15 de septiembre de 2019
15.09.2019
Tribuna

La era del sucedáneo

15.09.2019 | 05:00
«Entras en Mapas y Cía. y, como a través del espejo, penetras en un mundo mágico».

Entras en Mapas y Cía. y , como a través del espejo, o como los niños que se introducen en Narnia por la puerta de un viejo armario, penetras en un mundo mágico, en un lugar en el que es posible una carretera de ladrillos amarillos, o un hombre de hojalata, en el que sobrevuelan tu cabeza el dirigible Hindenburg y el Spirit of St Louis y los Montgolfier cuelgan sobre tu cabeza y pasas entre montañas de libros de viajes, rozando con tu cuerpo globos terráqueos, que giran con tu paso y que constituían un objeto de mis sueños infantiles, hasta que el año pasado me compré uno que hizo realidad mi sueño y en el que puedo situar Samarcanda, en la ruta de la seda, con sus grandes mezquitas de inmensas portadas azules y a la que tanto me gustaría ir antes de morir. Las estanterías son de madera, huele a libro recién llegado de la imprenta, calentito como el pan recién salido del horno, todo es auténtico, genuino, verdad, no hay engaño, ni sucedáneo, solo bellísimas encuadernaciones y libros de cuentos infantiles, que cuando abres sus páginas, surge de entre ellas una bellísima flor roja. El estrés de lo no leído es angustioso, porque sabes que ya no tienes tiempo. Pero la inteligencia flota en el aire cuando Cuqui te cuenta que sugiere a sus hijas que envíen postales en los viajes. Y los ojos de Cristina se iluminan y surge su risa franca y contagiosa ante el espectáculo de tanta sencilla belleza.

Y sales de allí y vas a tomarte un vermut rojo, de verdad, con soda y una rodaja de naranja en El Almacén del Indiano y Mané te pone unos chicharrones como tapa, servidos en papel encerado y sabes que la listeria no ha pasado por allí, ni se le espera. Y también todo es madera, el más noble de los materiales de que el hombre puede rodearse y hay preciosas latas y tarros de cristal de exquisiteces escogidas, cuyos precios están marcados a lápiz, en papel reciclado, o cartón y atados a la frasca con una guita.

En el fondo todo esto no es sino un problema entre verdad y mentira, entre autenticidad y sucedáneo, entre artesanía e industria. Ya sé que la industria interviene en todo esto, pero algunas personas preferimos vivir entre este tipo de objetos y en ambientes así y con personas así. Dice Ian McEwan que los robots serán iguales a nosotros los humanos, cuando algún algoritmo les enseñe a mentir. Es bastante posible, e incluso es posible que algún replicante muera con la grandeza y la dignidad con que lo hace en Blade Runner, pero espero no verlo, porque no estoy seguro de que sea tan hermoso.

Vivimos desgraciadamente en un mundo de sucedáneos. Desde el siglo XIX, en que el gran William Morris así lo denominó, sin saber que lo que entonces era sucedáneo, hoy puede ser casi tradición. A este punto hemos llegado. Hoy en día, una inmensa mayoría de objetos, utensilios, materiales de construcción, instrumentos de la vida cotidiana y, si me apuran, hasta sentimientos son meramente sucedáneos. La mantequilla y el café auténticos son alimentos realmente maravillosos y excepcionales, aunque sean de uso diario y universal. En los años de la posguerra se tomaba malta y cuando yo era niño llegó a España un sucedáneo de café, cuyo nombre omito, porque hay mucha gente a la que les encanta, pero que se anuncia tal cual, sin trampa alguna, como sucedáneo. Plásticos, escayola, purpurina, alimentos precocinados, neo bizantinismos imposibles de empeorar, remedos de antiguos planos, todo es banal, falso, de cartón piedra como se decía antes. Un mundo Matrix en el que hasta el sexo es banal, porque lo único que importa es el aquí y ahora. Un mundo desnortado en el que se ha perdido el sentido de la belleza y hasta de la orientación.

