22 de noviembre de 2019
22.11.2019
Las cuentas de la vida

200 años del Prado

22.11.2019 | 05:00
El actor Jeremy Irons, en el documental 'Pintores y reyes del Prado'

"Cuando pienso en el Prado –escribió en una ocasión el pintor Ramón Gaya–, éste no se me presenta nunca como un museo, sino como una especie de patria. Hay allí algo muy fijo, invulnerable y también sin remedio, sin redención. Para los franceses, el Louvre no puede ser sino un museo, un museo que está en Francia, pero que, claro, no es Francia. Los museos de Italia siguen siendo exterior, calle italiana, y no hay diferencia entre una sala de los Uffizi y el Arno; todo es igualmente navegable, vivible. Pero el Prado es un lugar hermético, secreto, conventual, en donde lo español va metiéndose en clausura, espesándose, encastillándose". Gaya consideraba el Prado como una metafísica de la España terca, pero realista y cuerda; sensata hasta el punto de la desnudez artística. Para mí, el Prado se acerca mucho a esa utopía hermosa y culta que llamamos "educación liberal" y que se sustenta necesariamente en la lectura de los clásicos o en la contemplación del gran arte. «Por educación liberal –sostenía uno de sus últimos adalides, el norteamericano Allan Bloom– entiendo educación para la libertad, especialmente la libertad del espíritu, que consiste en tener conciencia de las más importantes posibilidades humanas. [...]. Sin el estudio de las grandes obras, el espíritu de un hombre está casi necesariamente preso en el horizonte de su tiempo y lugar particulares, y en una democracia significa estar preso de las premisas o prejuicios de la opinión pública».

En el Prado es difícil sentir la frívola tentación de la pintura contemporánea, ese arte que procede de la abstracción en lugar de originarse en la vida. Velázquez puede ser imaginativo pero nunca falaz. En Goya anida el disparate, pero ese disparate es la vida misma que se mueve entre la risa de don Quijote y el llanto del rey Lear. Ambos son modernos de una forma en que no lo será jamás ninguno de sus imitadores, por mucho talento que tengan. En la historia española, el Prado –que acaba de cumplir doscientos años– ha desempeñado un papel similar al que tienen los grandes libros en algunos países. Si no cabe concebir la cultura anglosajona sin Shakespeare o la Biblia del rey Jacobo, sí que podemos imaginarnos a Inglaterra sin la pintura prodigiosa de Turner. Italia es, sin embargo, su pintura infinita, al igual que España es Velázquez, Murillo, Zurbarán, Goya y Picasso. Más incluso que el Quijote o quizás junto al Quijote, pero nunca menos. Por ello mismo, pasear por el Prado, acudir a conversar con sus obras y con sus maestros, supone educar la mirada, pero sobre todo educar el alma desde una altura muy superior a la nuestra. El silencio de la pintura no es un silencio mudo, puesto que nos habla y nos enseña acerca del poder, la belleza y el amor; acerca del miedo y el terror; acerca de la luz de la carne y también sobre su decrepitud y sus sombras. Es un silencio sobrecogedor porque desnuda la realidad ante nuestros ojos y nos la hace palpable, humana. Consiste en todo lo contrario al mundo de las ideologías y las vanguardias, ese feudo del nihilismo, que celebra la muerte de todo lo que hombre ha considerado valioso a lo largo de los siglos. Inclinarse ante lo que representa el Prado es hacerlo ante lo mejor que la cultura ha sido capaz de crear. Reivindica al hombre y nos reivindica a nosotros, a pesar de la pulsión cainita que nos invita a destruir para destruirnos.

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