23 de agosto de 2019
23.08.2019
Tribuna

Después de Lampedusa

La terrible paradoja es que media población no tiene a dónde ir porque a la otra media el mundo se le quedó pequeño

23.08.2019 | 05:00

Lampedusa ocupa cuatro veces menos superficie que Formentera y poco sabríamos de su existencia si no fuera porque de vez en cuando se convierte en protagonista involuntaria de la tragedia. Hace seis años más de doscientas personas murieron frente a su costa y otras tantas desaparecieron en el mar al incendiarse una de tantas barcazas que llegan clandestinamente desde la costa africana. La tripulación, desesperada, decidió prender una hoguera en el puente de mando para alertar de que se hundían, después de que varios pesqueros que faenaban por los alrededores ignoraran su llamada de auxilio y siguieran su camino sin detenerse. La historia finalizó con una inmolación involuntaria convertida en un grito de atención. En tiempos de Berlusconi, Italia criminalizó la inmigración y promulgó leyes que obligaban a los funcionarios a hacer de chivatos y que amenazaban a los pescadores con ser procesados si socorrían a cualquier náufrago que no exhibiera pasaporte. La ley no escrita del mar dice que si alguien está a punto de ahogarse, hay que parar motores y rescatarlo, recuerda estos días el alcalde de Lampedusa. La isla es como una mota de polvo microscópica comparada con Groenlandia; sería un debut más asequible para cualquier especulador del territorio con ganas de invertir, pero nadie ha pujado por ella todavía y ni siquiera consta que figure como lugar de escala en la gira preelectoral y de hostigamiento a sus superiores que ha perpetrado este verano el ministro Salvini. A los que habitan un lugar o aspiran a traspasar su frontera les convendría entender que en realidad la tierra no es de quien la habita sino del que la posee, como bien sabemos por aquí, así que la acogida en el puerto de Mallorca de los abandonados del Open Arms no podía trascender la categoría de deseo universal.

Esta vez el conflicto se cierra sin bajas humanas, aunque si uno o incluso todos los asilados de la ONG española hubieran sucumbido a las casi tres semanas de absurdo hacinamiento posiblemente el mundo habría reaccionado con la misma consternación de quita y pon que cuando el niño Aylan apareció ahogado sobre la arena de una de las playas turcas de Instagram y nos prometimos que no volvería pasar. La muerte solo constata que la vida es frágil sin excepción, por mucho que siempre parezca más natural en otros que en uno mismo. Ninguna de las rutas que cruza de sur a norte el Mediterráneo es segura y lo sabemos; el año pasado perecieron más de dos mil personas como si fueran dos mil hormigas. Con estas cifras en el dietario lo lógico es que la extrema derecha no tenga más discurso que el de acusar a los voluntarios de ejercer la «impostura pseudohumanitaria». Su resiliencia verbal es pobre y se entiende que carezcan de otro recurso que el de desprestigiar al contrario para crear distracción sobre su propia inacción institucional. La fiscalía investiga un posible delito por parte del gobierno italiano, que negó un desembarco autorizado por los tribunales y que tarde o temprano se habría acabado produciendo de todas formas, porque la situación de los navegantes a la deriva había dejado de ser anónima, así que no nos dejemos engatusar por los tecnicismos. Su dilación no hace sino reducir el conflicto internacional a un pulso entre dos países, Italia y España, que comparten una situación de crisis política interna, sendos ejecutivos en funciones y un horizonte de posibles comicios, qué casualidad.

Al margen de la circunstancia concreta, y del resto de esperas menos mediáticas para desembarcar en Lampedusa –la de los migrantes a bordo del buque de Médicos sin Fronteras, por ejemplo–, la realidad constata que las leyes no han logrado detener el flujo de nómadas en busca de refugio o de oportunidades en la prometedora Europa, como lo demuestra la saturación de los centros de internamiento de extranjeros. Antes que pasarme la vida trapicheando migajas, en medio del fuego cruzado de las guerras religiosas o tribales y frente a la perspectiva de parir criaturas para alimentar la hambruna, el abuso o la prostitución, yo también intentaría sobrevivir a toda costa en cualquier otra parte. La terrible paradoja de este planeta es que media población no tiene a dónde ir porque a la otra media el mundo se le quedó pequeño o le parece un campo de minas y lo único que se le ocurre frente al miedo y la codicia es crear cordones sanitarios. Planificamos nuestro futuro demográfico en función de lo que necesitamos producir, porque la tierra, el territorio, es un mercado y no un derecho. Hay que reflexionar sobre si es más delictivo picar el cebo de las mafias que abandonan a seres humanos en medio del mar que confundirse con el paisaje cada vez que alguna organización de derechos humanos denuncia cómo la riqueza natural de África es explotada sistemáticamente por multinacionales que tributan cero dólares a estos países, mientras la mayoría de los africanos se las apañan con menos de tres euros al día. Las pateras y los botes que pululan por los tres o cuatro corredores marítimos de las migraciones mediterráneas son pequeñas sociedades, con sus hombres, mujeres y niños transportándose de la muerte probable a una vida imaginada y son rutas consolidadas desde hace años, sin que se haya movido un dedo porque esas migraciones sean prescindibles. La causa de estas personas ya no es solo económica; debemos centrarnos de una vez en entender que forman parte de la misma coyuntura política que nos une a todos y en la que, dicho a lo lampedusiano, cambiarlo todo para que todo siga como está es el mayor de los engaños al que nos podemos enfrentar.

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