03 de noviembre de 2019
03.11.2019
La Opinión de Málaga
Cuaderno de mano

Las narraciones del arte

03.11.2019 | 05:00
El retorno de Lilith en Lagunillas, el auténtico Soho malagueño

El arte no siempre se escapa del dolor del mundo a través de la abstracción de los sentidos, y se refugia entre la arquitectura del espacio y el lenguaje del color. Su actitud depende del lugar desde el que mira el artista, de la voz plástica que lo define, del mestizaje que lo ha construido y de la poética que va a proponer en una exposición. No ha dejado de debatirse -sucede lo mismo con otras disciplinas indagatorias de lo humano y sus conflictos, como el teatro, el cine y la literatura- entre compromiso y estética, sin que nunca quedé claro ni cerrado si ambos conceptos son equidistantes o se contienen a sí mismos. Después de todo el compromiso está sujeto a una estética y la estética a un compromiso. Hay ocasiones en las que ambos y toda la fuerza de su esencia coinciden en un discurso artístico que nos sacude por la condición y el reverso real de lo que denuncia, realizado a la vez con sensibilidad, exquisitez y plenitud sensorial.

La más reciente expresión de este equilibrio la he visto en la exposición Voyage, en la sala El Contenedor de la Universidad de Málaga- un invento de Tecla Lumbreras a quien siempre es justo nombrar cuando se hace memoria acerca de los espacios y discursos del arte en una ciudad muy dada a no reconocer trayectorias ni a hacer memoria-. Voyage es la propuesta plástica de un chamán, Ismael Kachtihi del Moral, que busca sacudirnos y despertarnos la conciencia, mediante la belleza simbólica de una imagen que encierra una trampa. Igual que si el iniciado se encarnarse en un águila que disfruta conquistando a sus anchas en regio vuelo todo el azul del aire y de repente ataca en picado. La misma hipnosis y su ruptura resultan de la fascinante instalación de Kachtihi compuesta de mil barcos con esperanza de papiroflexia, dispuestos como una armada azul en la ensenada desde la que sueñan un viaje. En su horizonte, con forma de pantalla, brilla el espejismo del mar sobre el que el sol dibuja el fulgor de las piedras preciosas, el ensimismamiento deslumbrante de la luz del mediodía. Imposible mayor felicidad. Cualquier ojo en una u otra orilla de esa calle de agua que es el estrecho mediterráneo sabe a estas alturas que el espejismo separa el drama de la vida de la tragedia de la muerte. Que Ismael Kachtihi nos tiende el poema del chapoteo de las olas en nana dentro de los ojos despejados de la infancia aunque en realidad nos está diciendo que escuchemos el eco del cementerio marino sobre el que lloran los susurros de las caracolas. Es en ese instante cuando naufragan los mil barcos y se deshace su papiroflexia en las duras imágenes de los inmigrantes supervivientes abrigados por las mantas de afecto de los ángeles rojos de una oenegé, la fragilidad y la incertidumbre en sus miradas resecas de sal y de miedo. La vida a la deriva en otros barcos a los que ningún puerto abre su bocana y se afianza en su frontera. Los muros de alambre y de agua acerca de la que el artista nos lanza otras denuncias más conceptuales y con otra cartografía simbólica: la que imponen las políticas republicanas o demócratas a las que satiriza Kachtihi con dos lienzos fotográficos en los que la porcelana se rompe en metáfora de la fragilidad de la vida. El burro y el elefante republicano, entre el totémico pop fotográfico y la acción del artista que se rebela y revela: su rostro enmascarado de negro denunciando la permanencia del blackface en un país que traza también fronteras interiores. Diferentes formas de exclusión y su violencia sobre las que el artista de Tánger nos invita a pensar entre la cultura y el interrogante, lo poético y lo político, el compromiso de su discurso y la estética con la que lo lleva a cabo. Muchas veces es un binomio lo que propone desde una realidad en metamorfosis la desacralización de una imagen y su símbolo. Ha llegado Ismael Kachtihi a la ciudad para sumar en el panorama cultural savia nueva y construcciones plásticas que proponen interesantes tomas de conciencia desde una potente obra que indaga, que experimenta, que interroga.

