29 de agosto de 2019
29.08.2019
El Palique

Desnudo en agosto

Más que la idea de cuándo vamos a palmar nos obsesiona la idea de cuándo iremos al Palmar, que es una gozada de playa

29.08.2019 | 05:00
Desnudo en agosto

Agosto es el infierno de los solitarios. Se acaba. Cae fuego en agosto, el domingo del año. En agosto florece el género de los relatos breves, que los periódicos publican con profusión y por entregas. No sé muy bien qué es profusión, pero van pasando los años y no meto el tal palabro en ninguna conversación ni columna y ya va siendo hora. Profusión.

En agosto la siesta se impone casi por decreto, yo prefiero la de antes de comer. Los días se van acortando y los más afortunados aguardan septiembre como mes de lujo para vacacionar: menos calor, mejores precios, menos muchedumbres. Me pregunto cuántos cruasanes se habrán consumido hoy, jornada agosteña, en tantos y tantos bufés libres de desayuno en los hoteles, que están a tope. Siempre me ha hecho gracia lo de bufé libre, no sé cómo serán los bufés en cautividad.

Me pregunto también por qué me pregunto semejantes absurdeces. La vida es curiosidad. Es curiosa la vida. Cuando dejas de hacerte preguntas estás muerto. Pero no lo sabes porque estás muerto. Quizás la verdadera pregunta, más para una tarde fría de febrero que para el alegre, playero y cervecil agosto, sea esa, cuándo vamos a palmar, si bien para no ponernos tristes o cenizos mejor diremos cuándo vamos a ir al Palmar, que está en Cádiz, es una gozada y son 8 kilómetros de playa donde yo una vez me bañé desnudo. Esta desnudez del columnista tal vez no le interese a usted, pero le tiene uno leído a González Ruano que la desnudez del columnista es lo que funciona de cara al lector. O sea, no es que haya que ponerle nuestras partes en la cara al lector, no, ustedes ya me entienden. Quiero decir que es la confesión, lo personal, lo que puede hacer funcionar a veces mejor a un texto. Que ya tiene bemoles poner el verbo funcionar para enjuiciar o hablar de un texto. Pero aquí queremos hablar de agosto, que se va como se va una prima a Móstoles después de haber pasado con nosotros cuatro semanas. Nos habíamos acostumbrado a ella, a su ritmo, su cadencia y decadencia y ahora tenemos que volver a encontrarnos con nosotros mismos. Y ella con Móstoles.

-Oiga, será usted, yo he estado trabajando todo agosto.

En agosto salieron de Palos las carabelas de Colón, cayó la atómica sobre Hiroshima y se trenzan amores de verbena y feria. Se reencuentran parientes en viejos y abandonados villorrios, que resucitan unas semanas. Políticos zangolotinos tratan de convencernos de que sus vacaciones serán breves, cuando lo propio sería que lo breve fuera su mandato. Agosto es un Rodríguez planchando una camisa torpemente para irse de farra esta noche, un ruido de aire acondicionado que pareciera una chicharra. Una ducha al anochecer. Y estrellas en el cielo. Con profusión.

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