12 de diciembre de 2019
12.12.2019
La Opinión de Málaga
Las siete esquinas

Weimar

12.12.2019 | 05:00

El otro día, en el Congreso, en una charla con Pablo Iglesias, Enric Juliana hizo una afirmación que deberíamos tener en cuenta: «Un 78% de los ciudadanos creen que la situación política es mala o muy mala. Son datos de la República de Weimar. Y un sistema político asentado sobre estos datos está en riesgo». En estos tiempos amnésicos, casi nadie sabría decir qué fue la República de Weimar ni dónde estaba, si es que llegó a estar en algún sitio. ¿Era un pequeño país centroeuropeo devorado por la terrible trituradora histórica de la II Guerra Mundial? ¿Era un país de opereta inventado para las películas de Hollywood de los años 30, algo así como Zenda o como la Libertonia de los hermanos Marx o como la Sildavia de Tintín? ¿O fue un país real, la Alemania democrática y constitucional en la que se incubó el monstruo del nazismo, que llegó al poder –no lo olvidemos– ganando limpiamente unas elecciones?
Por supuesto, la República de Weimar fue real. Entre 1918 y 1933 –cuando Hitler llegó al poder ganando las elecciones–, la República de Weimar era el nombre que se daba a la Alemania de entreguerras, que gracias a la Constitución proclamada en la ciudad de Weimar tenía la legislación social más avanzada de Europa. Las mujeres compartían derechos con los hombres, sobre todo el derecho al voto (algo que no existía prácticamente en ningún país de Europa). Un amplio consenso entre la socialdemocracia y el centro católico (los dos partidos más votados) permitió decretar las vacaciones obligatorias para los obreros y una cobertura en materia de seguros sociales y de sanidad pública que no existía salvo en la Rusia soviética. La libertad de expresión era prácticamente total, de modo que Berlín se convirtió en un paraíso para los enamorados del jazz y de la vida bohemia (o directamente disoluta). En el Berlín de 'Cabaret', tal como contó Christopher Isherwood, los homosexuales encontraban un refugio donde podían hacer su vida sin apenas molestias (algo insólito en la Europa de aquellos años). Quizá en ningún lugar del mundo se hicieron tantos hallazgos artísticos como en la Alemania de la República de Weimar: el cine expresionista de Murnau y de Fritz Lang, la pintura satírica de Grosz, el diseño de la Bauhaus, los grabados de Käthe Kollwitz, el teatro de Brecht, las canciones de Marlene Dietrich, el desafío constante de las vanguardias artísticas: todo estaba en ebullición, todo eso ocurría en la República de Weimar.
Pero había otra cara que nadie veía o no quería ver. La humillación por la derrota de la Primera Guerra Mundial iba carcomiendo el alma de muchos alemanes humillados por las costosas reparaciones de guerra. La inflación galopante de 1923 obligó al gobierno a imprimir billetes de 50 millones de marcos que no servían ni como papel de embalar. Los nazis y los comunistas aprovechaban el descontento y organizaban vistosos desfiles militares al son de bandas de tambores y fanfarrias. Se empezaba a hablar de los judíos como «parásitos» que debían ser privados de sus derechos y sólo ser admitidos como «invitados transitorios». Al poco tiempo, un antiguo cabo del ejército ya gritaba en las cervecerías prometiendo erigir una horca en cada esquina de Munich – «tantas como permita la regulación del tráfico»– para colgar en ellas a todos los judíos. El cabo se llamaba Hitler. Esa mezcla de barbarie histriónica y de planificación sistemática –«tantas horcas como permita la regulación del tráfico»– iba calando poco a poco entre la gente confusa y humillada. El agravio, el resentimiento, la sensación de que el mundo se había confabulado en contra de su país, se iba convirtiendo en la única forma de pensar y de sentir. Y como es natural, todo esto se traducía en un fenomenal desprecio hacia la política y las instituciones democráticas.
Ese es el desprecio del que hablaba Enric Juliana en el Congreso cuando se refería a las cifras de descontento ciudadano comparables a las de la República de Weimar. Evidentemente, las circunstancias no son las mismas –nunca lo son–, pero el caldo de cultivo, el 'humus' sobre el que crecen las actitudes y las reacciones individuales se van pareciendo mucho. El otro día se hizo público, por ejemplo, que una gran mayoría de estudiantes no saben distinguir un artículo de opinión de un hecho verificable (y eso es algo equiparable a los niveles de intoxicación propagandística que se vivían en la República de Weimar). Las noticias falsas –las 'fake news'– circulan alegremente por las redes sociales. La desconfianza hacia las instituciones y a sus representantes –sometidos a una sospecha continua que los degrada al nivel de famosillos atrapados con el dedo en la nariz por las cámaras insaciables de los paparazzi– también se parece mucho a lo que se vivió en la República de Weimar. Y cada vez que hablamos de un «Estado violador» o de jueces patriarcales o corruptos –y organizando además coreografías que se parecen mucho a las coreografías de los regímenes totalitarios–, estamos destruyendo los cimientos del Estado de Derecho. Por no hablar de esa costumbre bárbara de estigmatizar a los inmigrantes como si fueran parásitos o bacilos o judíos. La República de Weimar se fundó hace 101 años y cayó por su propio peso, en unas elecciones libres, hace 86 años. Pueden parecer muchos años, pero no lo son. En muchos aspectos volvemos a vivir en la República de Weimar, sólo que ahora esa República fantasmagórica es tan grande como el mundo en el que aún rige el Estado de Derecho.

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