19 de septiembre de 2019
19.09.2019
La Opinión de Málaga
Perdidos y encontrados

Investir es duro

Creo que Sánchez cree que escenificando su desprendimiento de rutina nacionalista le robará votos también a Rivera y a Casado

19.09.2019 | 05:00

Y no dura. Investir no dura. Son tiempos de política fractura y de factura política. Sánchez culpa a todos por dejar de funcionar en funciones en sus gubernamentales funciones. Todos, sin embargo, culpan a Sánchez de no haberlo querido evitar y dejar así de funcionar, en función de funcionar más y mejor como presidente, ya no en funciones, tras el 10 de noviembre, CIS de Tezanos y otros sondeos mediante. Se verá€

Somos injustos con los demás cuando no nos ponemos en sus pellejos. Si me invisto en Pedro Sánchez creo que él cree que bailar con Iglesias la música del estado es mucho más difícil que bailar agarrado la sintonía del telediario. También que cree que pactar con Rivera es perder el electorado que él quiere robarle a Iglesias el 10 de noviembre. Y que hacerlo con el PP es perder el del PSOE. Además, creo que Sánchez cree, como se ha podido comprobar en la dura respuesta que le dio ayer a Rufián en la Sesión de Control al Gobierno (la más furiosamente electoral que recuerdo) que escenificando su desprendimiento de rutina nacionalista le robará votos también a Rivera y a Casado, todo por la patria.

En la piel de Casado resulta fácil comprender que tras su furibundo giro a la derecha, luego corregido de manera aparatosa por riesgo de derrape y escasa ventaja sobre Vox, no se plantease pactar, como hombre de Estado, con Sánchez, que es quien le dio la patada a Rajoy en el Congreso con los votos independentistas y el socio preferente del demonio rojo podemita para algunos de los suyos, y salir indemne ante su bancada de semejante paso adelante, sin haber consolidado aún, más que por los pelos de la Comunidad de Madrid, su joven liderazgo. Así que, en el fondo, Sánchez y Casado se llevan bien en la necesidad de su escenificada diferencia. El No es No le ha servido a ambos en momentos distintos.

Ponerse en Rivera y tomar la decisión adecuada tampoco parece fácil. Primero creció por el centro, arriesgando por un camino quizá felizmente contaminado de socialdemocracia y liberalismo social, mejunje atractivo pero poco dado al dale caña que tanto gusta y se estila en estos parajes con tendencia a la radicalización de las españas. Si uno se ve crecido, ya lo que quiere uno es conducir solo y que los demás, como mucho, se sienten detrás. Pero por ahí los votantes, los grandes culpables de verdad de todo esto, no terminaban de poner en sus manos las llaves del carro de Manolo Escobar, en el que seguimos montados, aunque avancemos siguiendo la voz del navegador del móvil de última generación que llevamos en el bolsillo. En su empeño por ser cabeza y de león, Rivera corre el riesgo de acelerar como Pedro o como Pablo (Picapiedra), impulsando el coche con los pies por debajo del chasis. Haber pactado con Sánchez le habría condenado ya a ser el llamado a pactar, nunca el que llame.

Y en la piel de Pablo (Iglesias) ya sólo se puede poner Iglesias (Pablo, no Julio).

Luego, a la hora de la verdad, no resulta tan difícil comprender por qué los cuatro, junto al corifeo nacionalista y/o minoritario, nos llevan de nuevo a las urnas. Han hecho, al fin y al cabo, lo mejor por sí mismos. Visto así, hasta resulta comprensible que no hayan hecho nada, nada, por nosotros.

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