22 de noviembre de 2019
22.11.2019
El ruido y la furia

La voz de la muerte

En las páginas últimas de los diarios se cuela alguna vez la muerte como anécdota, como curiosidad, como vanalidad

22.11.2019 | 05:00

Siempre susurra la muerte a nuestro paso, siempre, como si fuese una sombra sonora, la sombra de un sonido siguiéndonos desde el primer resuello. Pero a veces alza la voz y grita bajo tu ventana y te hiere con saña allí donde no se alcanza, en los afectos más hondos. La muerte, la maldita muerte, ese acecho imprevisible.

En la letra pequeña de la información, en las páginas últimas de los diarios, en los minutos finales de los informativos, se cuela alguna vez la muerte como anécdota, como curiosidad, como vanalidad. En estos días se han muerto Josep Pujol, creador de los pastelitos Pantera Rosa, y también Purita Campos, la autora de "Esther y su mundo", y se ha hablado de ellos con cierta soltura, como al bies, porque fueron importantes, sin que quizás supiéramos sus nombres, en la infancia y adolescencia de quienes ya tenemos una cierta edad, que es siempre una edad cierta. Y, en esas, se ha hablado de ellos como dos referentes de la cultura popular española, esa cultura pop a veces tan denostada, tan trivializada, tan despreciada.

Y me ha hecho caer en la cuenta de que cuando la cultura pop lo es hasta que llega a las manos de un artista genial, maravilloso, inmenso, porque ahí es cuando adquiere altura, se eleva y trasciende. Y eso es lo que hizo Eugenio Chicano, que se nos ha muerto también esta semana dejando un vacío irrellenable. Chicano, probablemente el más importante representante del "pop-art" de nuestro país, rescató y redimensionó géneros como el flamenco, la copla, los cristos y las vírgenes ("secuestrados" y despreciados por aquella modernidad que no entendió nada durante tanto tiempo), y los devolvió a donde debían estar, a la cumbre de lo artístico. Si Andy Wharhol fue celebrado porque pintaba latas de tomate o a Marilyn Monroe, Chicano, que pintó a Lola Flores, a las vírgenes más maravillosas y también las manos rotas de los pescadores, y el dolor del hombre del campo y el lamento del despojado, tuvo que irse de España porque le sustraían los premios, las becas, un lugar bajo el sol.

Y ahora, cuando la muerte ha gritado su nombre bajo mi ventana, cuando la muerte ha superpuesto sus sombras y ha depositado sobre la mía esta orfandad, este desconsuelo, esta soledad, no me queda otra que unir unas cuantas palabras para ver si la luz se conduele de mí y me alcanza.

Sí, cuando la muerte susurra a nuestro paso la banalizamos, la hacemos anecdótica, porque hay que sobrevivir y es muy difícil hacerlo con la mente puesta en "el día menos pensado/ ese en el que pienso siempre", según los esclarecedores versos de Alcántara. Pero cuando grita bajo tu ventana, cuando la muerte no es un susurro, sino un
alarido, cuando su voz sombría se te instala en el alma, a ver quién puede mirar por la ventana, un día de lluvia, y consolarse.

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