02 de diciembre de 2019
02.12.2019
Tribuna

Casadismo

02.12.2019 | 05:00

Qué nombre recibe el individuo que empuja a otro a hacer algo para luego poder reprobarle por hacerlo? En política, desde ya, esa práctica se denomina casadismo, en honor a Pablo Casado, presidente del PP.

El joven líder popular empujó en abril y empuja ahora al PSOE a entenderse con ERC, atacándolo a renglón seguido por buscar su respaldo. Y (colmo del cinismo) ofrece estabilidad a un Gobierno que surgiera de esos tratos y superara el trámite de la investidura, pese a condenar de raíz el proyecto por: a) sustentarse en un pacto para compartir el poder con Unidas Podemos ('los comunistas'); y b) negociar con Esquerra alguna clase de concesión para que sus 13 diputados se abstengan.

Esto es así: Casado empuja a Sánchez a entenderse con Iglesias y Aragonès, cuando él podría fácilmente haberle conducido en dirección opuesta, garantizándole en secreto, la misma noche del 10 de noviembre, la abstención de sus 89 diputados: la única opción distinta a un arreglo con morados y republicanos.

Un ingenuo pensaría que no lo hizo por puro asco al candidato y a las siglas que representa, pero es más probable que operara así porque sabía que Sánchez terminaría firmando con Iglesias y se sentaría a hablar con Aragonès, y tanto si esas negociaciones fructificaban como si no, a él le convenía seguir bloqueando cualquier otra alternativa.

Si la investidura de Sánchez prospera con la abstención de ERC, Casado gana. Y, si no prospera, puede ganar más (o ganar antes).

En el primer caso gana porque el Gobierno resultante dependerá para ulteriores empeños de una mayoría variopinta a la que solo se satisfará (en el mejor de los casos) con promesas de reforma del Título VIII de la Constitución, que, sin el consenso del PP, son inabordables. La legislatura sería corta e inestable y el ruido incesante contra el presidente felón regresaría.

En el segundo caso gana también, pero antes, porque el país tendría que ir por tercera vez a las urnas. Ahora bien, dado el general descontento que cundió por la repetición de las elecciones y el clima de violencia en Cataluña, ¿quién ganaría más, el PP o Vox? ¿O es que a Casado le da igual porque ya ha asumido que solo llegará a la Moncloa de la mano de Abascal?

No se olvide que Vox es una escisión del PP por la derecha y que los populares ya la han validado como fuerza constitucionalista, aunque a duras penas pueda serlo ya que defiende la supresión del Estado autonómico que consagra la Carta Magna del 78.

Ese riesgo debería hacer reflexionar a los republicanos, pero desde que les llueven las imprecaciones ('colaboracionistas', 'botiflers'), en Esquerra temen que les quiten hasta el derecho a portar el lazo amarillo; y más desde que, para saludar el inicio de las conversaciones con el PSOE, Torra alentara a los catalanes a «aceptar altos niveles de sacrificio» para ganar la independencia.

Lo que sitúa al PP y a Vox (en un extremo) y a Torra y a la CUP (en el otro) en posiciones irreconciliables pero concomitantes. En el medio, aunque no lo parezca, están, además del PSOE, Unidas Podemos, defensor sobrevenido de la ley fundamental, y ERC, que lleva mucho tiempo buscando la manera de desembarazarse del conglomerado Puigdemont-Torra-CDR-Tsunami Democràtic, para regresar a una senda más posibilista que tendría asegurados los apoyos de los comunes de Colau y el PSC (disimulado).

Ningún momento mejor que el presente para hacerlo. O si no mejor, al menos último: tras unas terceras elecciones, la Generalitat puede perder hasta el nombre.

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