22 de octubre de 2019
22.10.2019
Tribuna

El raro placer de no comer

22.10.2019 | 05:00

El placer de comer corre peligro. No nos dejan comer a gusto. El ruido que están haciendo los dietistas o nutricionistas (perjudicados muchas veces por intrusos sin título o exoteristas) apoyándose en informes contra la comida rápida, preelaborada, empaquetada o basura está contaminando la buena cocina. Decálogos dudosamente científicos y parciales, informes vegetarianos y un lenguaje ambiguo que iguala vegetarianismo con teorías negativistas invaden redes sociales y determinados medios de comunicación. Dicen que comemos peligrosamente. Y eso que vivimos en el segundo país con gentes más longevas del planeta. Abogo por continuar siendo climariano (no confundir con "climaterians", según nominación inglesa), es decir, por consumir productos de la tierra y alimentos naturales y cosechados con métodos no intensivos y estacionarios.

En vez de cargar contra presuntos fraudes de la industria alimentaria predican restricciones a la alimentación de los consumidores. Y si no se tiene espíritu crítico, no se busca contrastar la veracidad o validez científica de algunas noticias se corre el riesgo de reducir el menú a cuatro platos. Inciden con fuerza en la base restrictiva de la llamada pirámide alimentaria y resaltan las materias menos saludables. No les importa ni la frecuencia ni la cantidad de la ingesta. La percha de los perjuicios de las bebidas alcohólicas, peligrosas realmente, la aprovechan para penalizar otros alimentos que serían rechazables si se ingieren todos los días y en grandes cantidades. No considero que la mayoría del planeta adquiera a diario carnes y alimentos procesados, consumo solo asequible para un escaso nivel económico. Pero vaca, cordero, cabra, cerdo y caballo son rechazados hoy por cancerígenos, a la vez que por contaminantes (flatulencias bobinas), por contener exceso de grasas saturadas, azúcares, etc. Y peor aún si son procesadas. Y en este apartado entra hasta el jamón ibérico. Pollo, pavo, huevos y ciertos vegetales, la mayoría producidos hoy por métodos intensivos, poco naturales y preparados son los productos ideales para estos "frikis" de lo debidamente saludable. Los huevos, el cerdo, el pescado azul y ciertas frutas que antes eran peligrosas para el hígado, los riñones, etc. ahora son recomendados. Aunque los anisakis y los microplásticos invadan sus entrañas.

Las pizzas, los panes, las galletas, los helados y los dulces han de ser caseros porque los industriales llevan ingredientes y conservantes poco saludables. Rechazan también los cacaos enlatados por su contenido en azúcares y de las bebidas refrescantes para qué hablar. Y por supuesto los platos tradicionales, los de cuchara (fabada, paella, cocido madrileño, maragato o montañés€), las frituras, los escabechados, los consideran totalmente prohibidos. Pero si las prescripciones se encaminan a prohibir por una parte, por otra pretenden encauzarnos al vegetarianismo en sus distintas medidas. Y en primer argumento apelan a la libertad del ciudadano del primer mundo para poder elegir entre la gran variedad de productos que nos rodean, a diferencia de quienes habitan en el tercer y cuarto mundo donde la variedad prácticamente no existe. Por supuesto, el cuidado del medio ambiente es otro de sus primeros puntos del guión.

Argumentan que es un remedio a la deforestación del planeta que se produce al alimentar los ganados, causantes a su vez del calentamiento global. Y lo refuerzan señalando que las proteínas vegetales representan un ahorro energético, apenas cuestionando los métodos de producción. Además, dicen, los vegetales son más saludables, sus platos no producen cánceres, comerlos directamente lleva un recorrido menor puesto que los animales los ingieren primero para dárnoslos luego a nosotros.

Por eso, hasta el jamón ibérico no es tan saludable. Pero en su guión aparece apagada o casi indefinida la lucha contra lobbies alimentarios y creencias acientíficas o perniciosas. Y si su fuerza la dirigen al bienestar animal no suelen aplicarla en la misma medida para quien no tiene capacidad económica para seguir sus prédicas.

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