08 de septiembre de 2019
08.09.2019
Notas de domingo

Atardeceres, japoneses y la Virgen de Guadalupe

08.09.2019 | 05:00

Tengo delante notas de viaje. Viajes de este verano. Gran Canaria y Cádiz en junio; una road movie por la baja Castilla, Extremadura y Córdoba en julio y finalmente dos semanas en Plentzia (Vizcaya) a comienzos de agosto. El empeño es ordenarlas. Las notas. Si no tomara notas no tendría luego la necesidad de escribir. Si es que la tengo. A lo mejor la necesidad es tomar notas. Sin más. Las notas están ahí, no se van a ir. En el teléfono. A mi disposición para cuando quiera. Tomar notas sobre un atardecer solo puede querer decir que uno quiere detener ese tiempo, ese instante, ese atardecer. O que uno es imbécil, pudiendo disfrutar el atardecer se pone a escribir notas. Y luego criticamos a los instagramers. Se «escriben notas» aunque prefiramos decir que «se toman notas». En el parador de Oropesa, con la inmensidad enfrente y la sierra de Gredos al fondo vemos desde el comedor, una vez elegido el vino, como el sol se desangra. He visto muchas veces al sol desangrarse, pero nunca como esta.

Un grupo de japoneses hace fotos a esa puesta de sol. Meter a japoneses en esta escena puede restarle romanticismo o autenticidad, pero no son muchos japoneses ni son ruidosos ni parece que fotografíen el fin de la tarde para luego copiarla. El espectáculo es colosal y conmovedor. Anochece en la Castilla eterna llovida de fuego estos días. Un fuego que hemos combatido en la piscina. El resto de huéspedes con los que nos topamos, salvo los japoneses, claro, son españoles de mediana edad y buenos coches. A la mañana siguiente visitamos el castillo. Jugueteamos por entre sus estancias. Imagino vidas y batallas. Medievos, celos, traiciones, estancias frías, muros de piedra que tanto habrán visto. Traiciones y amores. El señor de Oropesa debió ser todo un carácter. Tras bajar una imponente escalera cambia uno de siglo. Allí está el automóvil (no tan nuevo como el de los otros huéspedes) el aire acondicionado y la petición de mi hijo: deberíamos ir a otro Parador. Será el de Guadalupe. «El revuelto con costrones de pan se lo hacemos al momento», dice en su carta de desayunos. Lo pongo en Twitter junto a la foto de la portada de la carta de desayunos. Moderado éxito, pero interesante complicidad en forma de «me gusta» de un admirado, consagrado y gastrónomo escritor. La incomodidad interior viene de la pregunta: ¿me satisface más la puesta de sol o el «me gusta» del consagrado?

Visitamos el monasterio de Guadalupe y almorzamos en su claustro. No por ese orden. Un diario, un artículo, unas notas de viaje, alteran la realidad y no sé si alterarla es legítimo. Sería más honesto describir los hechos por su orden real. Pero entonces sería periodismo y no literatura. Queda mejor en el texto ver primero el monasterio y luego almorzar en el claustro. Claustro que no es propiamente del monasterio (tiene otro) y sí de su hospedería, regentada por los franciscanos. Pero en realidad a la llegada a Guadalupe el calor quita las ganas de vivir y nos refugiamos en el claustro a beber y comer y captar frescor. En una mesa cercana, un sacerdote almuerza con tres jóvenes. Uno de ellos brinda: «Viva la Virgen de Guadalupe». Viva.

Ya revividos, agua, cerveza, gazpacho, carne, café, agua, agua, con la canícula vencida, disfrutamos del casco viejo y tras una plácida noche será de buena mañana cuando visitemos el monasterio. Y el camarín de la Virgen, que nos lo explica un monje simpático que nos informa de que tiene nombre de arcángel. Nadie le pregunta si se llama Rafael, Miguel o Gabriel. Nos muestra obras de Pedro de Mena, Picasso, Zurbarán, etc.

La tienda de souvenir está algo ajada. Todo tiene un aire como de otra España, de otro momento. O a lo mejor soy yo, que estoy muy moderno.

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