31 de julio de 2019
31.07.2019
Las siete esquinas

Orwell y Unamuno

31.07.2019 | 05:00

En el último debate de investidura salieron a relucir los nombres de Unamuno y Orwell. Ya no recuerdo quién los citó, pero lo que está claro es que esos dos nombres de intelectuales que tuvieron un papel importante en nuestra guerra civil se usaron como argumentos de autoridad y como emblemas ideológicos. Orwell, por ejemplo, fue citado como el intelectual anticomunista que escribió su distopía anti-totalitaria «1984», en tanto que se citó a Unamuno como el valiente intelectual que se opuso al legionario Millán Astray en el rectorado de la Universidad de Salamanca con la famosa frase «Venceréis, pero no convenceréis». Resumiendo, Orwell el anticomunista, Unamuno el antifranquista.

Pues bien, Orwell escribió «1984» y Unamuno gritó «Venceréis, pero no convenceréis», aunque eso no los convierte al uno y al otro en representantes inequívocos del anticomunismo ni del antifranquismo. Las cosas no están tan claras, justamente porque los casos de Orwell y de Unamuno contradicen esa tosca visión binaria –la de las tertulias de la Sexta, por ejemplo- que lo reduce todo a un combate entre buenos y malos, rojos y negros, antifascistas contra anticomunistas. Pero justamente los casos de Orwell y Unamuno –y Simone Weil y Georges Bernanos y Manuel Chaves Nogales y Elena Fortún y Clara Campoamor y tantos otros intelectuales que vivieron y sufrieron nuestra guerra civil- demuestran que las ideas que albergamos no son inalterables y pueden –y deben- modificarse cuando entran en contacto con la cruda realidad de los hechos. Y el ser humano normal y corriente –a diferencia de los tertulianos de la Sexta- no viene fabricado con una ideología inalterable que va a durarle toda la vida (una vez adquirida), sino que cuenta con una mente que evoluciona y cambia de opinión a raíz del contacto con los fríos hechos de la experiencia real.

Vayamos a los hechos. George Orwell vino a España, en diciembre de 1936, para luchar contra los franquistas por puro espíritu antifascista. Por un simple azar, se unió a un batallón del POUM (Partit Obrer d'Unificació Marxista, un partido catalán más o menos trotskista), luchó en el frente de Aragón y fue herido en el cuello (una herida que estuvo a punto de costarle la vida). Todo eso lo contó en «Homenaje a Cataluña», que es uno de los grandes libros del siglo XX. Pero seis meses más tarde, en junio de 1937, Orwell tuvo que huir de Barcelona, perseguido por la policía política republicana –controlada por los comunistas-, ya que las autorices republicanas lo consideraban un enemigo del régimen y un agente infiltrado por el simple hecho de haber luchado en un batallón trotskista. Y durante los combates de mayo del 37 en Barcelona –entre trotskistas y anarquistas, por un lado, y fuerzas del gobierno republicano, por otro-, Orwell pudo comprobar con sus propios ojos cómo la prensa comunista le acusaba a él y a sus compañeros de batallón de ser agentes franquistas infiltrados y de actuar como espías y saboteadores. Orwell sabía que todo eso era mentira, pero cada día veía que la prensa internacional convertía esa mentira en una monstruosa verdad. Es decir, que Orwell llegó a España siendo un convencido antifascista, pero salió de aquí siendo no sólo antifascista –cosa que siguió siendo durante toda su vida-, sino un feroz anticomunista que no dejó de denunciar el totalitarismo soviético hasta el último día de su vida. Y el caso de Orwell demuestra que se puede –o se debe, añadiría yo- ser a la vez antifascista y anticomunista, porque no se puede aborrecer un poder autoritario al mismo tiempo que uno se arrodilla obedientemente ante otro.

Y vayamos al caso de Unamuno, un intelectual que pasó por todas las ideas y las desmenuzó y las volvió del revés y acabó desechándolas. Unamuno empezó siendo socialista, luego fue vasquista, luego fue castellanista, luego fue republicano y luego, con la llegada del Frente Popular en 1936, acabó aborreciendo a la República y proclamando su fe en el cristianismo y en la civilización occidental amenazada por el comunismo. En agosto de 1936, cuando se sublevaron los militares contrarios a la República, Unamuno se puso inmediatamente de su lado y escribió alabándolos y defendiendo su causa. Pero cuando Unamuno empezó a ver que las autoridades franquistas de Salamanca emprendían una feroz represión contra los líderes obreros y las personalidades republicanas –entre ellas, su amigo el pastor protestante Atilano Coco-, Unamuno se horrorizó y empezó a pensar que se había equivocado. Fue entonces cuando gritó el famoso «Venceréis, pero no convenceréis». Unamuno murió poco después, en diciembre de 1936, y no sabemos qué habría dicho de la terrible represión franquista de la posguerra. Pero nadie puede decir que Unamuno fuera «antifranquista», porque fue las dos cosas, franquista y antifranquista, y aprobó algunas cosas de los franquistas y desaprobó otras, de la misma manera que Orwell –que fue un verdadero antifascista durante toda su vida y creyó siempre en el socialismo democrático- luchó contra los franquistas y al mismo tiempo tuvo que huir de España perseguido por los comunistas (lo que en cierta forma explica el silencio con que lo ha tratado nuestra izquierda «oficial», salvo los anarquistas y trotskistas). Eso justamente es lo que hace de Orwell y de Unamuno unos personajes tan incómodos y tan difíciles de manipular. Los dos cambiaron de opinión a raíz de lo que vieron y conocieron. Justo lo que no hace ahora nadie en nuestro mundo de ofendiditos y tertulianos.

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