque más valdría llamar por otro nombre a la susodicha.

Pero de esto no hablamos en El Reservado, Rincón de la Victoria, sino del slow food frente al fast food. Sin embargo, se abre paso a empujones en la conversación el doctor Sánchez, incapaz de decirle la verdad ni a su médico, a propósito de la investidura. Ha conseguido algo muy importante, que perdamos el interés. Así conseguirá derrotarnos a todos. Bueno, menos a Bendodo, que ahora corrige a la consejera de Igualdad y afirma que en la Junta sí existe brecha salarial. Juan Ramón Jiménez escribió del final de todo:


¡Ese día, ese día
en que la muerte ¡negras olas! ya no me corteje
y yo sonría ya, sin fin, a todo,
porque sea tan poco, huesos míos,
lo que le haya dejado yo de mí!

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