Tomemos como ejemplo el mundo de la arquitectura. Con los años he descubierto que quizás mi verdadera vocación era esa, uno nunca sabe y casi todo es confusión, como en un laberinto de Piranesi, lleno de escaleras que no conducen a ninguna parte. Creo que si un arquitecto, a la hora de diseñar los planos de un edificio, no se pone en el lugar de un artesano, o de un maestro cantero del siglo XIII, primará el beneficio sobre la calidad y la excelencia, pero él mismo se convertirá en un patético constructor de edificios indignos e infames. Y no digamos en el tema de la restauración de edificios históricos. Aquí sí que hay que huir del sucedáneo como de la peste. Una restauración de un edificio histórico, artístico, o monumental no puede ser armónica, si la belleza del edificio una vez restaurado es complementada con un espantoso mobiliario, fruto de una mente obtusa, o ignorante, de alguien que se autodenomina decorador. Y, aunque el edificio en cuestión sea de propiedad privada, esto no es admisible en forma alguna, porque forma parte del patrimonio monumental de la ciudad. Y eso es de todos, de la colectividad, de la ciudadanía, que a su vez está obligada a respetarlo íntegramente, sin excepciones de ningún tipo y, mucho menos, en nombre de un pretendido arte grafitero, que hay que erradicar de la forma que sea, o mercantil, como ha ocurrido recientemente en Málaga con el «misterio» Invader. Basta ya de sucedáneo.

Un objeto, el que sea, para cumplir su función con dignidad, tiene que ser útil, pero también poseer un diseño agradable, bonito, aunque esta sea una palabra cursi, en mi opinión. Hay que volver a la artesanía, a lo pequeño, a la dimensión humana, al hombre como ejemplo, modelo y medida de todas las cosas. Y ya, hoy en día, hay un regreso a todo ello, que podemos observar claramente entre la gente más joven, en zonas de nuestra ciudad, que hasta hace poco eran lugares degradados, insalubres, pestilentes, e incluso peligrosos. Estoy hablando del precioso laberinto de calles que entre la iglesia de los Mártires y Carretería, forman un entramado de pequeños comercios, tiendas, bares, heladerías, anticuarios, baños árabes, que tienen en común su adaptación a una vida serena y humana. Se pueden hacer compatibles el progreso y la belleza. No estoy sosteniendo, ni mucho menos, un pensamiento reaccionario. El que así lo piense, en aras de un pretendido progreso, debería ir a Salamanca, como antes se decía. A estudiar. Quod natura non dat, Salamanca non praestat. Cualquier avance técnico es perfectamente compatible con el sentido y la sensibilidad del roce de una mano sobre un papel de un gramaje y textura únicos. No hay ningún tipo de contradicción. Es más, han de ser compatibles, porque si un pretendido avance tecnológico, industrial, artístico, arquitectónico, de diseño, o del tipo que sea, no es compatible con la artesanía y las artes aplicadas, no es avance, sino retroceso. El poso de los siglos está ahí, para ser respetado, porque somos producto y consecuencia de él.

Esta próxima Navidad volveré al papel en las felicitaciones. Consciente y deliberadamente. Con premeditación. Creo que hay que volver al papel y pienso que eso está sucediendo afortunadamente. Y volveré a guardarla, si recibo alguna felicitación de este tipo. El papel es lo que permite que haya existido el género literario epistolar. De otra forma no existirían muchas de las grandes obras de la literatura universal, desde San Pablo, a Samuel Johnson, y ni siquiera las pequeñas y humildes como 84 Charing Cross Road, o El pastel de piel de patata en la isla de Guernesey. Por más que uno quiera los correos electrónicos se borran.

Intentaré, en lo que pueda, apartar de mi vida el plástico y las tiendas chinas. Los chinos, que han sido los inventores de muchas de las más altas realizaciones del ser humano, incluyendo algo tan hermoso como la belleza efímera de los fuegos artificiales, son hoy los mayores constructores de sucedáneos de pésima calidad y fealdad inherente. Esto es realmente triste y empobrecedor del planeta, de la atmósfera y del hombre. Pero siempre habrá esperanza, mientras existan jóvenes poetas, capaces de abandonar su ciudad y un trabajo bien remunerado por seguir al amor. Suerte, querido héroe.

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