07 de diciembre de 2019
07.12.2019
Tribuna

El espíritu de la tolerancia en la Transición

"Imágenes llenas de dolor, en algunos casos, como cuando nos llevan a ver la Andalucía abandonada y mísera. Decía el firmante de este artículo ser necesario recordar de dónde veníamos para valorar lo conseguido"

07.12.2019 | 05:00

Son cerca de un centenar de históricos de la Transición tuve ocasión de recordar los años de lucha contra el franquismo, los costurones y otras cosas que nos dejó en el cuerpo la dictadura, pero con la mente libre y abierta, queriendo terminar con la opresión y abrir las ventanas a la libertad, a la democracia y la autonomía, tal cual gritábamos aquel histórico y cercano 4 de diciembre de 1977 cuando cayó asesinado Manuel José García Caparrós en Málaga; bala asesina disparada por la policía franquista. Nos había reunido el fotoperiodista de cabecera de la Transición, Pablo Juliá, en la Sociedad Económica de Amigos del País y con el poder de la memoria fotográfica fuimos recorriendo los momentos históricos que permitió al pueblo andaluz ser libre y enterrar la etapa más negra de nuestra reciente historia.

Y recorriendo las dos salas, con más de cien fotografías, dos de los históricos socialistas presentes, Carlos Sanjuan y Enrique Linde, me hablaban ante las fotos del 4 de diciembre de 1977 de la fuerza y la ilusión del pueblo para pedir autonomía y libertad. No fue fácil el camino a la democracia, comentaba Sanjuán, pero supimos caminar, buscar puntos de encuentro, negociar, abrir mesas de diálogo y firmar consensos y acuerdos. Y el historiador, aunque medievalista, Ruiz Povedano, antes las fotos del Pacto de Antequera (4 de diciembre de 1978) señalaba cómo había sido posible, en aquellos años donde balbuceaba la democracia, se pusieran de acuerdo 11 partidos para diseñar y firmar el camino de la autonomía andaluza, con rúbrica principal de uno de los políticos más serio, sereno, preparado y honesto de nuestra reciente historia, Plácido Fernández Viagas, primer presidente andaluz.

Y en estas estábamos, ya delante de las fotos que nos recordaban otro momento histórico, el referéndum del 28 de febrero de 1980, cuando en mi móvil llegó el mensaje de quien años más tarde, en 1984, sería presidente de la Junta, José Rodríguez de la Borbolla, político sensato, suficientemente preparado, socialista, adalid de muchas exigencias sociales y que diseñó con maestría la arquitectura de la autonomía andaluza y me acordaba de su pensamiento, argumentado con poderosas razones, cuando el pueblo andaluz ganó en las urnas, mereciendo respeto de toda España, el autogobierno por el artículo 151, siendo el único pueblo que lo hizo votando. Borbolla dixit: «€ proceso (el referéndum) que produjo la primera victoria colectiva del pueblo andaluz. Hasta el 28 de febrero, en efecto, los andaluces no habíamos ganado, nunca, ninguna batalla. El pueblo andaluz había perdido siempre». En las imágenes está el grito de esperanza de cientos de jóvenes en el Casino de la Exposición en la madrugada del 28 F, con Manuel Clavero en primera fila y mirada militante del autonomista convencido.

Imágenes llenas de dolor, en algunos casos, como cuando nos llevan a ver la Andalucía abandonada y mísera. Decía el firmante de este artículo ser necesario recordar de dónde veníamos para valorar lo conseguido. En las fotos de Pablo Juliá el pueblo andaluz es el protagonista, el mismo que señaló el camino y se abrió en canal para reclamar igualdad y solidaridad, con dirigentes que supieron entender y liderar las reivindicaciones del pueblo, como los lobeznos del socialismo sevillano que poco después conquistarían La Moncloa, con un joven 'Isidoro' (Felipe González) al que gustaba la vaquería de su padre. Y no faltan los padres de nuestra autonomía como Plácido Fernández Viagas, Rafael Escuredo y su cautivadora sonrisa andalucista, y la poderosa imagen de la cabeza de Borbolla colgado de un enorme mostacho que nos habla de espíritu revolucionario, pero controlado y reformista de aquellos años de vino y rosas, donde el espíritu de la tolerancia se hizo verdad, sin ira y sin odios.

En fin, una exposición que merece ver, estudiar, analizar y hacer una inmersión en lo que nos dice las imágenes maestras de Pablo Juliá, que desnuda los deseos y las ansias de un pueblo; capaz de abrir los serones donde anida el diálogo y el espíritu solidario. Ya lo dijo Manuel Clavero («Café para todos») ni más pero tampoco menos que nadie. Y en esto, como un resabio de épocas pasadas surge la Cataluña, en parte insolidaria, que niega el pan y la sal a unos andaluces, con maleta de cartón, que marchan a tierras catalanas para crear riqueza.

Esta exposición está promovida por el Foro de los Consejos Sociales de las 9 Universidades Públicas de Andalucía, sensible como es a todo lo que rodea a la sociedad andaluza y que como dice su presidente, Prudencio Escamilla, merece la pena el esfuerzo y trabajo hecho para acercar a los ciudadanos la lucha por alcanzar lo que ahora tenemos.

Eran «Otros tiempos€», pero bueno es recordarlos hoy tal y como fueron. Y quizás, aprender. El poder de la memoria en imágenes.

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