14 de agosto de 2019
14.08.2019
Pasando la cadena

Napoleoncito Bartomeu

14.08.2019 | 05:00

Debe ser que los sitiales de los grandes enloquecen a sus inquilinos. El del Barça ha continuado la escapada hacia adelante que inició cuando la tocata y fuga de su niña bonita y la de Rosell, Neymar, hace dos años. Y, además, corre con más descaro que vergüenza como demuestra el vodevil de Griezmann y la ópera bufa del carioca.

Hace poco compartí mesa y larga conversación con tres mitos culés: Asensi, Rexach y Marcial, y coincidieron en que el Barcelona no debería fichar ni al francés ni el brasileño por dignidad. Respecto al díscolo brasileiro, por su huida a traición con querellas por medio, y referente al gabacho por la chufla del pasado año. Pero ninguna de esas ignominias parecen desarbolar la megalomanía del presidente, ahora ya también vicepresidente deportivo; reiterado hombre orquesta empeñado en dejar rastro napoleónico cuando deje el cargo, tal cual su homónimo blanco; la egolatría también es contagiosa.

Otro culé ilustre como Minguella desgranaba razones por las que tampoco veía ni a Giezmann ni a Neymar de blaugranas. Coincidía con los exfutbolistas en la cuestión ética, y añadía en lo futbolístico que si arriba se juntaban con Messi y Suárez, porque si los fichan es para jugar, quién ayudaría a Busquets y a De Jong –gran fichaje–, que serán fijos en el esquema de Valverde, a sostener el medio campo barcelonista. Y eso sin contar con Dembélé ni Coutinho, todavía jugadores del Barça y que costaron lo indecible hace dos años para tapar el hueco del brasileño. Un desbarajuste deportivo porque más que entrenador, Bartomeu necesitará un domador de fieras en el vestuario. Un despilfarro económico difícil de barajar y justificar, salvo que el mandamás culé estuviera previendo el retiro de Messi. Pero no es así. Está malgastando el dinero ajeno a mayor gloria personal, como en el baloncesto, y no en ese futuro cierto.

El Barça sigue rumiando su Waterloo europeo en Liverpool, que reabrió las heridas de Roma. El propio discurso de Messi antes del Gamper lo demuestra, empecinado en repetir brindis al sol. Y en sus sueños húmedos, como ansiolítico y botafumeiro ególatra, Bartomeu pensará que llegó a presidir la institución deportiva más importante de Cataluña –para sus adentros reconocerá que por accidente, con los ojos haciéndole pompitas–, y que vista la ruina europea debe labrarse un pedestal a la altura de Kubala y Cruyff, cueste lo que cueste.

Al desahogado Laporta, el mejor presidente culé en lo deportivo pese a su insufrible ramplonería, le sucedió el exculpado Rosell, pagano de platos rotos propios y ajenos, y a este desgraciado gerifalte le sustituyó el grisáceo Bartomeu, una mezcla de probo segundón, infiel colega y avispado botiguero de escrúpulos justitos. Un aspirante a emperador catalanoide que dejará al Barça en los 'cuernesicos pelaos', que diría mi amigo Domingo, restaurador del Miramar de Cabo Palos.

En lo puramente futbolístico, Griezmann es un magnífico fichaje por calidad, rapidez, juego y goles, pero se adivinan problemas porque no es del agrado del capo Messi, entregado a la causa del bufón Neymar porque aceptó su jerarquía sin rechistar. Ahora veríamos. El problema del presidente culé sería poner al argentino en su sitio, que es en el campo, pero para eso hacen falta más agallas que derroches. Y lo tendría fácil, aprovechando que le quedan cuatro siestas por estatutos, ya que no puede enarbolar más entorchados que los últimos años buenos del argentino para ganar Ligas, que no Champions. Ahí debería estar su fuerza, emulando cuando llegara el momento, eso sí, al mejor presidente merengue de la historia, Bernabéu, quien retiró a Di Stéfano cuando ya no era el mismo en Europa, ofreciéndole el club como su casa.

Si entre Pérez y Bernabéu elige al primero –al de aquella su primera etapa que acabó en Mallorca– transluce que no da para más. Una pena, porque en lugar de celebrar a lo grande sus ocho ligas de once, como debiera, huye hacia la zanahoria de la próxima Champions, que tiene cada vez más lejos porque Messi solo hay uno y cada día juega más andando.

Última hora blanca

Me apuntan que Zidane, encabritado por lo de Pogbá, medita desertar. Y que Pérez, taimado previsor, tiene un acuerdo en la sombra con quien todos adivinan. Mientras, baraja lo de Neymar como golpe espectacular por mucha bomba que fuera en el vestuario, aunque intentará lo de Van de Beek y, o, Eriksen, para contentar «al Moro» mientras dure. Demasiado peligro en lontananza.

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