24 de noviembre de 2019
24.11.2019
La Opinión de Málaga
La mirada femenina

¿Qué diría Pipi?

24.11.2019 | 05:00

Esta mañana, antes de salir de casa con la perra y mi hijo pequeño, sentí la corazonada de que me estaba olvidando de algo. Repaso mi bolso, más propio de Mary Poppins que de una barcelonesa común. En él hallo todo tipo de cachivaches; púas de acústica, un libro de poesía (sirve además de para ligar para componer canciones) mi diario y un estuche liláceo con su punta fina y sus lápices, un sacapuntas y una goma (que no borra y no tiro porque me cuesta aceptar que no va), un kit de maquillaje y un peine.

Reivindico el disfrute y la elegancia del ser uno mismo como mejor forma de oxidación posible.

¿Que es esa absurdidad de meterse en una bañera de hielo, de beber la propia orina o de ayunar durante catorce horas?

Un poco de caridad que somos simples humanos.

Por cierto, el asunto de beber la propia orina no es una excentricidad de Madonna sino una costumbre tibetana. Si bebes tu propia orina tú misma te conviertes en barómetro de la toxicidad de tu cuerpo. Y para que la orina no te sepa tan mal te ves obligada a dejar de beber y de comer porquerías. Si lo llevas a rajatabla se convierte en una forma de adelgazamiento infalible. Aunque personalmente opino que no es necesario llegar a tal extremo.

Entre las ideas de Madonna y el ayuno de la Pataky parece que la salud y la tortura caminaran de la mano. Y no. Hay una forma mucho mejor para combatir el envejecimiento. Y es tan simple que es difícil de practicar. Se reduce a disfrutar de la vida.

Cuanto más disfrutas, más guapa estás y más fácil es luego irse al otro barrio.

Además, estoy convencida de que hay una serie de sustancias corporales añadidas a la orina que escapan a nuestro control así que no es una buena idea eso de beber orina por mucho que lo anuncie la reina del Pop. De hecho sólo pensarlo me entran arcadas.

Sigamos con el bolso. Una linterna (me da miedo la oscuridad) y un jarabe para la tos (el pequeño anda resfriado, prefiero que no falte), la correa del perro, una botella de agua para pises caninos, unas toallitas para esos horribles restos de heces que se quedan pegados como chicles sobre los adoquines de las calles (esos que no quita nadie y que una siempre tiene que andar saltando con mayor o peor fortuna) y lo más importante las llaves, tanto las del coche como las de casa. Aparentemente lo tengo todo.

Cuando ya estamos subiendo la calle Gran de Gracia que siempre me recuerda a la versión barcelonesa de alguna calle de Nueva Deli porque no me queda otra que esquivar todo tipo de obstáculos; coches, camiones, carritos que se paran de pronto y sin razón aparente, gente que cruza de imprevisto, vacas, palomas aplastadas, restos de basuras varias, gomas, contenedores quemados. En fin, una calle de lo más entretenida en la que me gusta dar rienda suelta a la mala educación y soltar unas cuantas palabrotas cagándome en todo quisque mientras mi hijo me observa divertido. Intento conectar el manos libres y no reacciona. Eso es. Me he olvidado el móvil.

Y de pronto siento vértigo. ¿Seré capaz de ir a pasear a la perra sin móvil? Mi idea era dejar al pequeño en clase y seguir hasta la carretera de las aguas. Allá arriba, en el Tibidabo. Pues bien. Mi yo más profundo responde indignado: ¡Pero si tú viviste sin móvil hasta los 28 años!

¿Qué diría el bueno de Rodríguez de la Fuente si viera que nos cuesta pasear sin móvil? ¿Qué diría Pipi?

El bosque de las aguas estaba empapado por la lluvia de la madrugada y olía con fuerza a tierra húmeda. Una hora de baño de bosque observando las distintas tonalidades de las hojas de los árboles es más que suficiente. Vuelvo a casa con la mente despejada. No queda mucho tiempo.

Ahora que ya es una evidencia que los casquetes polares se derriten y que Venecia se está hundiendo (literalmente) y que los políticos están adormilados y que o son unos impresentables o no se enteran de nada. No nos queda otra que vivir con intensidad lo poquito que nos resta.

Desconectar del móvil y conectarse de nuevo a la naturaleza. No es sólo la última rebeldía del ser, también es la mejor fórmula contra la oxidación cerebral generalizada.

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