13 de octubre de 2019
13.10.2019
Al azar

Todos hablan de Macron

Sánchez no solo ha perdido una oportunidad de oro de consolidarse en el Gobierno, sino que ha empañado el liderazgo europeo que consiguió tras su resultado electoral de abril

13.10.2019 | 05:00
A diferencia de su vecino, Macron admite que los chalecos amarillos le han ayudado a gobernar, se reúne con ellos y denuncia el insoportable centralismo de París.

Entonces Donald Trump se revuelve y lanza que «cuanto más loco se vuelve Hulk, más fuerte se vuelve Hulk». Salvo que la frase no fue pronunciada por el presidente estadounidense, sino por Boris Johnson. Almas gemelas, exabruptos intercambiables, una volubilidad que no se restringe a los campeones del nuevo populismo. También los gobernantes de adscripciones clásicas se inscriben en el mismo lote, salen de serie. El canadiense Trudeau, el español Sánchez, el francés Macron. Salvo que los dos primeros han entrado en boxes, en beneficio del tercero que en apariencia se hallaba más debilitado.

Sánchez no solo ha perdido una oportunidad de oro de consolidarse en el Gobierno de su país, sino que también ha empañado el liderazgo europeo que acarició tras su resultado electoral de abril. Un socialdemócrata en condiciones es un mirlo blanco, hasta la investidura fracasada de julio se le consideraba como el garante de la pervivencia del bipartidismo continental. Por aquel entonces, Macron estaba todavía ferozmente castigado por el castigo semanal de los chalecos amarillos. Del fulgurante mandatario criado en el gabinete de Hollande solo quedaban unos porcentajes de aceptación irrisorios y las cenizas de su primer apodo, Júpiter. Gobernar es el proceso de distanciamiento progresivo entre un mandatario y sus ciudadanos. Hasta la fecha, se consideraba una ruptura irreversible, una enfermedad degenerativa. Sin embargo, el elitista presidente francés está descubriendo a los franceses, y que no le disgustan hasta el nivel que imaginaba. «Probablemente transmití la sensación de que aspiraba a reformar incluso contra la gente. Mi impaciencia se interpretaba como dirigida contra los franceses, y no era el caso».

El banquero de Rothschild, el antiguo ministro de Finanzas que abolió el impuesto a las grandes fortunas, se reúne en persona con los chalecos amarillos que se aplican cada sábado desde hace meses a la destrucción metódica de París. Los vándalos del precariado francés provocan mayores destrozos semanales que el temible procés en una década de procelosa existencia. Sin embargo, Sánchez se encastilla en una hostilidad absoluta, ni siquiera identifica las señales de paz que emite una porción significativa del independentismo catalán. Desde una animadversión tan radical como preelectoral, se niega incluso a prestarles los oídos. A diferencia de su vecino meridional, Macron admite que los chalecos amarillos le han ayudado a gobernar, han supuesto una cura de humildad. En los escritos en que acepta la porción más razonable de sus peticiones, también denuncia el asfixiante centralismo de París, otro eje de la revuelta. El madrileño Sánchez se cortaría un brazo antes de renegar de la capital, las 67 ocasiones en que pronunció la palabra «España» en su discurso de apertura de la precampaña apuntan más a cerrazón que a convincente profesión de fe. En abril se le encomendó la desactivación pactada de Cataluña, y exige que el problema se arregle solo.

No es de extrañar que el semanario izquierdista L'Obs se haya tambaleado en su animadversión hacia el presidente de los opulentos. «¿Ha cambiado Macron?», se preguntaba la publicación en un extenso reportaje reciente, presentado a toda portada. La enumeración de síntomas incluía «una mayor dureza sobre la inmigración, más verde, más preocupado por escuchar que por provocar». No puede hablarse de un endulzamiento atizado por las vicisitudes del ecuador de su reinado, los cambios durante el ejercicio del poder siempre tienden a empeorar la situación precedente. «Hoy el destino es la política» predicaba Napoleón, y no tenía que someter su imperio a las siempre engorrosas elecciones. Macron ha sido poseído por ese veneno. Se atrevió incluso a cabalgar al tigre Trump para domesticarlo. De hecho, le coló en la cumbre del G-7 en Biarritz a una expedición de la república islámica iraní, con la misión imposible de restaurar el pacto nuclear.

En cambio, Sánchez se muestra reacio a reunirse con Pablo Iglesias, un divorcio insólito también para quienes consideran que el líder de Podemos es más peligroso que Trump. La política no es una actividad cerebral, Bill Clinton y Obama solo triunfaron cuando lograron camuflar sus dotes. Francia premia por el contrario al presidente más intelectual desde Mitterrand. La necesidad de exhibir su formidable erudición no atenúa la potencia del filósofo Macron. Los dirigentes español y francés comparten asimismo el desbarajuste de la derecha que les flanquea. De nuevo, el Elíseo se ha limitado a ocupar las vastas praderas centristas, en tanto que La Moncloa ha maquinado la muleta de un Errejón que puede resultar más esquivo que su enemigo Iglesias. La validez de estas comparaciones caduca el 10 de noviembre si Sánchez materializa su enésima resurrección, y puede disputarle el liderazgo europeo al presidente francés al que solo aventaja en una estatura.

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