19 de septiembre de 2019
19.09.2019
La Opinión de Málaga
Memorias en blanco y negro

El 'Maracanazo', la hazaña más grande de todos los tiempos

19.09.2019 | 05:00
La Uruguay del 50, protagonista del 'Maracanazo'.

En tiempos en los que el fútbol aún conservaba toda su esencia sucedió algo tan maravilloso como inesperado. El mundo aún se veía en blanco y negro, los partidos se oían por el transistor donde la emoción embriagaba al oyente de una manera especial hasta el punto de poder dibujar imaginariamente las más bellas jugadas posibles a su pleno antojo, algo realmente mágico.

Alguna remota imagen que aún conservan los más viejos del lugar sirve para dar crédito a la leyenda de aquel memorable acto de Fe llevado a cabo por un grupo de muchachos que representaban a un país pequeño de apenas tres millones de habitantes como era Uruguay, frente a todo un coloso como Brasil.

Fue un 16 de julio de 1950 en Maracaná, el templo del futbol mundial que acogería el partido más importante de su historia albergando una cifra de espectadores que aun a día de hoy jamás se ha vuelto a alcanzar ¡200.000!, entre los cuales apenas unas decenas de uruguayos. Además, su selección invicta, contaba sus partidos por goleada por lo que nunca antes había existido un favorito tan evidente para el triunfo final.

Juan López Fontana, seleccionador charrúa, había pedido a todos sus jugadores que evitasen una derrota humillante, por lo que todos agacharon la cabeza salvo 3 de ellos: Juan Alberto Schiaffino, Alcides Edgardo Ghiggia y Obdulio Varela el gran capitán, quien esperó a que «Juancito» –como llamaban cariñosamente al míster–, saliese del vestuario para arengar a sus muchachos en que lo diesen todo para alcanzar la gloria.

Toda Brasil daba la victoria de su selección por segura, iba a ser su primer mundial, las gentes vitoreaban el «campeones, campeones€» desde varios días antes de la celebración del partido, incluso la prensa en una tirada especial ya tenía todo listo para ensalzar el triunfo carioca: «Diario de Río» ponía como titular de su portada «O Brasil vencerá - A Copa será nossa», mientras que el periódico «O Mundo» colocaba en su portada «Brasil Campeão Mundial de Futebol 1950».

Había muchas carrozas adornadas ya preparadas en Río de Janeiro para encabezar un auténtico carnaval de festejos y ya se habían vendido más de medio millón de camisetas con la inscripción de: «Brasil Campeão 1950»; el propio estadio Maracaná (recién inaugurado) se encontraba decorado con pancartas en portugués que decían «Homenaje a los Campeones del Mundo».

Además, las autoridades políticas brasileñas habían llegado hasta a acuñar monedas conmemorativas con los nombres de los futbolistas de la selección local. ?Había una banda de músicos presente en el estadio con instrucciones de interpretar el himno del ganador al final del partido, a la cual no se entregó la partitura uruguaya por considerarlo innecesario. El propio embajador yorugua en Brasil había pedido a su selección que la derrota fuese todo lo digna posible. No solo eso, para mayor inri, el propio Jules Rimet, presidente de la FIFA, había preparado el discurso triunfalista alabando a los brasileños, ya que en ningún momento se le pasó por la cabeza la posibilidad de que Uruguay diese la sorpresa. ¡Tremendo!

A las tres en punto de la tarde, Mr. George Reader daba el pitido inicial con el que en avalancha los brasileños hicieron cerco sobre la valla de Máspoli quien en la mejor tarde que se le recuerda sobre una cancha de fútbol, contuvo como buenamente pudo los ataques a mansalva de su rival durante todo el primer tiempo. Tras la reanudación (minuto 2), el brasileño Friaça anotó el primer gol de la tarde. Una gran celebración comenzó a inundar el estadio, incluyendo una sonora traca que hizo estallar la torcida. Aquello fue la locura, el primer Mundial de Brasil estaba a punto de caer.

Pero el mayor de los milagros «no divinos» que jamás se hayan producido en un terreno de juego sobrevino aquella tarde. Y es que al grito del gran capitán uruguayo «El Negro Jefe» –como así era apodado Obdulio Varela– de: «todos a una», cuan gran epopeya griega se tratase, los charrúas se vinieron arriba en un alarde de gallardía sin precedentes. Schiaffino (minuto 66) y Ghiggia (minuto 79) convertidos en auténticos dioses del futbol, lograron dar la vuelta al marcador. El resto es ya historia, y no una cualquiera entre tantas, sino una de las más heroicas y maravillosas que el fútbol nos dejó como legado.

Las manecillas del reloj señalaban las 16:45 horas en punto, cuando el colegiado inglés pitaba el final del encuentro bajo un silencio sepulcral que reinaba no solo en Maracaná, sino en todo el Brasil. La mayor tragedia posible había recaído sobre toda una nación donde el futbol comenzaba a ser casi más importante que el comer, pero a su vez había llevado la mayor de las felicidades posibles al lugar más pequeño de toda Sudamérica. Aquella inolvidable tarde para unos, tornada en pesadilla para otros, fue bautizada como «Maracanazo», la hazaña futbolística más grande de todos los tiempos.

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