09 de noviembre de 2019
09.11.2019
Galaxia urbanita

El escribidor de Correos

09.11.2019 | 05:00
Ilustración de Carmen Larios

Ahora nos parece algo normal. Prácticamente todas las personas lo saben y lo practican; pero no siempre fue así.

No hace tanto tiempo, leer y escribir con fluidez no estaba al alcance de todo el mundo. Para un número significativo de gente, no era necesario tener esta habilidad para desenvolverse en su vida cotidiana. Que hoy en día cualquier persona pueda hacerlo es uno de los logros más importantes de la historia. Pasa desapercibido porque lo tenemos interiorizado, y vemos con naturalidad cómo se lee y se escribe en los colegios, en el trabajo y sobre todo en el móvil, una de las herramientas tan vilipendiadas como imprescindibles para comprender el enorme avance que esto ha supuesto para la población. La autonomía personal que fomenta esta función es maravillosa, ya que posibilita el acceso a la información prácticamente sin límites.

Antes, la gente que no sabía se arreglaba como podía. En los momentos y trámites en los que era necesario, durante siglos se ha contado con la figura del escribidor, una persona que se ponía al servicio de los demás (por amistad o por una pequeña cantidad de dinero) y les escribía desde una instancia hasta una carta de amor. Siempre fue oficio de estudiantes, seminaristas o poetas, que de este modo se sacaban unos cuartos para ir tirando; también los hubo que se especializaron en esta profesión y resolvieron con su labor muchas dificultades. En la literatura y el cine aparecen, como en 'Cartas del parque', la película de Gutiérrez Alea ambientada en la Cuba de principios del siglo XX, o en 'Her', en la que el protagonista se dedica a componer frases de amor y amistad.

Yo conocí a quien probablemente fuera uno de los últimos escribidores malagueños. Solía trabajar en la oficina central de Correos, la que ahora está cerrada, al parecer por problemas de aluminosis en su estructura. Allí, en la zona de recepción de cartas, se apostaba en una de las mesas de mármol que había, en espera de que alguien lo necesitara. No era un puesto oficial ni tenía un cartel o indicativo alguno que mostrara su ocupación, pero era fácil reconocer su función: llevaba una camisa blanca, con el bolsillo superior repleto de bolígrafos. Mientras esperaba a que alguien se le acercara, leía el periódico o alguna novela.

En esos minutos de espera en la cola cuando iba a enviar algún paquete o carta certificada, observaba cómo se aproximaban a él todo tipo de personas, en especial mayores y familiares de algún preso, a quien querían enviar un giro postal o un paquete con comida, acompañado de unas letras. El escribidor atendía sin aspavientos, con ademanes suaves y comprensivos, atento a las demandas específicas del envío. Trabajaba con soltura y rapidez, con una caligrafía clara, habituada a los trámites burocráticos. Le pagaban según el caso, y más de una vez lo vi ayudar sin recibir nada a cambio, consciente de que se dedicaba a las clases más humildes; como otras veces le obsequiaban con una cantidad generosa, las cuentas le cuadraban. Incluso en alguna ocasión vi que alguien se costeaba sus servicios con una ración de potaje de lentejas o una bolsa de fruta, que el hombre aceptaba con una sonrisa tímida.

Reconozco que le tenía cierta envidia. Al cotilla que quienes escribimos llevamos dentro le hubiera complacido escuchar y enterarse de tantísimas historias personales que pasaban por sus manos. Penas, alegrías, requerimientos, rupturas y reencuentros se entrecruzaban cualquier mañana en su despacho improvisado y casi clandestino, a la vista de todo el mundo y, sin embargo, confidencial. Y sí, pasó por mi mente hacerle la competencia o acudir a él para que me redactara algo, con la idea de pertenecer siquiera unos minutos a ese pequeño universo que, ya por aquel entonces, se intuía que iba a desaparecer y del que él representaba el penúltimo vestigio.

Nunca tuve la oportunidad ni el atrevimiento de hacerlo. Hay espacios y trabajos que, aunque nos tienten, contemplamos desde la distancia. Quizá porque somos conscientes de que serán recuerdos de un paisaje social que se perderá con el tiempo y de que algún día escribiremos sobre los escribidores en las páginas de un periódico.

Para que quien quiera pueda leerlo.

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