19 de agosto de 2019
19.08.2019
De buena tinta

Exhibicionismo de Feria

19.08.2019 | 05:00
Calle Larios esta Feria

Uno es, entre otras muchas cosas, cuanto custodia en la caja de su privacidad. Lo reservado, lo que uno guarda para sí o para su entorno, ya sea por pudor, por convención social, o por salvaguarda de tu propia intimidad, no deja de ser un tesoro que ensalza el espíritu y nos define como personas. Si volcamos ambas cajas, la de lo público y la de lo privado, aparecemos nosotros. Ambas cajas son absolutamente necesarias. La primera, para socializarnos. La segunda, para respetarnos. Hay cosas que, por sí mismas, nacen condicionadas a ser protegidas por la intimidad. El que yo permita la liberación de mis propios gases digestivos a través del orificio natural de su tránsito, ya sea por diversión, por curiosidad sonora o por desahogo intestinal, no me convierte en un guarro si lo hago, por ejemplo, en mi cuarto de baño, a puerta cerrada, o en mitad del campo, oteando el infinito y la majestuosidad del firmamento. Más bien todo lo contrario ya que, al salvaguardar para mi propio recato aquello que, de exhibirse en público, pudiera llegar a definirme como un puerco ante los ojos de ciudadanía, lo único que estoy haciendo es quererme a mí mismo y diferenciarme, a conciencia y no sólo en esencia, de lo que haría una cabra, un perro o una liebre. Y que sí, que luego saldrán los defensores a ultranza e in extremis de la naturalidad, pero que no. Que lo natural no siempre va unido a lo cívico. Por eso mismo no nos paseamos tal y como la Gracia de Dios tuvo a bien traernos al mundo por mitad de la calle Larios mientras observamos, en marcha de un-dos, el balanceo de nuestras bolsas escrotales, ni orinamos allí donde nos brota la necesidad, ni plantamos las mayores allá donde acontecen las ganas de soltar lastre. Todas esas necesidades son naturales, pero es la contención de las mismas y su redirección hacia un lugar, recinto o momento concreto lo que nos convierte en personas, lo que nos permite dar el salto de lo animal a lo cívico. Ni que decir tiene que sobre estos límites tiene gran impronta la educación y la empatía, que no siempre vienen ligadas a los estudios académicos y, por supuesto, el sentido común. Hay acontecimientos sociales que, revestidos de festividad, impulso para el turismo, revitalización de la economía, costumbrismo y tradición tienen como efecto secundario, le pese a quien le pese, la bajada de ese listón que modula lo indecente, lo chabacano, lo ordinario y, a veces, también lo delictivo. Léase la feria, por ejemplo. De las bondades del evento, ya si eso, les comento en otra columna pero, para seguir la línea de coherencia que me he marcado desde el principio, hoy toca hablar de su lado oscuro. Si yo dijera que en jornadas festivas de feria y análogas hay que andar ojo avizor frente a la comisión de potenciales delitos relacionados con la libertad sexual habría, sin duda, quien me tacharía de alarmista. Pero son las instituciones, no yo, las que se adelantan a la jarana con cartelería referente a campañas contra la violencia sexual y las relaciones sexuales seguras. Por algo será. En la feria es cuando el alcalde ruega, un poquito de por favor, que los descamisados dejen de dar uso a tan ordinaria nomenclatura. En la feria, además, los que mantienen a la altura del betún el listón de su intimidad se les da una higa exhibir en público los efectos de su intoxicación etílica. El problema no se reduce a beber o no en la calle. Don Draper bebía en público y tenía un estilazo. El problema es la cogorza pública, pasear por las calles sin miedo ni vergüenza a que la gente te esquive porque no saben si te vas a caer encima de ellos o si les vas a vomitar. El problema es cantar de madrugada, orinar entre dos coches o en cualquier esquina sin miedo ni vergüenza a exhibir la minga o el mingo y, en definitiva, degradarse. Y es que no hay nada más triste que rebajarse a golpe de impulso y apetencia. Sin contención. Como si fuéramos una cabra, un perro o una liebre. Con perdón, por supuesto, de las cabras, los perros y las liebres.

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