Tampoco es habitual que la pintura narre. Que la carnalidad de un cuadro responda a la historia que cuenta entre el cómic y la pincelada, el cine y el relato, la ciudad en la que cada día suceden el cielo y el infierno. El primero bajo los pies y el segundo sobre la cabeza como ha hecho Fernando Robles en una serie de espléndidas pinturas que se funden entre el fotograma, la viñeta y la gestualidad plástica del trazo pictórico y el carácter del color, expuestas en la sala El retorno de Lilith en Lagunillas, el auténtico Soho malagueño. Parte la muestra de otras dos previas realizadas en Nerja y en Portugal, donde los dos ámbitos de la justicia bíblica se presentan en paisajes estrechos con un horizonte común, como el que presenta a una modelo custodiada por los ángeles de la moda y entre ellos un bonito a 10, 45 euros el kilo, según la oferta de la revista de la que se inspiró. Es muy pop en esos guiños Fernando Robles al que su suegra le favorece la inspiración con ejemplares de la revista Pronto de cuyas páginas el pintor toma fotografías mass media, imágenes a las que concebirle otra lectura, un diferente estatus, su naturaleza estética dentro de la pintura. Tan bien lo hace este artista que fue niño Moebius y continúa siendo un tipo al que por encima de todo le gusta contar historias y hacer de su taller compartido con su amigo Alvarado y siempre abierto una tertulia cultural.

Se olvida uno de los ruidos y del turismo que abotarga a Málaga en esta sala de barrio obrero remendado de silencios en la que Fernando Robles expone bajo el título Carpintería y Literatura, pinturas sobre madera y una no, una obra que se mueve entre atmósferas de melancolía derrotada, calma vertiginosa, extravíos del fracaso y una bella conciencia crepuscular que convierte sus retratos en personajes de novela negra, de relatos existencialistas, igual que las tres figuras que se intuyen en la barra de un bar y cuyas miradas no se encuentran, furtivas cada una y todas de cualquier encuentro comunicativo, expresando casi tres tipos de soledades: la del que lo ha perdido rodo, la del que espera que aparezca aquello que lo redima, y la del que mantiene su naufragio al fondo de una botella vacía. Sensibilidad y drama que se fragmentan en pequeñas piezas enmarcadas que funcionan como teselas de micro relatos, fotogramas de un rompecabezas que completa una película de Jarmusch narrada desde la pintura. Le gusta explorar todas las posibilidades a Fernando Robles y lo demuestra en un maravillo lienzo de seis mujeres cuyos ojos en equilibrio y serie imantan al espectador, lo siguen por la sala y lo atraen, igual que sirenas sin rímel, a la húmeda profundidad verde, azul, marrón, negra de sus ojos bizantinos, y de los labios con diferentes tonos de tentación que por encima de sus cabezas son bocas. Una obra, nacida de un catálogo de maquillaje, que sintetiza el universo de este artista que se ha reencontrado entre el cómic y la pintura, lo orgánico y lo geométrico, lo poético y lo narrativo que cuenta acerca de lo íntimo de la naturaleza humana, de sus fracasos y de sus sueños, mediante un excelente dominio de la fluidez y pastosidad del color, y la expresividad del dibujo con los que crea la belleza de sus historias expresionistas.

Hay ocasiones en las que las exposiciones se suman entre sí ofertando un fantástico viaje de lenguajes y sensaciones provocadas que se completan con los Umbrales de D. Darco en la sala de Ignacio del Río, en cuyas paredes el artista urbano del grafiti utiliza el binomio luz/oscuridad para proponer una reflexión en torno al espacio mental y la indagación de lo oscuro formando un sugerente y sugestivo espacio de representación. Sus piezas, relecturas de los conceptos del negro en Velázquez o en Rothko, se ofrecen como paisajes de diferentes graduaciones fronterizas sobre la epidermis de la luz, la tensión entre el hábitat y el abismo, el desasosiego interior y la eclosión del color. Un encuentro fugaz, en tránsito, creativo y destructor a la vez entre la luz y la oscuridad. Interesante exposición que transmite desde el aura de su enigma la conciencia de que siempre nos movemos entre lo terrestre y lo espiritual, que sin la posibilidad del extravío en lo hondo de la noche en negro sería imposible renacer al resplandor de la vida.

La pintura, las instalaciones, enfrentándonos con aquello de nuestra naturaleza que rechazamos ver o que sólo entendemos si nos lo cuenta otro. Lo que nos hace mirar el arte es su mayor compromiso.

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