08 de agosto de 2019
08.08.2019
Perdidos y encontrados

Feria... de Málaga

08.08.2019 | 05:00

Ahora les llaman viajeros. En parte, porque son conscientes de que los ciudadanos que viven todo el año en la ciudad turística han entendido que el turista no siempre merece una sonrisa. Por eso los turoperadores ya no venden destinos como antes, se venden «experiencias». Y la ciudad que es capaz de atraer viajeros, hacer que se sientan al menos un poco inmersos en la vida de ese lugar en el mundo durante su estancia, y que se lleven puestos a su vuelta esos recuerdos como una experiencia inolvidable y, sobre todo, distinta a la suya habitual, una experiencia de vida que merecerían vivir sus seres queridos, ésa será la ciudad que sostenga su economía turística, la ciudad que no se agredirá a sí misma beneficiando sólo a una parte, perjudicando a otra y degradando el todo; la que no se ponga a disposición del depredador foráneo para que éste la cosifique y use como un barato pañuelo de papel, la ensucie y luego la tire y hable de ella como otro lugar «genial» donde mearse a las cinco de la mañana en las paredes tras días de juerga semidesnudos o vestidos como gilipollas, haciéndolos coincidir con una despedida de soltero o soltera.

Cotiza al alza la diferencia, la idiosincrasia de quienes aún la mantengan, el valor de la diferencia, el sabor de lo bien conservado, de lo tradicional (no hablo de las salvajadas ni de las copias catetas calificadas de tradición, sólo de lo que cultural y antropológicamente caracteriza y atesora calidad antigua y real). Tras salir del Museo Van Gogh -todavía lloro cuando miro los lienzos de la habitación del loco del pelo rojo, es lo que hay-, la última vez que fui a Ámsterdam, caminé por las calles aledañas a Vondel Park mirando hacia arriba, ya sólo las fachadas que todavía recuerdan a algún paisaje urbano holandés reproducido sobre los paragüas que venden en la tienda del museo, porque mirar de frente es encontrarse casi con las mismas franquicias comerciales de cualquier otra ciudad turística europea y norteamericana. Y eso no es tener la sensación de viajar ni la sensación de deja vu es ninguna experiencia diferente. En las ciudades turísticas debe haber restaurantes, a ser posibles algunos de comida local, y comercios, algunos siguiendo la antigua traza urbana del casco histórico e incluso con productos del lugar. Pero lo que no deben ser las ciudades turísticas es un gigantesco restaurante ni una galería comercial.

Nuestro tiempo ha perdido la vergüenza en la obtención legítima del beneficio. Es como cuando vamos al cine. Has pagado una entrada para ver la película, pero la mayoría de las veces, te tienes que tragar los anuncios que el cine ha contratado para obtener más beneficio a tu costa. Los antiguos trailers tenían sabor y anticipaban nuevas emociones antes del pase. Ahora los anuncios alargan la función de manera poco tolerable cuando el tiempo es oro, le quita la magia a la gran pantalla y por momentos te hace sentir que estás viendo una tele grande, que ya las hay.

Queda poco para la Feria en Málaga. Y dicho lo anterior, quizá ocurra una vez más que sea la Feria de Málaga cada vez menos.

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