05 de noviembre de 2019
05.11.2019
La Opinión de Málaga
Impresiones

Inmortalidad

Yo no estoy seguro de que me apetezca vivir quinientos años. Más bien no

05.11.2019 | 05:00

El profesor Ginés Morata, del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CSIC) y miembro de la Royal Society del Reino Unido y de la Academia Nacional de Ciencias de los EEUU, ha dicho que manipulando genes sería posible que los humanos puedan vivir 500 años o más. Se me pusieron los pelos de punta al leerlo porque eso cambia el presupuesto de la brevedad de la existencia y porque no estoy seguro de que vaya a ser una buena idea, no solo por el coste que tendrá para los más jóvenes mantener a tantos viejos sino porque vivir más tiempo exigirá tratamientos que estarán al alcance de muy pocos, y podríamos alumbrar un mundo injusto en el que la muerte dejara de igualarnos y donde solo los más ricos tuvieran acceso a la longevidad. Y también porque la muerte es el principal mecanismo de modernización que aparta a los viejos y da a los jóvenes la posibilidad de acceder con nuevas ideas a los puestos de responsabilidad, como decía Steven Jobs.

Tempus fugit, decían los romanos y añadían que había que aprovecharlo bien (carpe diem) aunque difirieran estoicos y epicúreos sobre la forma de hacerlo. Lo que nos distingue a los humanos es precisamente la conciencia de la muerte, la certeza del final y la ignorancia sobre lo que pueda haber más allá de ese umbral del que nadie ha regresado. Esa angustia ha dado lugar a las religiones que intentan dar respuesta a las grandes preguntas de ¿quién soy? ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy? ¿qué sentido tiene la vida? Y hay contestaciones para todos los gustos aunque la trascendencia sea hoy por hoy una cuestión de fe, no corroborada por la ciencia.

La inmortalidad nos ha preocupado siempre, como muestra en tiempos remotos la Epopeya de Gilgamesh. Ponce de León la buscó en la Florida, el Fausto de Goethe la halló en un pacto con el diablo y Dorian Grey en su famoso retrato. También había quién bebía sangre de vírgenes y aún hoy algunos locos se inyectan la sangre de jóvenes, pero nada de eso ha funcionado... aunque vivimos más que antes. En 1900 la esperanza de vida en España era de cincuenta años y ahora supera los ochenta. Hoy el 9% de la población europea tiene más de 65 años y llegará al 19% en 2050 al no verse la longevidad compensada por una mayor natalidad.

La preocupación por la inmortalidad se muestra también en la forma de disponer de los cadáveres. Desde que los seres humanos dieron muestras de una cierta capacidad de pensamiento abstracto dispusieron de ellos con arreglo a rituales ya observables en las cuevas ocupadas por los neandertales. Lugares especiales, posturas predeterminadas, adornos o utensilios para su uso en el más allá... Los egipcios llevaron esta creencia hasta el límite con sus pirámides pero no fueron los únicos que nos han dejado momias. Los griegos y romanos recurrían a veces a la cremación como nos cuenta Homero que hizo un desconsolado Aquiles con el cadáver de Patroclo ante las murallas de Troya, o se hizo con el de César, y al parecer era el procedimiento habitual para despedir a los guerreros vikingos. Los zoroastrianos dejaban a sus muertos en altas torres en Persépolis para que los devoraran los buitres, e igual hacían utilizando árboles algunas tribus africanas de Botsuana.

Pero lo más frecuente ha sido el enterramiento y aquí también hay variantes pues los musulmanes sepultan a sus muertos sin ataúd, envueltos en una simple sábana, recostados sobre el lado izquierdo y orientados hacia La Meca. Yo asistí en la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén a una sombría procesión de campesinos griegos cubiertos con las mortajas que llevarían en su tumba, algo mucho más tétrico que los alegres ataúdes'personalizados' y coloristas de Ghana con forma de automóvil o de cocodrilo, por no hablar de la participación de payasos en los funerales de Holanda, o de bandas de jazz en los de Nueva Orleans. Siniestra aunque alegre a su manera es la costumbre malgache de desenterrar a los muertos cada siete años para bailar con ellos (!). Algunos indígenas andinos guardan los cráneos en altares caseros y los homenajean en el Día de los Cráneos, que es el 9 de noviembre. Hay tantas costumbres como culturas, que también difieren en el color del luto: negro, blanco, rojo...

Lo que pasa es que enterrar a los muertos se va a poner cada vez más complicado por una simple cuestión numérica: la población mundial se ha duplicado en los últimos cuarenta y dos años, ahora somos 7.200 millones y llegaremos a 9.600 en 2050. El año pasado murieron 58 millones de personas en el mundo y disponer de tanto cadáver es un problema por lo que gana terreno la cremación de los difuntos, fórmula por la que optaron un 36,2% de los españoles el pasado año. Aún así, España es junto con Italia uno de los países de Europa donde menos se incinera y eso podría abaratarse si se usaran sencillos ataúdes de cartón. Pero antes habrá que convencer a las funerarias...

Yo no estoy seguro de que me apetezca vivir quinientos años. Más bien no. A fin de cuentas ya tenemos una especie de inmortalidad en el recuerdo que dejamos entre quienes nos quieren cuando hacemos mutis por el foro.

Lo importante no es vivir muchos años sino vivir bien, y por eso quiero recordar que se cumplen 25 años de la aparición de los payasos de La Sonrisa Médica en el hospital de Son Dureta de Palma, de la mano de Miguel Borrás. Fueron pioneros y desde entonces se han extendido por toda España llevando alegría a los hospitales infantiles e iluminando con sonrisas lugares donde parecía imposible poder hacerlo. Por eso, vaya hoy mi agradecimiento, respeto y afecto hacia esos payasos que ponen alegría en la enfermedad de nuestros niños y esperanza cuando flaquea. Y que al hacerlo nos mejoran la vida.

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